Cadáveres de concreto: los «elefantes blancos» de los Mundiales de fútbol

Los Mundiales de fútbol suelen prometer desarrollo y progreso, pero la realidad tras el silbatazo final es muy distinta.

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: El estadio más importante y grande de Sudáfrica es el Soccer City, también conocido oficialmente como FNB Stadium. Foto: EFE


19 de junio de 2026 Hora: 10:44

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En muchas ocasiones, cuando termina la fiesta del Mundial de Fútbol, las luces se apagan, el eco de los hinchas se desvanece y las cámaras se marchan; queda un silencio incómodo sobre las gradas vacías. El concreto frío y estructuras en desuso, permanecen también como «elefantes blancos».

Mientras los templos del fútbol se transforman en fantasmas, las comunidades circundantes siguen en la más cruda pobreza y sus gobiernos arrastran deudas sin apenas poder saldar la carga financiera dejada en la ciudad.

Sudáfrica 2010 llegó con la promesa de que el primer Mundial africano traería desarrollo a un país herido por el apartheid. En cambio, dejó diez estadios con un costo superior a los 3.100 millones de dólares, en medio de una nación donde millones de personas aún carecían de agua corriente y electricidad confiable.

El Estadio Mmabatho, en Mahikeng, se convirtió desde su apertura en uno de los recintos más incómodos del planeta: un diseño defectuoso lo hizo prácticamente inutilizable desde el principio.

Pero el verdadero «elefante blanco» fue el Soccer City de Johannesburgo. Más allá de la final de la Copa 2010, necesitaba albergar al menos ocho grandes eventos por temporada solo para cubrir los gastos y costos de mantenimiento, cercanos a los dos millones de dólares anuales. Mientras tanto, la ciudad luchaba por financiar escuelas y hospitales, sin poder habitar aquel coloso con capacidad para 94.736 espectadores.

Según analistas, los «elefantes blancos» de Sudáfrica emigraron con sus vuvuzelas a Brasil, donde el fútbol-negocio confirmó nuevamente que el espectáculo importa más que quienes lo juegan.

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Brasil 2014 repitió un patrón similar: tres mil millones de dólares invertidos en estadios ubicados en ciudades sin equipos capaces de llenar las gradas.

El Arena Pantanal, en Cuiabá, con capacidad para 43.000 personas, costó entre 230 y 265 millones de dólares. Apenas siete meses después de su inauguración, cerró cuando fugas de agua corrían por las gradas, como si el concreto se burlara de la inversión.

Por su parte, el Estadio Nacional de Brasilia terminó costando cerca de 700 millones de dólares, más del doble del presupuesto inicial, más otros 130 millones adicionales, en una ciudad que ya poseía dos estadios incapaces de llenar sus 72.000 asientos. En Manaos, el Arena da Amazônia llegó incluso a ser utilizado como prisión por falta de uso. En Natal, el Arena das Dunas permaneció vacío porque la ciudad no tenía un club capaz de sostenerlo.

Peor aún: empresas constructoras manipularon contratos e inflaron costos en al menos cinco sedes, desviando dinero público mientras levantaban fachadas destinadas únicamente a la televisión global.

Rusia no fue la excepción. Se invirtieron 10.800 millones de dólares en 12 estadios para el Mundial 2018. Hoy, solo ocho albergan partidos de primer nivel que, por lo general, cuentan con escasa asistencia debido a los elevados costos anuales de mantenimiento.

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Qatar 2022 prometió ser diferente: un Mundial sustentable, con estadios desmontables, museos planificados y un legado sin cadáveres de concreto. Terminó convirtiéndose en la Copa del Mundo más cara de la historia, con gastos cercanos a los 220.000 millones de dólares y emisiones estimadas en 3.6 millones de toneladas de dióxido de carbono, equivalentes a las emisiones anuales de países como Congo, Islandia o Montenegro.

El Estadio 974, concebido con igual número de contenedores marítimos para ser desmontado después del torneo, se mantuvo en pie de forma indefinida para albergar otros eventos de perfil internacional, como la Copa Intercontinental de la FIFA 2024 y la Copa Árabe de la FIFA 2025, además de diversificar su uso para grandes eventos culturales y conciertos.

Tres estadios, Ahmad bin Ali, Al Janoub y Al Thumama, debían reducir su capacidad hasta los 20.000 espectadores tras el torneo. Sin embargo, las promesas quedaron a medias: algunos recintos conservaron casi toda su estructura, otros nunca fueron desmontados y el anunciado museo de los campeones jamás se materializó.

En un Mundial diseñado por empresarios, políticos y publicistas, muchas veces el centro de atención no es la cancha, sino la imagen de país que se busca vender ante las cámaras del mundo entero.

Autor: teleSUR-DR - JDO

Fuente: Boris Luis Cabrera