La guerra que Trump prometió no hacer

El Washington Post reveló que Israel y Arabia Saudita presionaron a Trump durante semanas para que atacara Irán. Lo hizo sin autorización del Congreso y contra las evaluaciones de su propia inteligencia. Lo que presentó como una operación quirúrgica ya cobra vidas estadounidenses, paraliza el suministro energético global y arrastra a la región hacia un conflicto sin salida visible.

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Fuerzas iraníes lanzan misiles en el marco de la Operación Promesa Verdadera 4, en respuesta a la agresión militar de Estados Unidos e Israel. Foto: Agencia Tasnim


2 de marzo de 2026 Hora: 16:19

Había prometido exactamente lo contrario. En 2016, Donald Trump se presentó como el candidato que frenaría el aventurerismo militar de Washington. En 2024 insistió que no crearía una guerra nueva, ningún enredo extranjero. Menos de dos años después, en la madrugada del 28 de febrero de 2026, anunció en un video de redes sociales —sin discusión ante el Congreso, sin consulta pública— que Estados Unidos e Israel atacaban Irán. No era una acción puntual; era, con el objetivo explícito de derrocar al gobierno en Teherán, la octava operación militar que ordenaba en su segundo mandato.

No fue el primer amanecer con misiles sobre Irán. El 13 de junio de 2025, Israel lanzó una ofensiva sin provocación contra instalaciones militares, nucleares y civiles en Teherán y otras ciudades, dejando más de 1.100 muertos, entre ellos altos comandantes y científicos. Una semana después, Estados Unidos se sumó bombardeando tres sitios nucleares iraníes. Irán respondió con cientos de misiles balísticos y drones en la Operación Promesa Verdadera III, lo que forzó un alto el fuego el 24 de junio.

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La advertencia llegó meses después. El 21 de enero pasado, el portavoz del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas de Irán, el general Abolfazl Shekarchi, sentenció que ante cualquier acción hostil contra el ayatolá Alí Jameneí desencadenaría una respuesta devastadora. Washington escuchó la advertencia. Y atacó de todos modos.

El columnista Peter Baker, del New York Times, formuló tras el reciente ataque: el Trump de 2016 y el Trump de 2026 son figuras radicalmente distintas. Uno denunció el cambio de régimen como «un fracaso absoluto y probado»; el otro lo convirtió en política de Estado. Lo que esa distancia revela no es solo una contradicción personal, sino una pregunta constitucional que Washington aún no ha respondido.

David French, también en el NYT, señaló que el presidente actuó «de la manera más monárquica de su monárquico segundo mandato». La Constitución de 1787 reservó al Congreso el poder de declarar la guerra para evitar que un solo hombre tomara esa decisión. Trump no lo consultó. «Debería haber obtenido la aprobación del Congreso para atacar Irán, o no debería haber atacado», escribió French; el problema no es un tecnicismo legal sino una erosión deliberada de los fundamentos republicanos de aquel Estado.

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En el Capitolio, esa omisión desató una reacción bipartidista como pocas veces vistas. Los representantes Ro Khanna y Thomas Massie —uno demócrata, el otro republicano— impulsaron juntos una resolución de poderes de guerra. «El Congreso debe reunirse el lunes para votar y detener esto», dijo Khanna, mientras Massie apuntó directo al discurso de Trump: «Esto no es ‘América Primero‘». El senador Tim Kaine llamó a la ofensiva «un error colosal»; Chris Van Hollen la calificó de «guerra ilegal de cambio de régimen«. Chuck Schumer lo dijo sin rodeos: «El pueblo estadounidense no quiere otra guerra interminable en Oriente Medio cuando hay tantos problemas en casa».

El senador Bernie Sanders nombró lo que el debate oficial prefería no decir: «Israel y Arabia Saudita presionaron a Estados Unidos para atacar Irán. Netanyahu mató a 72.000 personas en Gaza, en su mayoría mujeres y niños. Arabia Saudita es una dictadura brutal que no tolera ninguna oposición. ¿Estos son los líderes que quieren llevar la ‘libertad’ a Irán? ¿Alguien lo cree de verdad?»

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Los líderes republicanos cerraron filas. El senador Lindsey Graham celebró la operación; el speaker Mike Johnson dijo haber sido informado con antelación. El debate tiene sus límites: incluso si el Congreso aprobara una resolución, Trump la vetaría. Pero el registro público quedará, y en política, los registros regresan.

Más reveladora que la crítica demócrata fue la que llegó desde adentro. Tucker Carlson —orador en la Convención Republicana de 2024, presencia frecuente en el Despacho Oval— habló en ABC News con una contundencia que pocos anticipaban. El ataque es «absolutamente repugnante y malvado», dijo, y advirtió que «va a barajar el mazo de una manera profunda». No lo dijo como adversario; lo dijo como alguien que contribuyó a construir el andamiaje ideológico del MAGA.

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La ex congresista Marjorie Taylor Greene, que ya había roto con Trump por el caso Epstein, fue más corta: «Votamos por América Primero y cero guerras». La base que llevó a Trump al poder en nombre de la no intervención procesaba, en tiempo real, que su candidato había hecho exactamente lo que prometió no hacer. La fractura revela que Trump cruzó una línea que su movimiento consideraba innegociable, y que el costo político interno puede ser tan impredecible como el militar.

Mientras la base de Trump procesaba la traición, el Washington Post revelaba lo que había ocurrido en las semanas previas al ataque. El príncipe heredero saudí Mohammed bin Salman realizó múltiples llamadas privadas a Trump durante el último mes abogando por una ofensiva militar, a pesar de su apoyo público a una solución diplomática. Al mismo tiempo, el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu mantenía su larga campaña pública a favor de los ataques contra lo que él describe como un enemigo existencial de su país.

Cuatro fuentes habrían confirmado al Post que Trump lanzó la operación del sábado tras ese esfuerzo de cabildeo sostenido entre sus dos aliados más activos en la región. El dato adquiere otro peso a la luz de lo que también reveló el periódico: los servicios de inteligencia estadounidenses habían evaluado que las fuerzas iraníes no representaban una amenaza inmediata para el territorio continental de Estados Unidos en la próxima década. Trump atacó de todos modos.

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Momento de la explosión en el oeste de Teherán durante la agresión estadounidense y el régimen sionista. Foto: SNN

Antes de que los primeros misiles cruzaran el cielo iraní, había una reunión en curso. El analista de geopolítica Pepe Escobar reveló que, durante las negociaciones indirectas en Omán, el equipo de Trump había exigido a Teherán precisiones sobre una oferta nuclear que requería ajustes finales. El canciller omaní Badr bin Hamad al Busaidi confirmó que Irán había accedido, por primera vez, a no acumular material nuclear para una bomba, mantener cero reservas de material enriquecido, reducir las existentes y permitir la verificación completa del OIEA. Era la mayor concesión nuclear en la historia de la República Islámica.

La reunión con altos miembros del liderazgo iraní se celebraba en Teherán esa misma mañana del sábado. Los bombardeos la alcanzaron. Murieron funcionarios de alto rango; entre ellos, el ayatolá Alí Jameneí. Escobar lo escribió sin adornos: «El Imperio del Caos no hace negociaciones: las utiliza como arma».

Para millones de musulmanes en el mundo, la muerte de Jameneí no fue una baja de guerra sino un martirio. Para el economista Jeffrey Sachs, fue la confirmación de un patrón que Washington repite sin aprender.

En declaraciones a CGTN, Sachs midió el alcance del desastre. «El asesinato del líder de otro país no es algo trivial. Esta guerra probablemente se convertirá en un conflicto generalizado en Oriente Medio y puede extenderse a escala global», afirmó. La premisa detrás de la operación le parece históricamente frágil: «La CIA y el Mossad creen que, al matar al líder, obtendrán un régimen sumiso. Casi siempre falla.»

Lo que Sachs ve debajo del error táctico es más inquietante. «Estados Unidos está embriagado por su propia arrogancia. Actúan como si comandaran el mundo, y eso es muy peligroso, muy ilusorio, y está llevando a más y más violencia.» No es un juicio moral; es el diagnóstico de cómo las potencias en la cima de su confianza suelen cometer sus peores errores.

Esa arrogancia, para el sociólogo Boaventura de Sousa Santos, es una señal de época. En entrevista con Brasil 247, Santos situó la ofensiva en una disputa más honda que el programa nuclear iraní y advirtió que puede estar comenzando «la tercera guerra mundial».

Su tesis es precisa. Estados Unidos, Israel y la Unión Europea conforman un bloque que, consciente de su propio declive, busca impedir por la fuerza la consolidación de un orden multipolar. La guerra, desde esta lectura, no es un accidente sino una respuesta calculada al ascenso de nuevas potencias. «Los Estados Unidos no están interesados en ninguna multipolaridad. Están interesados en la guerra», afirmó Santos.

Las consecuencias se extienden más allá de Oriente Medio. Santos advirtió que la ofensiva puede debilitar al bloque de los BRICS y generar turbulencias en países como Brasil, donde la presión de Washington sobre sus socios regionales ya se hace sentir. El conflicto no golpea solo a Irán; golpea el proyecto de un sur global que buscaba negociar su lugar en el mundo sin pasar por el tutelaje occidental. China, que ya extrajo sus propias conclusiones, aprobó su mayor presupuesto militar de la historia.

Mientras el Capitolio debatía sus límites constitucionales, en las calles la respuesta no esperó. El mismo sábado, miles marcharon en ciudades de todo el país. En Nueva York, cientos recorrieron el centro —entre ellos miembros de la comunidad iraní— como parte de un Día Nacional de Acción. «El pueblo de este país rechaza otra guerra por un cambio de régimen y un imperio, una guerra que solo sirve a los intereses de una pequeña élite y de los ejecutivos petroleros», declaró la ANSWER Coalition. The People’s Forum fue directo: «La mayor amenaza para la paz hoy son Estados Unidos, Israel y sus aliados, quienes inician guerras a su antojo».

En el frente, los hechos avanzaban más rápido que cualquier debate. Hezbolá anunció su entrada oficial en la guerra y se atribuyó el lanzamiento de cohetes contra Haifa. Tres soldados estadounidenses murieron en un ataque con drones contra una base en Kuwait; el Pentágono investiga cómo el proyectil iraní penetró las defensas aéreas.

Irán atacó instalaciones energéticas en el Golfo Pérsico. QatarEnergy confirmó la suspensión de producción de gas natural licuado tras ataques de drones contra sus instalaciones en Ras Laffan y Mesaieed; Arabia Saudita cerró su mayor refinería de Aramco tras un ataque similar. En el estrecho de Ormuz, varios buques fueron atacados y algunos comenzaron a hundirse. Los precios del petróleo amenaza con saltar a su nivel más alto en meses; una crisis energética global ya no es una advertencia sino una posibilidad concreta si el conflicto se prolonga.

Jeffrey Sachs lo había dicho horas antes, cuando todo esto era todavía una advertencia: Estados Unidos e Israel encendieron la mecha de un desastre completo.

Autor: teleSUR: Daniel Ruiz Bracamonte

Fuente: Fars - NYT - Brasil/247 - CGTN- ABC