La hora de los hornos: el internacionalismo en tiempos difíciles
Lideresas de 22 naciones se unen en Caracas para denunciar el bloqueo y defender la soberanía de Venezuela junto a las brigadas internacionales femeninas. Foto: Minmujer.
Por: Cira Pascual Marquina
4 de septiembre de 2026 Hora: 15:16
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Por más de dos décadas, fue fácil solidarizarse con la Revolución Bolivariana. Caracas llegó a ser una suerte de capital política para una izquierda internacional heterogénea: militantes de partido y sindicalistas, antiimperialistas e intelectuales y, cada vez más, personas cuya relación con la política estaba mediada por las redes sociales. Llegaban a congresos, reuniones y elecciones. Eran hospedados en hoteles de lujo, se reunían con funcionarios del gobierno y, en algunos casos, con comuneros y activistas de base. Luego, regresaban a casa llevando consigo las imágenes y los argumentos de una revolución que, durante gran parte de ese período, avanzaba a pesar de la tremenda presión que el imperialismo ejercía sobre el proceso.
Esta historia es importante. Venezuela abrió un espacio político y material en el que gentes de diferentes partes del mundo pudieron reunirse, intercambiar experiencias e imaginar un proyecto común. Los encuentros internacionales organizados durante los años de Chávez y Maduro formaron parte de un esfuerzo más amplio por construir una nueva geografía política en América Latina y el Sur Global. Colaboraron para mantener redes, amistades, campañas y formas de cooperación política que de otro modo habrían sido difíciles de establecer. Sería mezquino e históricamente inexacto desestimar estas experiencias simplemente porque las condiciones que las hicieron posibles han cambiado desde entonces, o porque algunos visitantes se sintieron atraídos tanto por los privilegios que les otorgó la revolución como por la tarea de construirla.
Había, sin embargo, un techo para esta forma de solidaridad. Las condiciones materiales permitían participar en la revolución sin compartir sus riesgos o las crecientes dificultades cotidianas que enfrentadas por los venezolanos del pueblo trabajador a causa del bloqueo imperialista. El propio gobierno lo hizo posible: mediante un gran esfuerzo de organización y sacrificio colectivo, desarrolló la capacidad de recibir a miles de visitantes, organizar eventos y proporcionar alojamiento, permitiendo así que el visitante internacionalista viviera la revolución sin verse afectado por las penurias que pasaban los venezolanos y, a menudo, al margen de los intensos debates que se desarrollaban en las bases. Este internacionalismo exigía poco de quienes lo practicaban y ofrecía recompensas a los visitantes, pero fue útil.
La situación ha cambiado drásticamente. Desde el 3 de enero, cuando el imperialismo estadounidense bombardeó objetivos en Venezuela y secuestró al presidente Nicolás Maduro y a la diputada Cilia Flores, el Proceso Bolivariano ha entrado en un período mucho más difícil, marcado por retrocesos tácticos, nuevas contradicciones y acontecimientos que han restringido algunas de los caminos abiertos por la revolución. Por ahora, no se trata de un simple retroceso, sino de una vuelta atrás que cierra ciertas posibilidades, mientras deja intacto el terreno sobre el cual continúa el proceso radical de construcción de comunas.
Para muchos internacionalistas que viajaron a Venezuela antes del 3 de enero, el proyecto comunal estaba, en gran medida, al margen de su participación política con la revolución, aunque muchos realizaron visitas de dos o tres horas a alguna comuna de Caracas. Sin embargo, el discurso en torno a la comuna se convirtió en un pilar central de la defensa internacional de la Revolución Bolivariana. Este énfasis no fue infundado. Hoy, las comunas constituyen la principal reserva estratégica de la revolución, aunque su desarrollo sigue siendo altamente desigual.
El proceso revolucionario venezolano no ha llegado a su fin. La experiencia política acumulada durante más de dos décadas permanece viva en muchas comunas, así como las capacidades forjadas a través de años de lucha. Y, quizás más importante aún, las comunas continúan existiendo como espacios vivos de resistencia, organización, producción, deliberación y poder popular, aunque con niveles muy diferentes de desarrollo y conciencia política.
En su mejor expresión, el internacionalismo es una relación de compromiso político recíproca —aunque no necesariamente simétrico— entre fuerzas organizadas: un intercambio de capacidades entre pueblos organizados que reconocen que sus luchas forman parte de un terreno histórico común. Las condiciones materiales de las últimas dos décadas posibilitaron otra relación, más sencilla. Para comprender lo que ha cambiado es necesario ser preciso respecto a esta historia y lo que la coyuntura actual exige a quienes desean permanecer del lado del pueblo trabajador de Venezuela. Los internacionalistas deben dirigir su mirada hacia las comunas, porque es allí donde permanece viva la reserva estratégica de la revolución.
Algunos internacionalistas que escribieron sobre las comunas, a menudo a partir de breves encuentros con ellas, ahora leen los repliegues de los últimos meses como una traición y se apresuran a prescribir desde la distancia lo que los venezolanos deberían hacer. Por su lado, las propias comunas están inmersas en la difícil tarea de navegar estas contradicciones en lugar de abogar por una ruptura con el proceso, como estilan algunos opinólogos norteños tras el teclado. Desde nuestra perspectiva en Venezuela, la tarea es diferente a la que proponen los visitantes de otrora: nos toca construir un camino a seguir dentro de un mar de condiciones que son genuinamente complejas, genuinamente difíciles y, con todo, genuinamente nuestras para superar.
- Una coyuntura única para el internacionalismo
- Brigadas: una vieja práctica en nuevas condiciones
- Lo que queda
- Hagan lo que hacen los movimientos
Una coyuntura única para el internacionalismo
Hay una diferencia importante entre las situaciones de Venezuela y Cuba. Venezuela ha sufrido un golpe directo a su capacidad institucional y política, mientras que Cuba sigue padeciendo los efectos materiales de un bloqueo genocida. No obstante, ambas situaciones demandan una atención renovada por parte de los internacionalistas, y ambas se enfrentan a una ofensiva imperialista ampliada cuyas formas e intensidad difieren de un país a otro.
Sin embargo, la ofensiva no se limita a Venezuela o Cuba. En toda América Latina, la clase trabajadora se enfrenta a un avance reaccionario que adopta diversas formas: gobiernos fascistas y de extrema derecha están avanzando en países como Colombia, El Salvador, Chile y Argentina; otros Estados siguen profundamente subordinados al poder imperialista; y los gobiernos progresistas que aún se mantienen en pie habitan un entorno cada vez más hostil. Mientras tanto, en Estados Unidos, un renovado macartismo se consolida con la criminalización de la disidencia y considera a la solidaridad misma como subversión.
Más allá del hemisferio, el genocidio contra el pueblo palestino continúa, paralelamente a la guerra que Estados Unidos e Israel libran contra Irán. Estas luchas se desarrollan en condiciones distintas y requieren formas de organización diferentes, pero pertenecen a un momento histórico en el que el poder imperialista está volviéndose más agresivo a medida que su capacidad para obtener consenso se torna más frágil. José Martí denominó a este momento «la hora de los hornos». Hoy, el calor está distribuido por todo el continente y mucho más allá.
La forma de internacionalismo que se configuró en torno a Venezuela durante las últimas dos décadas fue posible gracias a un conjunto de condiciones materiales particulares, y esas condiciones han cambiado. Ahora se exige que la solidaridad vaya más allá de la mera asistencia, y la pregunta es qué debería significar ese cambio en cada uno de estos ámbitos. En Venezuela, parte de la respuesta ha comenzado a surgir a través de una serie de brigadas autoorganizadas que han viajado al país en los meses recientes, buscando sobre todo ir al encuentro con las fuerzas populares y comunales que siguen organizándose en este difícil contexto.
Brigadas: una vieja práctica en nuevas condiciones
El internacionalismo revolucionario tiene una larga historia en América Latina, y sus precedentes más importantes resultan útiles precisamente porque fue tratado como una práctica política material.
La concepción del internacionalismo del Che Guevara era inseparable de la convicción de que la lucha antiimperialista no podía dividirse en compartimentos nacionales aislados. Una victoria o una derrota en un lugar alteraría el escenario en otro. El tipo de internacionalismo revolucionario de Cuba dio a este principio una extraordinaria forma material, enviando médicos, maestros, técnicos, soldados y cuadros políticos mucho más allá de la isla. El internacionalismo cubano transformó, repetidamente, los recursos y el conocimiento producidos por una revolución en capacidades disponibles para otros pueblos, que a menudo se manifestaron en forma de brigadas.
Ese internacionalismo no puede simplemente ser recreado. La historia no se repite de forma idéntica, y las condiciones que permitieron a la Cuba revolucionaria actuar internacionalmente a esa escala fueron históricamente específicas. Pero la pregunta subyacente persiste: ¿qué significa para una organización revolucionaria o un proceso popular poner parte de su fuerza acumulada a disposición de otro?
La experiencia venezolana de los últimos meses apunta a una posible respuesta. Pocos días después del bombardeo del 3 de enero, la PUPSOC, una organización de masas del suroeste de Colombia, se movilizó hacia Venezuela con unas cincuenta personas en un autobús destartalado. Muchos de ellos eran campesinos. Viajaban con su propia comida, sus propios utensilios de cocina y los medios para subsistir durante el viaje. No llegaron porque Venezuela pudiera ofrecerles condiciones cómodas, vinieron porque comprendían que lo que estaba sucediendo en Venezuela era un asunto que les concernía como pueblo organizado.
Hay una diferencia considerable entre viajar por invitación, porque uno ha sido invitado a un evento internacional, y emprender un largo viaje porque la organización en la que uno milita ha decidido que una lucha que tiene lugar en otro país forma parte de su horizonte político. Lo primero puede generar una importante solidaridad, y así fue durante años. Lo segundo apunta a una relación diferente, más sustantiva, en la que las personas llegan con su propia experiencia política y con algo concreto para aportar, al tiempo que aprenden e intercambian experiencias, en el caso venezolano, con los comuneros que siembran las semillas del socialismo territorial en un país bajo asedio.
Dejando de lado el llamado internacionalismo de intelectuales de izquierda, principalmente los del Norte Global, que pontifican sobre nuestra revolución y dictan, desde la distancia, lo que los venezolanos del pueblo trabajador deberían hacer —un pasatiempo favorito para muchos desde el 3 de enero—, el resurgimiento de brigadas revolucionarias y autoorganizadas es el cambio más importante que se está produciendo en el internacionalismo sustantivo hacia Venezuela hoy en día. Ya no se trata de los salones de hoteles de cinco estrellas llenos de gente feliz de estar en Venezuela y aún más feliz de verse entre sí. Ahora estamos hablando de personas que se autoorganizan para venir a Venezuela, aprender de lo que sigue políticamente vivo a pesar de las dificultades y pasar tiempo con las comunas que continúan —de manera desigual y bajo considerable presión— organizando la vida colectiva mientras piensan en la estrategia que nos sacará del horno que descendió del Norte.
Aprendizaje entre territorios
En las últimas semanas, tres brigadas internacionalistas autoorganizadas han visitado la Comuna Socialista El Panal en Caracas. Cada una viene de una tradición política diferente pero todas se vienen con las mismas preguntas: ¿Qué está pasando en Venezuela? ¿Qué lecciones se pueden aprender? ¿Qué pueden hacer?
La primera, organizada por la organización internacionalista Ítaca que llevaba el nombre de Alí Primera, reunió a jóvenes militantes de los Països Catalans, cuyas tradiciones políticas incluyen una larga historia de organización territorial y asamblearia orientada a romper con la individualización y el despotismo del capital. Su encuentro con El Panal comenzó con algo aparentemente sencillo: pasar tiempo en el territorio, escuchar, hacer preguntas a los comuneros y permitir que estos, a su vez, les preguntaran. Los intercambios fueron productivos precisamente porque ninguna de las partes se acercó a la otra como un lienzo en blanco. Los militantes catalanes reconocieron en la democracia directa de la comuna algo que seguía su propia experiencia, aunque la situaban en un contexto geopolítico diferente; los comuneros venezolanos, por su parte, conocieron prácticas colectivas forjadas en el seno de la lucha por la independencia y el socialismo en el corazón del imperio.
La segunda brigada, que llevaba el nombre de Tamara Bunke, reunió a militantes del Congreso de los Pueblos de Colombia; Jarqui y Endavant, organizaciones socialistas del País Vasco y Cataluña, respectivamente; activistas del Movimiento de los Trabajadores Sin Tierra (MST) de Brasil; y NODAL, el portal de noticias argentino que cubre Latinoamérica y el Caribe desde una perspectiva popular. En este punto, la conversación giraba constantemente en torno a una cuestión clave: la estrategia. ¿Qué significa construir poder popular en condiciones muy difíciles y cómo debe relacionarse la organización territorial con el objetivo político más amplio de la emancipación colectiva?
La relación entre la Fuerza Patriótica Alexis Vive (FPAV) y la Comuna El Panal ofrece una expresión concreta de una cuestión ampliamente debatida con los brigadistas: la relación dialéctica entre la organización de cuadros (FPAV) y la organización de masas (Panal). En El Panal, la FPAV proporciona orientación política y sustenta una visión revolucionaria a largo plazo, mientras que las asambleas son el espacio donde se toman decisiones sobre la tierra, la distribución y la vida colectiva. El problema es antiguo en la política revolucionaria: cómo pueden desarrollarse conjuntamente la organización de cuadros y la organización de masas, fortaleciéndose mutuamente sin que una sustituya a la otra.
La tercera brigada, organizada por ALBA Movimientos y denominada Fidel Castro, reunió a más de treinta jóvenes militantes de todo el continente en un programa que combinaba formación política con visitas a espacios de poder popular, entre ellos El Panal. Junto con los comuneros, la brigada pintó un mural en las paredes de la comuna en honor a los treinta y dos internacionalistas cubanos que fueron asesinados el 3 de enero defendiendo al presidente Maduro. Sus nombres se colocaron junto a enormes retratos que ya estaban allí, en las paredes de la comuna, del general Qasem Soleimani y el comandante Mohammed Sinwar. Lo que unió a las organizaciones latinoamericanas presentes en la brigada fue un horizonte político compartido: la unidad de los pueblos latinoamericanos, la lucha contra el imperialismo y la convicción de que la emancipación debe construirse mediante la organización y el trabajo colectivo del pueblo. El mural resultante transmitía tanto como cualquiera de las discusiones: un frente internacionalista cubano, un general iraní y un comandante palestino, unidos en una misma pared como tres frentes de una misma guerra contra el imperialismo.
En conjunto, las tres brigadas apuntan hacia una forma de pensar el internacionalismo más cercana a la antigua idea revolucionaria que al modelo congreso-hotel: el de ahora es un internacionalismo medido por lo que pueblos organizados pueden poner a disposición de otros. Una organización campesina aporta formas de trabajo territorial desarrolladas en el campo colombiano; militantes catalanes y vascos aportan tradiciones de asamblea formadas por sus propias luchas; comuneros venezolanos aportan décadas de experimentación con el autogobierno. Cada parte se marcha con más capacidad de la que tenía al llegar, o bien el intercambio no ha cumplido su cometido.
Lo que queda
La dificultad del momento venezolano hace que este tipo de intercambios sea más significativo, no menos. La Revolución Bolivariana no ha seguido una línea recta hacia el socialismo; su historia incluye avances y derrotas, aperturas y cierres, momentos de movilización masiva y periodos de agotamiento, iniciativas radicales y retrocesos. La coyuntura actual ha sacado a la luz algunas de estas contradicciones con particular fuerza. Por tanto, este es el momento para precisar qué entendemos cuando hablamos de la irreversibilidad de los procesos revolucionarios. Algunos logros políticos pueden revertirse, las instituciones debilitarse, las políticas cambiar y las estructuras económicas reorientarse. No habíamos llegado a un punto en el que los avances de la Revolución Bolivariana se hicieran completamente irreversibles; pretender lo contrario opacaría una de las lecciones centrales del momento actual.
La experiencia acumulada de un pueblo tiene, sin embargo, una temporalidad distinta. Lo que se aprende mediante el ejercicio del poder popular no reside en las instituciones. Quienes aprendieron a deliberar en asambleas comunales, a organizar la producción colectivamente, quienes participaron en luchas por la tierra, organizaciones barriales, luchas obreras, misiones y experimentos comunitarios, aún conservan ese conocimiento práctico: cómo negociar contradicciones, distribuir recursos, lidiar con la burocracia, defender el territorio o gobernar alguna parte de la vida colectiva. Una política puede revertirse; una capacidad formada a través de años de práctica no desaparece de la noche a la mañana.
Los reveses actuales de la Revolución Bolivariana son reales, aunque no definitivos: la historia ha retrocedido en algunos aspectos sin volver al punto de partida. Esto es importante para el internacionalismo, ya que eso modifica tanto lo que hay que defender como lo que hay que aprender. La tarea consiste en reconocer las capacidades políticas que aún subsisten y en construir relaciones con quienes siguen organizándose y luchando, tanto aquí como en el extranjero.
Hagan lo que hacen los movimientos
Los movimientos con una construcción genuina han estado aproximándose a Venezuela de forma muy distinta a la de muchos intelectuales de la izquierda internacional, quienes la han convertido principalmente en objeto de juicio: monitoreando cada concesión, interpretando cada declaración, identificando cada error político y, eventualmente, anunciando que la revolución prácticamente se terminó (la mayoría lo hace, generalmente, desde una considerable distancia). Por el contrario, los movimientos llegan con su propia experiencia política acumulada y, cuando es posible, utilizan sus propios recursos. Pasan tiempo con los comuneros, recorren los territorios, cocinan juntos, debaten la estrategia y se preguntan qué pueden aprender los unos de otros.
El punto de partida de un movimiento es diferente porque ya su gente conoce lo que significa organizarse bajo presión y sostener el trabajo colectivo cuando los recursos son escasos; siendo así, sus visitas se convierten en una ocasión para explorar qué se puede construir juntos. Van más allá de simplemente hacer un balance de lo que sucede en Venezuela. Los movimientos con trabajo político real propio tienden a comprender que una relación internacionalista debe ser recíproca, que la solidaridad implica tanto aprender como dar, y que la utilidad política de un encuentro depende, parcialmente, de si ambas partes se marchan con más capacidad de la que tenían al juntarse. Esta puede ser una de las lecciones más útiles del momento presente: el internacionalismo se puede reconstruir a través de las prácticas de las personas organizadas, en lugar de a través de la “autoridad” de los observadores.
Para quienes siguen interesados en Venezuela, el reto es, por lo tanto, bastante simple: hagan lo que hacen los movimientos —y por movimientos me refiero a fuerzas organizadas con una práctica política real propia: partidos revolucionarios, organizaciones de base, sindicatos, movimientos campesinos, etc.—. Vengan con preguntas, no con veredictos. Vengan con su propia experiencia. Vengan preparados para aprender y contribuir. Vengan a los territorios donde la gente se está organizando. Vengan a las comunas.
La izquierda internacional no debe hacer de Venezuela el centro de todo. Hoy, Cuba exige solidaridad urgente y militante, y las luchas que se desarrollan en América Latina y dentro de Estados Unidos forman parte del mismo contexto histórico amplio, al igual que el genocidio contra el pueblo palestino en Gaza y la guerra que Estados Unidos e Israel están perpetrando contra Irán. Estos son frentes distintos que surgen de condiciones diferentes, pero que, en conjunto, revelan la misma peligrosa expansión de una potencia imperialista cuya violencia se ha vuelto más temeraria a medida que su posición histórica se ha vuelto más precaria.
Sin embargo, cuando hay interés en el proceso venezolano, es posible transformar ese interés en algo más útil que un simple comentario. La «hora de los hornos» de Martí describe precisamente este tipo de momento: un periodo de calor intenso y peligro en el que el resultado es incierto, pero en el que las fuerzas políticas son puestas a prueba y se forjan. Su metáfora no contiene ni la comodidad del optimismo ni la parálisis de la desesperación: el horno es peligroso porque transforma las cosas, pero también produce luz. Décadas después, el Che pondría las palabras de Martí al frente de su propio llamado a la lucha internacional, extendiendo esa luz más allá de Cuba hacia un horizonte continental.
Venezuela es uno de los hornos de hoy día, pues enfrenta una presión imperialista extrema mientras algunas comunas continúan abriendo camino hacia el socialismo. Cuba es otro, bajo un bloqueo que busca hacer imposible, materialmente, la supervivencia de la revolución. Palestina es otro, sufriendo un genocidio perpetrado a plena vista; Irán es otro más, enfrentando una guerra de Estados Unidos e Israel contra su soberanía. En toda América Latina, los movimientos populares se enfrentan a la reacción, la fascistización, la dependencia y la renovada afirmación del poder estadounidense; e inclusive en Estados Unidos, los organizadores están enfrentando un entorno político en el que la disidencia y la solidaridad son tratadas cada vez más como objetos de represión. Cada uno de estos hornos tiene su propia temperatura, su propia historia, sus propias contradicciones; la tarea no es clasificarlos, sino comprender qué significa establecer relaciones entre quienes trabajan en cada uno de ellos.
El proceso revolucionario de Venezuela está entrando a un periodo difícil e incierto: sus contradicciones son reales, al igual que lo que ha acumulado. Quizás este sea precisamente el terreno sobre el que se pueda reconstruir un internacionalismo diferente: uno basado en la reciprocidad, en el intercambio de capacidades políticas y en el reconocimiento de que ningún pueblo revolucionario puede emanciparse aislado. Las comunas aún están aquí, y los movimientos continúan trabajando dentro de ellas.
Es la hora de los hornos, y lo que importa ahora es la luz que produzcamos juntos.
Autor: Cira Pascual Marquina
Fuente: RedH
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