Brasil, la calle que derrotó al algoritmo, el arco progresista y el preámbulo de noviembre

En Brasil, la calle venció al algoritmo, la izquierda se abrió a la guerra cognitiva y se fundieron despliegue digital, movilización popular y alianza del progresismo. Freno en seco a la ola conservadora, fue prueba de que en tiempos de manipulación el voto masivo es más importante que nunca y dejó lecciones para procesos que se avecinan.

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Manifestantes con imágenes de Donald Trump y Mark Zuckerberg, presidente y CEO de Meta, en denuncia de la interferencia en el proceso democrático de Brasil. Foto: EFE


28 de octubre de 2026 Hora: 17:24

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«Acaban de aplicar en Brasil el manual de Joe Biden», dijo Trump el domingo 25 sobre la victoria de Lula. No supera el trauma de 2020-21, cuando ni siquiera animar a una horda hacia el Congreso frustró la sesión conjunta para certificar a su rival demócrata.

Es el «síndrome de trastorno de la negación electoral». La fiesta del rojo y del 13 (no solo en ciudades brasileñas; en toda Latinoamérica, y más allá, hasta en París) puede haberle hecho pensar cuán cerca está el 3 de noviembre. En octubre no se le están dando las votaciones: ni en Brasil, pese a la interferencia digital, comercial, financiera y política, ni en Naciones Unidas, donde la Asamblea General aprobó mayoritariamente por 34.° ocasión la resolución cubana contra el bloqueo, aun cuando la Casa Blanca desplegó su bien engrasada maquinaria de presión y chantaje a plena potencia para revertirla.

«Es imposible reconocer el resultado de las elecciones», declaró Flávio Bolsonaro en la noche del 25. «Deberían ser anuladas», añadió, señalando como irregulares las dos horas de prórroga de la votación que ordenó un juez del Supremo Tribunal Federal frente a la estrategia de alcaldes bolsonaristas que boicotearon el transporte, violando la normativa electoral.

Finalmente, el Partido Liberal reconoció la victoria del progresismo. A Lula no le hicieron falta las dos horas de prórroga, en las que votaron menos de 35.000 personas. A las 17:00, plazo inicial de cierre, el mandatario ya tenía de su lado los más de cuatro millones de votos (4.430.192 al 100% de escrutinio) que le dieron la victoria. No funcionó el sabotaje del transporte; funcionó la movilización.

La mayor economía de América Latina y el Caribe, que ha seguido creciendo y generando empleo, más empresas, más inversión, balanza comercial superavitaria y más salario con política social y menos pobreza; una de las 10 mayores economías del mundo e integrada al Brics; uno de los mayores productores de alimentos del mundo, potencia ambiental y principal socio comercial de China en Sudamérica, sigue bajo una Presidencia de izquierda hasta 2031. Y lo hará luego de la única elección, entre los procesos electorales recientes en América Latina, cuyo resultado quedó fuera de toda duda, de cualquier sombra de fraude y manipulación digital, y dejó en el camino a la apuesta de Washington.

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Brasil no solo era la frontera geopolítica donde se definía si la ola de ultraderecha y el Escudo de las Américas, con cuartel general en el Departamento de Estado en Washington y base en la nueva doctrina de seguridad de Trump, se hacía ―o no― con un poder aún más avasallador en el hemisferio: el poder para reventar lanchas y embarcaciones de pescadores sin rendición de cuentas, indultar a narcopresidentes, firmar a la sombra «acuerdos» que entregan recursos y soberanía de los países a EE.UU. o ejecutar una ilegal operación transfronteriza para facilitar la huida de Flávio Bolsonaro, requerido por la justicia brasileña.

Ha sido, también, frontera electoral: fue un «freno en seco» a la ola de ultraderecha y demostró que esta no es inevitable ni irreversible en América Latina. Y fue ―ante y pese a la manipulación algorítmica, el «inundar la zona» de Steve Bannon y la desinformación digital que han sido caballo de batalla de la ola conservadora y el lobby tecnosionista lo mismo en entornos electorales de América que en procesos en Europa― un parteaguas digital. No es un dato menor si se mira a dos fechas del calendario que se avecinan en noviembre: el 3, en Estados Unidos, y el 29, en España. Y aún más allá, hacia 2027, en la Argentina donde el régimen de Milei ha logrado lo contrario a Lula: más pobreza, menos poder del salario, menos empleo y colapso de inversión social, sin evitar tener menos empresas, menos IED (-73% en 2025), más fuga de capitales (48.000 millones), más desinversión y riesgo país récord.

«No funcionó. ¿Saben por qué no funcionó? Porque al pueblo le gusta que yo dispute la segunda vuelta. Yo soy muy bueno en el mata-mata», afirmó Lula tras quedar detrás de Bolsonaro, por 1.87 puntos porcentuales, el 4 de octubre. El 25, quedó delante por 3.58 puntos, sumando casi 10 millones de votos a los 53.8 de la primera vuelta, frente a 2.7 millones de Bolsonaro.

Lula y la campaña del PT enfrentaron interferencia de Meta (Instagram, Facebook y WhatsApp). Meta alegó «incidentes técnicos», pero una investigación de Folha de São Paulo reveló comunicaciones internas de empleados de la compañía sobre restricciones, limitaciones en promoción de contenidos y manipulación algorítmica contra cuentas y publicaciones del candidato de izquierda. También, constantes presiones políticas, aranceles coercitivos y sanciones de EE.UU. a magistrados del Supremo Tribunal Federal y funcionarios de la Procuraduría General e, incluso, una posible financiación externa de la campaña de Bolsonaro, que apunta principalmente a una red cofundada por el vicepresidente J. D. Vance.

Pese a Meta, el Ejército de Lula, una red de influencers digitales creada por el diputado André Janones, pasó en dos semanas de unos 60.000 a 10 millones de seguidores, cada uno de los cuales amplificó mensajes y anuncios, órdenes de movilización, noticias, denuncias sobre el sesgo algorítmico contra la campaña de izquierda, vídeos, memes, verificación de hechos y contenidos virales. Empleó IA con solvencia tecnológica y creativa, tácticas de inundación de contenido, memes y movilización directa para poner a su favor la lógica de distribución de las redes.

Lula se sumó a la tendencia, asimiló el terreno que mejor dominan los jóvenes y que, hasta ahora, era patrimonio del estadounidense Brad Parscale y su red regional, relacionado con el ecosistema de compañías israelíes de manipulación electoral regidas por exagentes del Mossad, el Shin Bet o la Unidad 8200; arquitecto digital de las campañas de Trump, mentor tecnológico y político de operadores como Fernando Cerimedo, que aplicó sus granjas de trolls y sus bots, sus herramientas de datos y plataformas de microsegmentación, algoritmos e IA en países como Argentina, el propio Brasil, Chile, Bolivia y Honduras.

Ese salto digital desde la izquierda, impulsado por Janones, ha sido señalado como una de las claves de la victoria en Brasil.

A sus 81 años, Lula, tanto como su “ejército digital”, se adentró en claves comunicativas de la guerra cognitiva que la izquierda no logró capitalizar en los últimos procesos electorales. Se abrió a su representación en memes y anuncios de IA y anime en acciones físicas que no se corresponden con su edad biológica, bailando con iconos del espectáculo o personificando a superhéroes al ritmo de música internacional de moda. No se limitó a la defensa ni fue detrás, impuso sus temas y su narrativa por delante del discurso opuesto. No dependió solo de datos, argumentos y discurso racional: fue emocional, incisivo, irónico y pronto en el ataque ―y dejó para los medios momentos como este del primer debate: Bolsonaro- «¡El 73% de los votos emitidos en las prisiones fueron para usted! El 73% de los presos votó por usted, Lula». Lula- «Sí, quiero que el 100% de los presidiarios voten por mí… incluso tu papá (…) Él me conoce bien, te conoce a ti, y sabe que soy mejor que tú»―. Lula sudó, se agotó, casi perdió la voz, no ocultó lágrimas, conectó y se fundió emocionalmente con la gente en las calles, día por día. La calle prevaleció, analistas y activistas brasileños lo señalaron en estos días: el territorio venció al algoritmo.

Su guerrilla digital fue una herramienta de despliegue en redes sociales y en los territorios; rompió la barrera de contención virtual y movilizó, pasó de la resistencia algorítmica a la ofensiva en todos los frentes. Lula lideró la movilización. Siendo emocional, no dejó de ser estadista y abordar la soberanía, las políticas del progresismo y el legado social y económico de sus presidencias. Atacó, empleó el humor y los memes, demostrando que los «zurdos» también pueden ganar su espacio, el de la contraguerra cognitiva, sin recurrir a la violencia, al uso del miedo, la vulgaridad y la distorsión de la verdad ya naturalizados por Donald Trump, Javier Milei, Abelardo de la Espriella o el clan Bolsonaro.

Festejos masivos en Sao Paulo, tras la victoria de Lula da Silva en el balotaje presidencial. Fotos: EFE

Al presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, se le ha visto últimamente yendo a shows televisivos de amplia audiencia y podcasts, riendo y replicando ataques con bromas, cercano y natural, recurriendo a Lorca y Cantos nuevos en un mitin del PSOE en Granada, donde declaró: «Esta es la España de Lorca, la España que no tiene miedo a su cultura, la España que no borra su memoria para vivir confortablemente… La España que reivindicamos». No ha dejado de subrayar su agenda en frontal oposición a la ultraderecha, de recordar la contraposición entre un gasto militar del 5% del PIB que exigían Trump y la OTAN y la defensa del presupuesto social; la denuncia de Israel y el genocidio en Gaza. El 29 de noviembre serán las elecciones generales.

«Vamos a hacer lo mismo que Lula ha hecho en Brasil. El mundo nos mira. ¿Saben por qué mira la ultraderecha a España? ¿Por qué viene Milei? ¿Por qué tuitea Trump? ¿Por qué Meloni viene a apoyar a Abascal? ¿Por qué la ultraderecha se junta aquí en España? Porque somos la prueba de que la esperanza es mucho más eficiente que el odio para hacer avanzar a las sociedades», dijo en estos días. Necesitará una movilización masiva del voto progresista y la alianza de izquierda, nacionalistas e independentistas para hacer frente al pacto entre Partido Popular y Vox.

En Estados Unidos, falta menos de una semana para el martes 3 de noviembre y las encuestas (Harvard CAPS/ HarrisX, NPR / PBS News / Marist, The New York Times/ Siena College, CNN/ SSRS, Reuters/ Ipsos, ActiVote y AP-NORC, todas recientes en octubre) reflejan mayores perspectivas demócratas de tomar control del Congreso que republicanas de conservarlo. La aprobación de Trump se mantiene en mínimos históricos, cercana al 30%, y su gestión es impopular en todos los frentes, de la economía y la guerra a la política exterior y la corrupción. En enero, durante el retiro anual de políticas de la Conferencia Republicana de la Cámara de Representantes, en el Centro Kennedy de Washington, el mandatario había dicho a los presentes: «Tienen que ganar las elecciones de mitad de mandato, porque si no ganamos las elecciones de mitad de mandato, encontrarán una razón para un juicio político. Me someterán a juicio político».

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No es solo la sombra del impeachment, es el control demócrata en todos los comités, condicionamientos presupuestales y en política exterior, vetos a nombramientos, fin de la carta blanca para configurar a su antojo el poder judicial, investigaciones sobre su gestión y sus negocios, un seguimiento más estricto, menos espacio de maniobra y más confrontación.

Las midterms, históricamente, funcionan como examen de la gestión presidencial y acusan el desgaste del poder. Pero el efecto Trump esta vez parece ir más allá del mero desgaste de la Presidencia y apunta al castigo por políticas mayoritariamente impopulares: más de la mitad de los votantes afirman que votan contra el mandatario. La movilización ―el voto anticipado en EE.UU. equivale en la práctica al brasileño «el territorio derrota al algoritmo»― está siendo histórica en EE.UU.: Trump intentó repetidamente limitar el voto, pero el voto temprano se ha disparado hasta entre 30 y 37 millones presenciales y por correo, incluidas plazas cruciales como Texas. Los demócratas lideran la participación anticipada, con casi el 50% de sufragio, frente a 30-35% de los republicanos.

En el resto del hemisferio, la tendencia es a la baja en la aprobación de las gestiones de presidentes de derecha como De la Espriella, Fujimori, Kast, Paz y Peña, con más o menos tiempo de gobierno. En contraste, Claudia Sheinbaum tiene una aprobación cercana al 70% en México, la otra piedra en el zapato de Trump. En Argentina, Javier Milei ―único presidente de la región que no se pronunció sobre la victoria de Lula aún y formó parte de la operación de escape de Bolsonaro― aparece rozando el 30%. A diferencia de sus colegas del eje regional de la ultraderecha, tendrá encuentro con las urnas en 2027. Inspirado en la experiencia de Brasil, nació en el país austral el 17 de octubre el Ejército del Peronismo, impulsado en varias plataformas.

“Un año para formar la comunidad militante más grande de la historia, siguiendo el ejemplo de nuestros hermanos brasileños”, dice la presentación del Ejército del Peronismo en Instagram. El Frente Amplio de España también ha creado su ejército en WhatsApp, con miles de seguidores en unas horas. Afirman una verdad que por estos días probó Brasil: “Ellos tienen a los bots, nosotros somos millones”.

Más allá del frente digital, la asimilación de lo tecnológico comunicacional que impone esta era de guerra cognitiva y la movilización del territorio, Brasil deja otra enseñanza a las izquierdas de Europa y América Latina. En 2022 y 2026, Lula tuvo detrás de sí a los siete partidos del arco progresista en la Federación Brasil de la Esperanza (PT, PCdoB y PV), a la que se sumaron otras formaciones en una coalición presidencial ampliada. En tiempos de extrema polarización y articulado eje internacional conservador, la fragmentación no es una opción, es un error estratégico.

Autor: teleSUR - DE

Fuente: Agencias