Trump y Venezuela: el discurso que no pudo ocultar la resistencia bolivariana
El presidente Donald Trump dedicó un tramo de su discurso sobre el Estado de la Unión a la agresión militar contra Venezuela: coreografiado, triunfalista, sin fisuras. Hasta que una frase suya lo quebró todo: «Nos costó. Casi no lo logramos.» Lo que siguió fue el intento de tapar, con aplausos del Congreso, lo que sus propias palabras ya habían revelado.
La parte más paradójica del discurso fue la afirmación de que Venezuela es ahora un “amigo y socio” de Estados Unidos. Foto: EFE
25 de febrero de 2026 Hora: 13:35
La narrativa triunfalista colisiona con hechos incontestables. Estados Unidos ejecutó una acción militar directa contra un Estado soberano, bombardeó su capital y detuvo por la fuerza a un jefe de Estado en funciones, Nicolás Maduro, quien fue trasladado junto con la primera dama del país a Nueva York tras la operación del 3 de enero. Trump lo describió como «uno de los más siniestros capos», pero la retórica del supuesto combate al narcotráfico no altera un principio jurídico elemental: la operación violó la Carta de las Naciones Unidas, que prohíbe expresamente el uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier país.
Ese marco jurídico fue deliberadamente ausente del discurso presidencial, sustituido por una narrativa de eficacia militar y restauración del orden. Al mismo tiempo, el costo humano de la operación —al menos un centenar de muertos y decenas de heridos, confirmados por autoridades venezolanas— fue completamente invisibilizado.
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El punto más revelador del discurso presidencial no estuvo en lo que Trump dijo, sino en lo que no pudo evitar reconocer. Ante el Congreso, el mandatario admitió que la operación fue extremadamente difícil: «Nos costó. Casi no lo logramos.» La frase, pronunciada en el mismo foro donde construía la imagen de una victoria quirúrgica, expone la dimensión real de lo que ocurrió en el terreno.
La Fuerza Armada Nacional Bolivariana y los asesores cubanos desplegados en Venezuela ofrecieron una resistencia inicial contundente durante las primeras horas críticas de la intervención. Trump había omitido cualquier referencia a esa oposición armada, pero su propia confesión lo desmintió. Lo que el guion oficial describía como un movimiento limpio y fulminante fue, en los hechos, una operación que estuvo al borde del fracaso.
Esa admisión no es un detalle menor: desmorona la narrativa de dominio absoluto que el discurso construyó con tanto cuidado.
El petróleo como validación estratégica
Una vez establecida la imagen de victoria, Trump introdujo el argumento económico como su principal aval. Anunció que Estados Unidos ya ha recibido más de 80 millones de barriles de crudo venezolano, mientras —según afirmó— la producción estadounidense aumentó en más de 600.000 barriles diarios. La ecuación implícita fue transparente: intervención militar igual a seguridad energética.
Sin embargo, la presentación de esos datos careció de contexto. El presidente no explicó los términos contractuales bajo los cuales se realizan esos envíos, ni el marco político que hizo posible esa exportación tras el derrocamiento forzado del gobierno anterior. La noción de «nuevo amigo y socio» emerge así no de una negociación entre iguales, sino de una relación reconfigurada por la fuerza. El petróleo venezolano se convierte, en el relato de Trump, en símbolo de éxito estratégico, desplazando cualquier debate sobre soberanía, legitimidad o autodeterminación.
Enrique Márquez en el escenario de Trump
El componente más teatral del discurso fue la recepción del político venezolano Enrique Márquez, a quien Trump saludó con un «Gracias, Enrique, es bueno tenerte de regreso», en medio de aplausos. La escena replicó la estrategia ya ensayada años atrás con Juan Guaidó: convertir a un opositor venezolano en objeto escénico de la política exterior estadounidense.
Márquez es un rostro conocido en Zulia, el estado con mayor peso electoral de Venezuela, donde construyó su trayectoria política desde las filas del Movimiento al Socialismo (MAS). Ingeniero eléctrico de formación, ejerció como vicepresidente de la Asamblea Nacional durante la presidencia de Henry Ramos Allup, y fue designado rector del Consejo Nacional Electoral (CNE) entre 2021 y 2023 por el propio Parlamento venezolano.
En un discurso plagado de mentiras, según el cual derrotaron la inflación en los Estados Unidos, la vida es baratísima y la gente está feliz, se presentó el ataque a Venezuela y la grave violación de nuestra Soberanía como modelo de éxito militar y se condecoró como héroe a uno…
— Claudio Fermín (@claudioefermin) February 25, 2026
Apoyado por el partido Centrados y REDES, encabezó en las últimas elecciones presidenciales la candidatura de una coalición de centroizquierda heterogénea, que reunió desde sectores del chavismo crítico y el exPCV, hasta figuras como Juan Barreto. El presidente colombiano Gustavo Petro lo defendió públicamente y lo presentó como un «progresista» víctima de la «régimen» tras su detención, acusado de conspiración política y traición a la patria por el gobierno venezolano.
En enero de 2025, el ministro venezolano del Interior, Diosdado Cabello, reveló un documento que le atribuía la autoría de un plan para impedir la investidura de Nicolás Maduro, una maniobra que contemplaba la juramentación de Edmundo González Urrutia como presidente en una sede diplomática venezolana en el exterior, argumentando que esos recintos constituyen una extensión de la soberanía nacional. «Se propone que el presidente electo el 28 de julio, Edmundo González Urrutia, se pueda juramentar como presidente electo, tomar posesión y dictar actos de gobierno provisionales en un lugar distinto a la ciudad de Caracas», rezaba el documento citado por Cabello.
#ENVIDEO | El ministro de Interior, Justicia y Paz de #Venezuela????????, Diosdado Cabello, denunció un plan golpista presentado por el exrector del CNE, el opositor Enrique Márquez, para juramentar a Edmundo González en el extranjero pic.twitter.com/VYa4IN4W39
— teleSUR TV (@teleSURtv) January 9, 2025
El gobierno venezolano señaló, además, sus vínculos con un agente del FBI detenido y con el yerno de Edmundo González Urrutia.
Liberado en los días previos al discurso de Trump, su aparición en el Capitolio cerró el círculo narrativo que Washington necesitaba.
Ni María Corina Machado ni Edmundo González aparecieron en el discurso. Sus nombres estuvieron ausentes, sin explicación ni mención. El silencio sobre ellos, en una alocución que no dejó nada al azar, tiene el peso de una decisión. Frente a ambos, Trump eligió a alguien con historia propia en la izquierda venezolana, con base electoral en el estado más poblado del país y con experiencia dentro de las instituciones del Estado que Washington dice combatir. Alguien, en suma, con más capas que Guaidó y con un capital simbólico que apunta, al menos en la lectura de la Casa Blanca, hacia un escenario que aún está por definirse.
La presencia de Márquez en el Capitolio no fue una deferencia diplomática. Fue una declaración de intenciones hecha con gestos, no con palabras. Y esos gestos, en la política exterior estadounidense, rara vez son gratuitos.
De la coerción a la «amistad»: la reconfiguración del lenguaje
Quizás el pasaje más paradójico del discurso fue la proclamación de Venezuela como «amigo y socio» de Estados Unidos. La retórica de reconciliación omite que esa nueva relación surge tras bombardeos, el secuestro de la pareja presidencial y un cambio abrupto en la conducción del Estado venezolano. Hablar de amistad en ese contexto implica una operación semántica de fondo: redefinir la coerción como cooperación y la intervención militar como diplomacia.
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La narrativa oficial intenta naturalizar la transición hacia una agenda binacional centrada en el desbloqueo de fondos y la venta de crudo, presentándola como resultado de voluntad política compartida y no como consecuencia de una correlación de fuerzas impuesta.
El segmento dedicado a Venezuela en el Estado de la Unión no fue un informe diplomático. Fue un ejercicio de construcción narrativa en el que Trump presentó la invasión como victoria moral, energética y geopolítica, mientras eludía cualquier referencia a la legalidad internacional, al costo humano y a la complejidad regional del conflicto. Sin embargo, su propio reconocimiento —«Casi no lo logramos»— dejó expuesta la brecha entre el relato y la realidad.
El precedente que deja esta acción es de largo alcance: la normalización del uso de la fuerza como instrumento de reconfiguración política en América Latina, envuelta en un discurso de prosperidad energética y amistad estratégica. Una narrativa que, por su propia confesión, apenas se sostiene.
Lo que el discurso del Estado de la Unión consagró como victoria, el derecho internacional lo registra de otra manera. Y lo que Trump admitió sin querer confirma que entre el relato y los hechos hubo, al menos, una resistencia que el guion oficial no pudo borrar del todo.
Autor: teleSUR: Carlos Cabrera - Daniel Ruiz Bracamonte