Vuelve el perro arrepentido (2026)

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Por: Carola Chávez

24 de mayo de 2026 Hora: 10:21

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Este artículo seguramente ya lo escribí en 2014. Casi que podría copiar y pegar cualquiera de mis textos de esos tiempos, cambiar el nombre de Nicolás por el de Delcy y estaría todo dicho.

Es que volvimos a 2013, 14, 15, 16… Volvimos a aquel tiempo fastidioso en el que la siempre inoperante izquierda perfecta, de lejitos, con asquito, se cree con derecho a juzgarnos. Volvimos a los legadólogos, los que entonces afirmaban entre indignados y compungidos que Maduro traicionó el legado de Chávez y que hoy, sin tapujos aseguran que Delcy traicionó el legado de Maduro. Vuelven los mismos con su triste cantaleta-pataleta-pantaleta, impoluta pero siempre hediondita a ego. Vuelven a medirnos, a descepcionarse de nosotros, a tratar de convencernos de que desviamos el camino porque su librito dice que las cosas no se hacen así como las hacemos. Dan sueño.

Opinadores distanciándose de nosotros en nombre de sus principios. La distancia siempre estuvo. El aire de superioridad también. Si alguien traicionó a la revolución venezolana fue esa izquierda, esos progres pendejos que jamás aceptaron a Chávez hasta que Fidel lo bendijo. Esos que en cada uno de nuestros momentos difíciles, y miren que han sido tantos, en lugar de ver cómo apoyarnos, se dedican a buscar una pelusa, un gesto, un detalle que les sirva de pretexto para echarnos en el charco del enemigo.

Esos que reducen la virtud revolucionaria a que un presidente gobierne en chancletas, legalice la marihuana, o se declare vegano porque pobrecitas las vacas. Ya lo hemos vivido.

La mezquindad contra la Revolución Chavista no nació en tiempos de Nicolás. El mismísimo Chávez les resultaba tan imperfecto: era brillante, sí, pero era «milico», y negro, alzao y jodedor, -¡qué falta de seriedad!- Pero lo peor es que no se dejaba tumbar. Chávez, para el relato de esa izquierda, que más que relato es lamento, tenía un defecto imperdonable: vocación de poder. en lugar de la tan deseable y rentable (para el relato) vocación de martirio. Y como Chávez, Nicolás.

A Nicolás lo atacaron desde el mismo día que Chávez nos dijo que era él. Si a Chávez le tiraban por los tobillos, a Nicolás le tiraron por el pecho. No le dieron ni un segundo de beneficio de la duda. Tampoco se sentaron, como nunca lo hacen, a entender el tiempo histórico que le tocó enfrentar. La izquierda regional, ciega, sorda y nunca muda, le dio la espalda a un hombre que luchaba. Nos dio la espalda al pueblo que luchaba con él, y ayudó con su asquito y su «pureza» a construir el relato contra Venezuela, contra nuestra democracia, contra nuestra lucha.

«Jalabolas, justificadores seriales, traidores del legado» nos decían, entre otras. Nos singularizaban y señalaban para hacernos sentir vergüenza de hacer lo que Chávez nos dijo que hiciéramos. «Que así no es». Pero es que para ellos nunca fue.

Venezuela sufre del síndrome de la buena hija que siempre lleva los coñazos. Campeones mundiales en solidaridad y poca solidaridad recibimos a cambio. Cada vez que hemos sido agredidos, en lugar de recibir apoyo con denuncias y movilizaciones contra el agresor, esa izquierda, cuidando un prestigio que no tiene, se ensaña contra el agredido con cobardes señalamientos y culpabilización. La culpa es de la muchacha que fue violada por llevar minifalda, pues. 

Desde lejos, a control remoto, sin comerse las verdes, tantas veces verdes, estos opinólogos no solo dan lecciones que no aplican ellos mismos en sus espacios, sino que como no les hacemos caso, escogen, en nombre de sus principios, su prestigio y su ego, desmarcarse de nuestra lucha  -como si hubieran pasado la vida pegaditos al candelero-, dejar claro que ellos no son así, que ellos exigen su «segundo Vietnam», pero que lo peleen otros, eso sí.

 Aspirantes a Ho Chi Minh -pero de cartón- que quieren que creamos que la única forma de dignidad y valentía consiste en que esos chamos que hoy están en sus universidades, en las tantas que creó esta revolución, que esos chamos que hoy llegaron a sus colegios tranquilos, sin tener que esquivar francotiradores y bombazos, que esos carajitos y carajitas de mirada brillante y llena de sueños deben llenársela de sangre, fuego, odio y miedo, para complacer el relato de unos ególatras que creen que solo hay un modo de caminar estos caminos y que el modo digno de hacerlo es muriendo en el trayecto. 

Valentía es, además de mirar a la fiera a los ojos y sentarla, hacer lo que hay que hacer sin patinar en la imbecilidad de creer que hay que demostrarle al mundo entero que uno es arrechísimo, que mira qué heroíco, que enjuga tus lágrimas de cocodrilo con mis heridas y mi sangre. Valentía es saber que estamos en el camino correcto y que nos sabe a casabe lo que digan de nosotros unos perfectos ceros a la izquierda -nunca mejor dicho- que solo han sabido decir siempre que somos brutos, traidores y que estamos equivocados.

Equivocados están los que olvidan que Chávez siempre puso la vida, la preservación de la vida como prioridad para poder seguir adelante. Muertos solo servimos de estampas para franelas y afiches que le llenarán el bolsillo a otros. Nicolás, como Chávez, puso como prioridad la paz y vida de todos. Y a Delcy le toca la enorme responsabilidad de cumplir con la tarea chavista de preservarnos mirando al monstruo a los ojos en estos peligrosísimos tiempos de caos y aniquilación impune. ¿Alguna otra Cenicienta que se ponga en esos zapatos?

Otra vez la misma vuelta pero más peligrosa. Otra vez, los mismos de siempre jurungándose soberbios las pelusas del ombligo. Ya sabemos cómo sigue este cuento vivido y superado. Pasarán los años, nos encontrarán defectos inaceptables para cada ocasión, seguirán metiendo el palo en la rueda a favor del enemigo, seguirán en el rincón telarañoso y triste donde habitan sobándose el ego y sintiéndose mejores que nosotros. 

Si eso es ser mejores, me quedo con los míos: los peores, los irreverentes hacedores de caminos que somos, los que no caemos en la trampa inflexible de la linea recta, los que sabemos dar vueltas para poder llegar. Los que, cabeza fría y nervios de acero, sin aspavientos ni golpes de pecho, aún con todo en contra, hemos siempre sabido vencer.

Autor: Carola Chávez

Fuente: CuatroF

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