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El tema de hoy es forjar desde la base social y no en cúpulas burocráticas, un modelo solidario de sociedad en que la justicia y la igualdad sean ley suprema para las instituciones.

El tema de hoy es forjar desde la base social y no en cúpulas burocráticas, un modelo solidario de sociedad en que la justicia y la igualdad sean ley suprema para las instituciones. | Foto: EFE

Publicado 16 junio 2020



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Chile necesita tomar una definición: continuar sujeto a los dictados de la Bolsa o defender la Vida y sus valores de igualdad y solidaridad.

La Bolsa de Comercio dista una cuadra del palacio de La Moneda, sede del gobierno. Pero la Bolsa es -desde 1893- el verdadero cerebro y corazón del poder. Allí no solo se transan acciones del mercado de capitales. Además de la especulación financiera se traman y financian revoluciones, guerras civiles y golpes de estado. La Bolsa crea y sostiene partidos políticos, medios de comunicación y candidaturas presidenciales. Es la cuna de oro de la oligarquía, un tribunal implacable que castiga con la ruina financiera, moral y política a los que violan sus normas.

El último que osó desafiar a la Bolsa fue el presidente Salvador Allende, y sabemos lo que sucedió. Ni un democrático socialismo con “sabor a vino tinto y empanada” –o el “socialismo comunitario” que proclamaba la Democracia Cristiana- eran aceptables para la Bolsa que de inmediato movió sus tentáculos cuarteleros.

Cuando la crisis del sistema capitalista alcanza el clímax que se registra hoy, cuando hambre, cesantía, discriminación social y racial, se convierten en maldiciones intolerables, ha sonado la hora de la rebelión. Una rebelión orientada por la cabeza fría y el corazón ardiente.

Ha llegado el momento estelar: la Bolsa o la Vida

La Bolsa no ha sido jamás derrotada. Ni por crisis financieras como la de 1982 ni por pandemias como la “gripe española” de 1917-21 que mató más de 40 mil chilenos en esta larga y angosta faja de tierra. Ya sea bajo una dictadura militar o de gobiernos liberales, venga como venga la mano en el póker del poder, la Bolsa ha salido triunfante. Los intereses financieros siempre se han impuesto sobre los valores de la Vida. En 1982 el PIB se redujo 14,3% y el desempleo alcanzó el 24%. El hambre castigó cruelmente al pobrerío pero la Bolsa no perdió un centímetro de poder. La represión se encargó de poner a raya las protestas.

El mercado de capitales define el rumbo de la crisis actual. El oxígeno del Estado –los impuestos de todos los chilenos- prioriza el salvataje de los polluelos de la Bolsa. Las acciones de las empresas son las primeras de la fila. A lo lejos en las preocupaciones del Estado, camina la muchedumbre de las pymes y de los trabajadores sin trabajo, los miserables que viven hacinados y con el virus, convidado de piedra de la indigencia.

Los valores de la Vida se han visto otra vez postergados en el Plan de Emergencia negociado por el gobierno y la “oposición” de “centro-izquierda”. Una vez más la oligarquía pone la pata encima a los ciudadanos. Se repite el cuento del “Acuerdo por la Paz Social y la nueva Constitución” del 15 de noviembre pasado. El impuesto a la riqueza, que debería ser la medida urgente a tomar, se ve suplantada por recursos del Estado para aumentar en 35 mil pesos el Ingreso Familiar de Emergencia (IFE), o sea una pestaña sobre la línea de la pobreza.

Entretanto, bajo el paraguas de la Bolsa –y del gobierno que materializa sus orientaciones-, grandes empresas aumentan sus ganancias gracias a la pandemia y a la crisis económico-social.

El principal es el sector financiero. Los 21 bancos que operan en Chile ganaron 2.403 millones de dólares el año pasado mientras el país se tambaleaba por el “estallido social”. Las Administradoras Generales de Fondos (AGF), confiesan 38.369 millones de dólares en el primer trimestre del 2020. Las compañías de seguros generales ganaron 15.603 millones en el primer trimestre de este año. Las AFP –que ganaron 649 millones de dólares el año pasado- manejaban 195.130 millones de dólares a febrero del 2020, ahorros de los trabajadores que van directo a la vena de los grupos económicos. Aunque las cifras marean y es mejor no abusar de ellas, es imposible no mencionar la forma grosera con que se enriquece una minoría en Chile. Los diez multimillonarios más importantes acumulan una fortuna de 36.200 millones de dólares. A la cabeza está el grupo Luksic con 15.400 millones. Sebastián Piñera atesora 2.800 millones de dólares. Si Luksic, Ponce, Paulmann, Saieh, Piñera, Angelini, Salata, Yarur y Matte, por nombrar a los más grandes, aman tanto a Chile como dicen ¿por qué no donan el 20% de sus fortunas a los fondos de emergencia que requiere el país? ¿O por qué al menos no aceptan un impuesto a la riqueza que empareje la cancha de los tributos?

Chile necesita tomar una definición: continuar sujeto a los dictados de la Bolsa o defender la Vida y sus valores de igualdad y solidaridad. Las fuerzas del cambio, lamentablemente disgregadas en lo social y confundidas en lo político en banales riñas parlamentarias, deben unirse para levantar una alternativa de salvación: la ruptura constitucional con el modelo. Una ruta pacífica –al menos en la medida de lo posible- que conduce a la Asamblea Constituyente.

El tema de hoy es forjar desde la base social y no en cúpulas burocráticas, un modelo solidario de sociedad en que la justicia y la igualdad sean ley suprema para las instituciones.


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