Las granjas de Goebbels «bots»

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Simulación de granja de «bots»


Por: Fernando Buen Abad

26 de agosto de 2026 Hora: 09:34

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Goebbels comprendió algo elemental y monstruoso: la guerra cognitiva alcanza su máxima eficacia cuando deja de parecer guerra. El propagandista mediocre ordena creer. El propagandista sofisticado consigue que el sujeto desee aquello que previamente fue dispuesto para él. La granja digital lleva esa lógica a una escala vertiginosa. Ya no necesita solamente fabricar discursos; puede fabricar atmósferas. No necesita demostrar que todos piensan igual; necesita producir suficientes señales para que cada persona tema ser la única que piensa distinto. El objetivo no es conquistar una cabeza: es modificar el campo psicológico donde millones de cabezas toman decisiones. Una cuenta falsa puede ser insignificante. Diez mil cuentas coordinadas pueden fabricar una realidad política. La mentira deja de ser una proposición y se convierte en ambiente. Detrás de esta canallada hay ahora presidentes, empresarios y todo tipo de perturbaciones ideológicas burguesas. Con mucho dinero.

Es probable que el signo más perfecto de una dictadura de la percepción sea aquel que consigue que la víctima crea que está pensando por sí misma. Ahí está la trampa decisiva de las granjas de Goebbels-bots: no fabrican simplemente mentiras, fabrican el espejo social en el que una mentira aparece acompañada por miles de rostros, miles de voces, miles de supuestas conciencias. Cuando el individuo observa su entorno y descubre su propia indignación repetida de manera constante, la repetición adquiere la forma de evidencia. La cantidad suplanta a la verdad. El eco se enmascara de multitud. La multitud, de consenso. El consenso, de realidad. Esta es la operación semiótica brutal: conseguir que el signo falsificado gobierne la conducta verdadera.

Y aquí aparece el verdadero escándalo: los bots no son lo más importante. Lo verdaderamente peligroso es la multitud humana que aprende a comportarse como un bot. Repetir sin leer. Reaccionar sin comprender. Condenar antes de investigar. Compartir antes de verificar. Convertir una emoción en argumento y una consigna en identidad. La máquina no reemplaza al individuo: lo capacita. Lo acostumbra a responder con patrones. Le enseña que pensar equivale a elegir inmediatamente un bando. Le recompensa por la furia. Le castiga con invisibilidad cuando introduce matices. Gradualmente, el individuo conserva su semblante, su nombre, su historia e incluso la ilusión de autonomía, mientras sus movimientos comunicativos adoptan la regularidad de una pieza industrial.

Por eso hay que abandonar la ingenuidad de imaginar la granja como una habitación oscura llena de operadores frente a cinco mil teléfonos. Esa imagen es demasiado cómoda. Nos permite identificar al monstruo y regresar tranquilamente a casa. La granja auténtica es un circuito social mucho mayor: alguien fabrica contenidos, alguien financia su circulación, una plataforma organiza la visibilidad, un algoritmo detecta qué provoca reacción, una red coordinada amplifica, miles de usuarios completan el trabajo gratuitamente y una industria de la atención convierte todo aquello en dinero, influencia o poder. La operación funciona porque el capital humano más abundante de nuestro tiempo ya no es solamente la fuerza de trabajo: es la capacidad de reaccionar.

Cada indignación es susceptible de ser cosechada. Cada miedo puede segmentarse. Cada humillación tiene el potencial de transformarse en tráfico. Cada sesgo puede convertirse en una comunidad económicamente eficiente. Cada conflicto puede ser optimizado. Tiene conocimiento de una ley fundamental de la economía contemporánea: aquello que atrae la atención puede transformarse en poder. Y nada queda en el olvido. Y nada captura la atención con tanta eficacia como el enemigo. Por consiguiente, el ciudadano contemporáneo se encuentra constantemente alimentado por amenazas: la mujer emancipada que presuntamente destruye la familia, el migrante que supuestamente usurpa el futuro, el pobre que supuestamente subsiste gracias al esfuerzo ajeno, el trabajador organizado que supuestamente obstaculiza el progreso, el científico que presuntamente conspira contra la libertad, y el vecino que presuntamente pertenece al bando incorrecto. El enemigo cambia de rostro porque la función permanece intacta.

Y la operación de fondo consiste en una inversión monstruosa de las relaciones sociales. Quien está abajo aprende a mirar hacia los costados. El individuo que sufre una pérdida de salario se dirige al extranjero. a un individuo joven que padece precariedad. Quien padece precariedad mira a quien recibe una ayuda pública. Quien experimenta violencia estructural mira a una mujer que exige autonomía. La persona que ha sido privada de poder encuentra un reducido territorio en el que puede experimentar poder: el comentario, el insulto, la persecución digital y la humillación del otro individuo. El sistema ha identificado un método sumamente económico para gestionar el malestar: conceder permiso para odiar a una persona de mayor vulnerabilidad.

También la violencia de género encuentra aquí un laboratorio especialmente fértil. La maquinaria digital puede transformar la misoginia histórica en una forma industrial de castigo. Una mujer en el ojo público puede recibir, en cuestión de minutos, muchos insultos, amenazas, sexualización y críticas. Este mensaje no solo afecta a la persona en particular, sino que también sirve de advertencia para todas las demás: esto ocurre cuando una mujer habla más de lo esperado, ocupa demasiado espacio, desafía, da órdenes, investiga, denuncia o simplemente no acepta su rol esperado. La granja no necesita que todos sus operadores sean conscientes de la operación. Basta con que una estructura cultural haya enseñado durante generaciones qué cuerpos merecen autoridad y cuáles deben ser disciplinados. El algoritmo encuentra esa desigualdad ya preparada y la convierte en combustible.

Entonces la dimensión ecológica revela otra obscenidad. Se nos presenta la esfera digital como si careciera de cuerpo, territorio y naturaleza. Una opinión parece aparecer de la nada. Un video circula como si no necesitara electricidad. Una nube parece literalmente una nube. No lo es. La infraestructura digital se compone de minerales extraídos de territorios específicos, cadenas energéticas, agua, servidores, centros de procesamiento de datos, transporte, trabajadores y residuos. La supuesta inmaterialidad de la red es una de las grandes ilusiones ideológicas de nuestra época. La economía digital posee una ecología material. Extrae de la Tierra para producir abstracciones y luego devuelve desechos, emisiones y desigualdades a territorios que rara vez aparecen en la pantalla. La granja de bots también tiene suelo, aunque sus usuarios no puedan verlo.

Por consiguiente, el problema no radica en cuestionar de manera infundada si una publicación es «verídica». Hay que preguntar qué realidad produce. ¿Qué conducta desencadena? ¿Qué miedo organiza? ¿Qué relación social deforma? ¿Quién logra obtener beneficios cuando miles de individuos debaten sobre un adversario artificial? ¿Qué problema desaparece del campo visual mientras todos miran hacia allí? ¿Qué trabajo deja de hacerse porque la indignación ocupa el tiempo? ¿Qué conversación queda clausurada porque la plataforma recompensa la velocidad y castiga la complejidad? El descubrimiento decisivo es que la propaganda no necesita destruir la verdad.

Puede hacer algo más eficaz: inundarla. El acto genera cien versiones, cada evidencia suscita cien sospechas y cada dato es sepultado bajo un torrente de ruido. El ciudadano no necesariamente concluye creyendo una falsedad específica. Puede terminar creyendo que ya no existe ninguna verdad posible. Esa es una victoria todavía más profunda. El cinismo absoluto desarma la capacidad de juicio. Si todo puede ser manipulación, nada merece ser investigado. Si todos mienten, nadie responde. En caso de que toda realidad sea propaganda, la única certeza remanente parece ser la propia tribu. La granja produce entonces no solamente falsedad: produce impotencia epistemológica.

Y esa impotencia es políticamente rentable. Un ciudadano persuadido de que nada puede ser conocido es considerablemente más sencillo de gobernar que un ciudadano que puede verificar, organizarse, comparar experiencias y reconocer intereses compartidos. La confusión permanente despolitiza. El exceso de información puede convertirse en una forma de oscuridad. Tener millones de mensajes disponibles no significa tener más conocimiento. Una biblioteca incendiada produce más información dispersa que una biblioteca intacta, pero menos posibilidad de leer.

Aquí pensar es resistir la velocidad que otros han diseñado para nosotros. La conciencia comienza cuando una persona interrumpe el reflejo. Previo a la divulgación, realice una pregunta. Antes de odiar, investiga. Previo a seleccionar adversarios, se debe analizar la relación de poder que se encuentra fuera del encuadre. Antes de aceptar una multitud, pregunta quién la fabricó. Previo a apreciar una tendencia, cuestione quién percibe valor de ella. Previo a la convicción de que la historia está segmentada entre «ellos» y «nosotros», se debe preguntar quién obtiene beneficios de dicha división. La verdadera revolución de las conciencias comienza precisamente ahí, en el instante microscópico en que el individuo deja de ser una reacción automática.

Ese instante puede parecer insignificante frente a una maquinaria de millones de dólares, plataformas planetarias y ejércitos de cuentas falsas. No lo es. Una maquinaria de propaganda necesita que la conducta se vuelva previsible. El pensamiento crítico introduce una discontinuidad. La organización colectiva introduce otra. La solidaridad introduce una tercera. Cuando aquellos entrenados para competir descubren que comparten las mismas condiciones materiales; cuando aquellos educados para odiarse reconocen que experimentan presiones similares; cuando una mujer descubre que su agresor visible es también manipulado por una estructura que le incita a descargar su frustración hacia abajo; cuando el trabajador descubre que el supuesto adversario cultural no determina su remuneración; cuando la sociedad comprende que la destrucción ambiental y la precarización son parte del mismo metabolismo económico, la granja pierde una porción de su cosecha. La inversión conceptual queda entonces completa.

Pensábamos que las granjas de bots eran máquinas que manipulaban sociedades humanas. Ahora podemos ver algo más inquietante: son sociedades organizadas de tal manera que ciertas máquinas pueden manipularlas con extraordinaria facilidad. El problema no comienza con el bot. El bot es el síntoma tecnológico de una enfermedad social más antigua: la concentración del poder sobre los medios de producción de la realidad simbólica. La persona que ejerce control sobre la facultad de producir visibilidad adquiere una forma de poder que no requiere la prohibición del pensamiento; basta con determinar lo que se presenta ante sus ojos de manera infinita.

Por eso la pregunta final no es cuántos bots existen. Es mucho más incendiaria: ¿cuánta humanidad estamos dispuestos a entregar para que nuestras propias máquinas nos devuelvan una falsa imagen de nosotros mismos? Porque una sociedad que necesita miles de identidades ficticias para fabricar consenso ya está confesando algo sobre su consenso real. Y cuando una multitud necesita ser falsificada para parecer mayoritaria, quizá la verdadera mayoría esté en otra parte, todavía dispersa, todavía sin nombre, todavía sin reconocerse. La tarea histórica consiste en encontrarla. No en la oscuridad de la pantalla, aguardando una nueva tendencia, sino en el mundo material donde se labora, se ama, se cuida, se lucha, se contamina, se enferma, se organiza y se imagina. La realidad que ninguna granja de robots de Goebbels puede construir en su totalidad.

Autor: Fernando Buen Abad

Fuente: teleSUR

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Fernando Buen Abad Domínguez es mexicano de nacimiento, (Ciudad de México, 1956) especialista en Filosofía de la Imagen, Filosofía de la Comunicación, Crítica de la Cultura, Estética y Semiótica. Es Director de Cine egresado de New York University, Licenciado en Ciencias de la Comunicación, Master en Filosofía Política y Doctor en Filosofía. Miembro del Consejo Consultivo de TeleSUR. Miembro de la Asociación Mundial de Estudios Semióticos. Miembro del Movimiento Internacional de Documentalistas. Miembro de la Red de Intelectuales y Artistas en Defensa de la Humanidad. Rector-fundador de la Universidad de la Filosofía. Ha impartido cursos de postgrado y conferencias en varias universidades latinoamericanas. Ha obtenido distinciones diversas por su labor intelectual, entre ellos, el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar que otorga el Estado venezolano. Actualmente es Director del Centro Universitario para la Información y la Comunicación Sean MacBride y del Instituto de Cultura y Comunicación de la Universidad Nacional de Lanús