El enemigo principal está en casa

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María Corina Machado pidió en el 2018 una intervención militar al primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, sobre el territorio venezolano. Foto: EFE/Archivo


Por: Daniel Jadue

17 de diciembre de 2025 Hora: 15:14

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(Recordando a Luxemburgo ante la guerra económica contra Venezuela)

Si algo me enseñó la lectura del folleto Junius, de Rosa Luxemburgo ante la experiencia de la
Primera Guerra Mundial, en 1914, es que los momentos decisivos se reconocen no por el ruido
de los cañones, sino por el silencio cómplice de quienes dicen hablar en nombre de los pueblos.
Hoy, cuando Estados Unidos, con su habitual tono imperial, declara una y otra vez que Venezuela
es una “amenaza inusual y extraordinaria” para su seguridad y despliega contra ese pueblo una
combinación de sanciones, bloqueo financiero, operaciones encubiertas, intentos de golpe y
amenazas militares abiertas, con el único objetivo declarado de apoderarse de las riquezas de
las y los venezolanos, estamos como en agosto de 1914, ante una prueba histórica: ¿de qué lado
se ubican los partidos que se dicen democráticos, progresistas, responsables? ¿Del lado de los
pueblos o del lado del capital y del imperio?
En 1914, la mayoría del Partido Socialdemócrata Alemán votó los créditos de guerra. En vez de
decir “no” a la matanza imperialista, se plegó a la consigna mentirosa de la “defensa de la
patria”. Los diputados que habían jurado representar a la clase trabajadora aprobaron, sin
temblar, los fondos que enviarían a esa misma clase a matar y morir por intereses que no eran
suyos. En ese voto se consumó la bancarrota moral de la Segunda Internacional y se abrió la
puerta a la barbarie.
Hoy, cuando vemos a gobiernos, parlamentos, partidos y medios alinearse con la narrativa de
Washington contra Venezuela, repitiendo sin crítica palabras como “dictadura”, “régimen
ilegítimo”, “amenaza regional”, asistimos a un gesto similar. No llevan uniforme, no levantan la
mano en un Reichstag, pero hacen lo mismo: entregan su apoyo político, su silencio cómplice o
su neutralidad hipócrita a una política de guerra, aunque hoy se presente bajo la forma
“civilizada” de sanciones, bloqueos y “presión diplomática”.
Llamemos las cosas por su nombre. Las sanciones que Estados Unidos y sus aliados imponen
sobre Venezuela, sobre Cuba o sobre Irán, mientras financian bajo la falsa bandera del derecho
a la defensa, el genocidio en Gaza o los discursos neonazis del gobierno ucraniano, son una
forma de guerra económica que busca quebrar la resistencia y el derecho a la
autodeterminación de los pueblos que no están dispuestos a ponerse de rodillas frente al
imperio. Buscan destruir su tejido productivo, provocarle escasez, sufrimiento y rabia, para
forzar un cambio político favorable a los intereses del capital transnacional. Son el equivalente
de los créditos de guerra de 1914: financiación de una ofensiva imperial que no se libra con
bayonetas, sino con bancos, embargos y “listas negras”.
¿Quién es, entonces, el enemigo real de cada pueblo? En 1915, Rosa Luxemburgo y Karl
Liebknecht nos enseñaron que “el enemigo principal está en nuestro propio país” y no se refería
a los campesinos franceses ni a los obreros ingleses o rusos, sino a la propia burguesía alemana
y a su Estado, que eran quienes empujaban a la clase trabajadora a la guerra para reordenar el
reparto del mundo.
Hoy, el enemigo principal de los pueblos de Estados Unidos y de Venezuela, de Europa y de
América Latina, no es un país lejano ni un gobierno que se niega a obedecer a la Casa Blanca. El
enemigo real está sentado en los directorios de las grandes compañías, en los despachos de los
bancos, en los altos mandos militares que hacen carrera con la guerra, en los aparatos
mediáticos que fabrican el consenso para la agresión y en todos aquellos que prefieren financiar
guerras antes de ir en apoyo de sus pueblos que claman por el hambre, la escasez de vivienda,
la falta de salud y de educación entre otros.
Ese enemigo habla la lengua de la “democracia” y de los “derechos humanos”, mientras ahoga
a pueblos enteros bajo sanciones que niegan alimento, medicamentos, repuestos, tecnología, y
sabotea cualquier intento de soberanía económica. Los enemigos de los pueblos de Venezuela
son los pocos venezolanos y venezolanas que como María Corina Machado, prefieren llamar a
la guerra contra su propio país, para que los que se creen dueños del mundo disfruten de la
renta petrolera y de todos los bienes comunes y riquezas que la República Bolivariana de
Venezuela posee, a cambio de una tajada para si mismos. Y los enemigos del pueblo de EEUU
son Trump y sus amigos, que prefieren invertir miles de miles de millones de dólares,
financiando la guerra en Ucrania, el genocidio en Gaza y en Sudán, la ocupación en el Sahara, en
vez de mejorar la vida de los millones de pobres, enfermos y adictos que hoy existen en EEUU y
que, con solo una fracción de esos recursos, podrían resolver la mayoría de sus problemas.
Y la clase trabajadora no debe olvidar jamás que en estas aventuras solo mueren dignos
representantes de la clase trabajadora, porque los familiares de Machado y de Trump no irán a
la guerra, tampoco los generales que monitorearan desde sus oficinas como los pobres, que son
la carne de cañón del Gran Capital, sacrifica su vida por los mezquinos intereses de quienes los
envían a la guerra, que con ella ganaran dos veces, la primera por el negocio de la guerra y la
segunda por el despojo que llevaran a cabo si es que ganan, después de la guerra, quedándose
con todo, con el petróleo, con el Gas, con las costas, con el oro y con todo aquello que es lo
único que los mueve.
Quien aprueba esas sanciones, quien justifica el bloqueo, quien calla ante esa agresión que ya
se extiende por décadas, se comporta como aquellos socialdemócratas que en 1914 levantaron
la mano para votar los créditos de guerra. Podrán envolverse en la bandera de los derechos
humanos, podrán hablar de “preocupación por la democracia”, pero el contenido real de su acto
es el mismo: ponerse del lado del imperialismo contra un pueblo y sus decisiones.
Desde una perspectiva marxista, la cuestión es cristalina. La clase trabajadora de Estados Unidos
y la de Venezuela, la de Europa y la de América Latina, no tienen nada que ganar con esta guerra
económica. La destrucción de la economía venezolana no mejora la vida de un trabajador
norteamericano; sólo refuerza el poder de las compañías petroleras, de los fondos de inversión
y de la maquinaria militar-industrial. Del mismo modo, el pueblo venezolano sufre no sólo por
los errores o límites de su propio proceso, sino por una agresión externa cuyo objetivo es
disciplinar a cualquier nación que intente desviarse del guión neoliberal.
Por eso, para una política verdaderamente de izquierda, hay dos principios que no admiten
ambigüedad. El primero, la clase trabajadora debe estar siempre contra la guerra entre Estados
y por la paz entre los pueblos. No se trata de un pacifismo abstracto, sino de entender que en
toda guerra imperialista los muertos son siempre los mismos: los pobres, los trabajadores, las
mujeres, los niños de ambos lados. En este caso, la “guerra” que aún no se desata, toma forma
de sanciones, cerco financiero, campañas mediáticas y amenazas militares; pero la lógica es
idéntica: quebrar la voluntad de un pueblo para imponer los intereses de otro Estado. La tarea
de los trabajadores de EE.UU., Europa y América Latina no es aplaudir la escalada, sino
denunciarla, organizarse contra ella, exigir el fin de las sanciones y defender el derecho de
Venezuela a decidir su propio destino.
El segundo, defender la soberanía y la no intervención es apoyar el derecho de los pueblos a
equivocarse y corregirse sin bayonetas ajenas. Cuando decimos “no a la intervención”, no
estamos diciendo que en Venezuela, o en ningún país, todo esté bien, o que no haya críticas que
hacer a sus dirigentes, a sus políticas, a sus errores. Decimos algo más sencillo y más profundo:
que esos debates corresponden al pueblo venezolano, no a los estrategas del Pentágono ni a los
burócratas asesinos de Washington o Bruselas. La clase trabajadora de otros países no tiene el
derecho ni el deber de “corregir” por la fuerza a ningún pueblo, sino de respetar su
autodeterminación y luchar para que sus propios Estados dejen de actuar como gendarmes del
capital.
La responsabilidad de las izquierdas ante esta crisis es inmensa. En 1914, la socialdemocracia se
arrodilló ante el nacionalismo y sacrificó su internacionalismo en el altar de la “unidad nacional”.
Hoy, una parte de las fuerzas que se llaman progresistas cometen un error semejante: aceptan
sin crítica el relato del mismo imperialismo que instaló las dictaduras en América Latina y que
valida el genocidio en Gaza, sobre Venezuela, repiten sus acusaciones, se declaran
“equidistantes” entre el agresor y el agredido, o se refugian en un silencio cobarde. En todos
esos casos, renuncian a su papel histórico de tribunos del pueblo y se convierten en notarios del
orden mundial.
Para una mirada de izquierda, digna heredera de Rosa de Luxemburgo, de Lenin, de Fidel, de
Mariátegui y de Simón Bolívar, entre tantos otros, no hay lugar para ese tipo de equilibrios. La
neutralidad ante la agresión imperial es complicidad. La tarea de quienes se reclaman del
socialismo es denunciar con claridad la política de Estados Unidos y sus aliados, explicar
pacientemente que las sanciones son una forma de guerra, y construir solidaridad concreta con
el pueblo venezolano, con el cubano, con el palestino, con el sudanés y con todos los pueblos
del mundo que hoy sufren el embate del neocolonialismo imperial: romper el bloqueo
mediático, impulsar campañas de apoyo, boicotear iniciativas que profundicen la asfixia, y, sobre
todo, trabajar dentro de cada país para que sus propios gobiernos dejen de ser instrumentos de
esa agresión.
Al mismo tiempo, el internacionalismo verdadero exige hablarle con la misma claridad a todas
las clases trabajadoras. A la del Norte, para decirle que su enemigo no es el obrero venezolano
ni el migrante que huye de la crisis que su propio gobierno genera, sino los capitalistas de su
propio país que usan la guerra y el bloqueo para mantener su dominio. Y a la del Sur, para
recordarle que ninguna potencia extranjera vendrá a liberarte y que sólo tu propia organización,
tu propia capacidad de construir democracia real y justicia social, puede abrir un horizonte
diferente.
La paz entre los pueblos no es el equilibrio de las potencias; es la solidaridad activa de las clases
subalternas más allá de las fronteras. Por eso, frente a la crisis entre Estados Unidos y Venezuela,
la tarea socialista no es elegir qué bandera nacional ondea más alto, sino levantar otra bandera:
la de la paz sin anexiones ni sanciones, la del respeto a la soberanía, la del derecho de cada
pueblo a decidir su camino sin tutelas ni castigos.
En 1916, Rosa Luxemburgo escribió desde la cárcel, que la humanidad se hallaba ante una
encrucijada: o el triunfo del imperialismo y la ruina de toda cultura, o el triunfo del socialismo.
Hoy, desde mi encierro, afirmó que esa disyuntiva se repite, en otros términos. Si aceptamos
que las sanciones, los bloqueos y las intervenciones sean mecanismos “normales” de la política
internacional; si dejamos que las grandes potencias destruyan países enteros en nombre de la
democracia mientras pisotean la suya; si permitimos que las izquierdas se conviertan en
comentaristas impotentes de la geopolítica, entonces habremos elegido, una vez más, la
barbarie.
Pero si la clase trabajadora de Estados Unidos se niega a ser carne de cañón de esa política, si la
de Europa rechaza seguir a sus gobiernos en aventuras imperiales, si la de América Latina
defiende sin ambigüedades la soberanía de Venezuela y de todos los pueblos agredidos,
entonces, incluso en la oscuridad, comenzará a abrirse un camino distinto.
Ese camino sigue teniendo un nombre sencillo y terrible: socialismo. Socialismo como
democracia real de los pueblos, como fin de la guerra imperial, como organización consciente
de la economía al servicio de la vida y no del lucro. Socialismo como alianza entre los de abajo
de todos los países.
Mientras tanto, ante cada nueva sanción, ante cada amenaza, ante cada maniobra de
desestabilización, la consigna luxemburguiana mantiene toda su vigencia: ni un hombre, ni una
mujer, ni un centavo para la guerra imperial contra los pueblos; todo para la lucha por la paz, la
soberanía y la fraternidad internacional de la clase trabajadora.

Autor: Daniel Jadue

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