A cuatro décadas del gol que fue historia: guerra, venganza y arte
El Estadio Azteca parecía respirar como un animal gigantesco aquella tarde del 22 de junio de 1986.
Formación inicial de los equipos de Argentina e Inglaterra antes de comenzar el histórico partido de cuartos de final en el Mundial de México 1986. FOTO: FIFA.COM.
14 de junio de 2026 Hora: 09:28
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El Estadio Azteca parecía respirar como un animal gigantesco aquella tarde del 22 de junio de 1986. Bajo el sol espeso de Ciudad de México, más de cien mil personas se apretaban en las tribunas y millones alrededor del mundo, pegados al televisor, esperaban sin sospechar lo que estaban a punto de ver: una escena jamás desgastada por el tiempo.
Argentina le ganaba 1-0 a Inglaterra y el partido tenía el pulso tenso de aquellas historias jugadas mucho más allá del fútbol. Apenas cuatro minutos antes, Diego Armando Maradona había firmado el gol más insolente de la historia de los Mundiales: un manotazo disfrazado de picardía, más tarde bautizado como «La Mano de Dios». Los ingleses seguían rodeando al árbitro con indignación mientras los argentinos sonreían con una mezcla de alivio, revancha y travesura. Solo la entiende quien alguna vez sintió alguna deuda del destino.
Inglaterra jugaba con rabia; Argentina, con el corazón trepidante. Y allí, en el centro de todo, estaba Diego: pequeño entre gigantes, caminando sobre el césped como quien guarda un secreto. Desde la tribuna podía verse su mirada recorriendo el campo con una serenidad extraña, ajena al ruido.
Los defensores ingleses ya no lo miraban solo como un rival, sino con esa incomodidad propia de lo imprevisible. Terry Butcher respiraba pesado, Peter Reid corría con el gesto endurecido y Peter Shilton mascaba bronca bajo los tres palos. Todos sentían aquella certeza: el Diez parecía distinto, inasible en fuerza, velocidad o talento. Acaso era fuego.
Entonces Héctor Enrique le pasó la pelota en mitad de la cancha y el fútbol se elevó a otra dimensión. No fue un pase trascendental ni una jugada cantada. La pelota rodaba simple, rutinaria, como cientos de veces en un partido cualquiera. Pero cuando Diego la rozó con su pie izquierdo, el estadio entero pareció inclinarse en señal de reverencia.
Primero el Diez amagó suavemente, casi a hurtadillas, y de repente empezó a acelerar. Glenn Hoddle llegó tarde a la primera presión; Reid intentó seguirlo con desesperación, como quien persigue el último tren; Butcher retrocedió y Fenwick dudó un instante. Diego siguió avanzando con la pelota pegada al botín. El césped desaparecía bajo sus piernas y el Azteca hinchaba desde las tribunas una ola gigantesca.
En Buenos Aires los bares quedaron mudos. Millones en Inglaterra, con una cruda sensación de miedo e incredulidad, observaban cómo Diego corría contra defensores ingleses sorteando el peso de la historia y el dolor abierto de las Malvinas.
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Víctor Hugo Morales, desde su cabina de transmisión, levantaba la voz. “Ahí la tiene Maradona…”, dijo, y a millones les sacudió un escalofrío. Diego dejó atrás a Sansom con una mera insinuación de cintura, suficiente para quebrar al defensor. Butcher intentó cerrarle el camino y quedó girando sobre sí mismo, humillado por la velocidad de una idea. Fenwick alcanzó a tocarlo, pero resultó inútil: lo suyo era como querer detener el agua con las manos.
Aunque Maradona avanzaba cada vez más rápido, daba la impresión de moverse en cámara lenta. Entonces apareció Shilton: grande, desesperado, lanzándose hacia adelante para achicar el arco y salvar a Inglaterra. El Azteca contuvo el aire y el tiempo quedó suspendido unos segundos. Diego vio venir al arquero y entendió todo en un instante. Después contaría: “Ahora esta es mía”. Y en verdad fue suya. Amagó con una suavidad insultante, dejó que Shilton cayera vencido hacia un lado y empujó la pelota con delicadeza hacia el arco vacío, mientras Butcher se arrojaba inútilmente desde atrás.
El Azteca tembló bajo un rugido salvaje y la voz rota de Víctor Hugo Morales lanzó aquella frase tatuada para siempre en la memoria del fútbol: “Barrilete cósmico… ¿de qué planeta viniste?”.

Maradona corría con los brazos abiertos hacia la banda. Sus compañeros, enloquecidos, celebraban al pibe de Villa Fiorito convertido en un dios pagano frente a los ojos del planeta.
Cuarenta años después, aquel acto de rebeldía, obra maestra del arte y la genialidad deportiva, continúa en un altar imposible de alcanzar.
Autor: teleSUR - ih - JML
Fuente: Boris Luis Cabrera




