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Las personas que beben una copa de vino diaria tienen menor riesgo de desarrollar depresión. (Foto: Archivo)

Las personas que beben una copa de vino diaria tienen menor riesgo de desarrollar depresión. (Foto: Archivo)

Publicado 9 junio 2014

Los resultados electorales del conjunto de Europa han dado lugar a un parlamento difícil de gestionar, debilitando a los dos principales grupos (popular y socialista) y negando la mayoría a los diversos candidatos a la presidencia de la Comisión Europea. La Europa de la austeridad se instala en una crisis política sin precedentes. Incluso en países en los que la crisis económica todavía no ha tenido efectos devastadores (Francia, Gran Bretaña, Dinamarca, Austria) hemos asistido a un gran éxito de los partidos euroescépticos de derecha y de extrema derecha, tal vez por miedo a verse arrastrados al abismo por otros países europeos. Únicamente Alemania parece mantenerse políticamente estable con la victoria de Merkel. Son particularmente inquietantes los resultados de Le Pen en Francia y de Farage en Gran Bretaña.

Solamente en España y en Grecia, que no por casualidad han sido escenarios de las movilizaciones europeas más significativas de los últimos años, la crisis ha reforzado a la izquierda radical, que cosecha magníficos éxitos, empezando por el de Tsipras en Grecia, que adquiere un valor simbólico para la propia Unión. En el fondo hay una crisis social y política que puede expresarse de varias maneras, opuestas entre sí, pero todos los fenómenos políticos dan la impresión de ser poco sólidos y de tender a descomponerse o colapsarse al cabo de poco tiempo. Salvo en Alemania –y en Italia, donde sin embargo el gobierno era “novísimo”–, salen perdiendo todas las fuerzas que han intentado gobernar la austeridad, y es particularmente clamoroso el hundimiento del Partido Socialista Francés. No obstante, en este contexto de debilidad política, es probable que como reacción se concentre aún más el poder en manos de los centros políticos, económicos y financieros.

En Italia, Renzi gana por goleada y se queda sin adversarios creíbles, cosa inédita en Europa y más bien sorprendente. El Partido Demócrata (PD) gana casi 3 millones de votos en comparación con las anteriores elecciones generales y 4 millones respecto a las últimas europeas. Un éxito de proporciones que no se veían desde los tiempos de la Democracia Cristiana. El triunfo de Renzi marca un cambio de fase, pone punto final a la época berlusconiana y abre la nueva fase renziana.

Es preciso relativizar en parte el avance teniendo en cuenta la abstención (cerca de 6 millones de votantes menos en comparación con las elecciones generales), pero está claro, de todos modos, que en torno a Renzi se ha reagrupado el electorado tradicional italiano, moderado, de “clase media” (por ser transversal) y que identifica finalmente aquello en que se ha convertido la socialdemocracia histórica. Renzi gana sobre todo por la derecha, entre los electores de Berlusconi y Monti, aunque recupera en parte los votos que el año pasado se trasvasaron del PD al Movimiento 5 Estrellas (M5S), convencidos de poder servir de “punta de lanza” y que, a juzgar por los datos del Istituto Cattaneo, parecen haber vuelto en parte al redil.

El primer ministro cerró la campaña electoral diciendo que “quien me vota a mí no vota a la CGIL”, desguazando definitivamente la tradición del PCI y jubilando al viejo grupo dirigente, que ahora difícilmente podrá aspirar ya a desempeñar papel alguno. En este momento de crisis económica ha influido mucho, al final, la promesa de los 80 euros en nómina, injustamente calificada de “limosna” por parte de Grillo y Berlusconi, mientras salía a la luz el mecanismo perverso: si no se financian con cargo al impuesto sobre el patrimonio o mediante la restructuración de la deuda, esos 80 euros los financiarán los mismos que los reciban.

En efecto, la pregunta que cabe formular es esta: “¿Cuánto margen de maniobra tiene Renzi?”. Muy poco. No hay mucho que repartir si se mantiene la política de austeridad. Podrá hacer reformas de fachada y formular promesas, pero más allá de los 80 euros ya no le quedan muchos cartuchos. Pronto o tarde tendrá que hacer las cuentas.

Grillo pierde casi 3 millones de votos con respecto a las elecciones generales y no logra plantar cara a Renzi. Choca con los límites de muchas otras fuerzas que han fracasado en toda Europa: la falta de una alternativa de conjunto, de un cambio de sociedad, de un proyecto radicalmente distinto del sistema vigente. Después de obtener el gran resultado del año pasado, la línea del “mandemos a todos a casa” ya no da más de sí. El electorado quiere saber cómo pretende gobernar. Con la reducción del voto de pertenencia e identitario, el electorado reclama un cambio inmediato, que obviamente Renzi –el “nuevo en el gobierno”– parece poder garantizar más que los “nuevos en la oposición”.

Pero sobre todo no se puede pensar en hacer oposición sin impulsar movilizaciones y la participación. En un momento de la entrevista concedida a Vespa, Grillo calificó el M5S de ejemplo para los indignados españoles y para Occupy Wall Street, “porque mientras ellos se han quedado estancados en la movilización, nosotros nos hemos convertido en una fuerza electoral y podemos vencer”. En realidad, sin movilización y sin participación no se hace oposición y no se vence. Y como se ve por la experiencia de Podemos en el Estado español, son más bien los movimientos de ese país los que pueden enseñarnos algunas cosas a nosotros.

Berlusconi se hunde, pero el centro derecha, aunque inmerso en graves dificultades, puede respirar de alivio ante la pérdida de votos de Grillo, pues de lo contrario habría quedado excluido de un posible bipolarismo futuro. Aunque malparado, sumando a Forza Italia el resultado de Alfano y Casini, la recuperación de la Lega y el avance de Fratelli d’Italia, todavía puede aspirar a un relanzamiento. Sin embargo, tendrá que reconstruirse y Berlusconi tendrá que administrar su difícil sucesión. El riesgo está en que al reconstruirse se sitúe todavía más a la derecha, en la estela de los éxitos europeos de Le Pen y Farage.

Otra Europa por Tsipras supera el porcentaje mínimo por pocos miles de votos y consigue tres escaños en Estrasburgo, al tiempo que salvaguarda la existencia en Italia de una izquierda radical. Sin embargo, bien mirado, el proyecto no parece haber funcionado. Seguramente la figura de Tsipras y el gran éxito de Syriza ha permitido a la lista aparecer como algo más que simplemente residual, como se percibieron en cambio las últimas experiencias electorales de la izquierda radical.

Sin embargo, con 1 100 000 votos, la lista pierde apoyos incluso en comparación con la suma de los resultados de la lista Ingroia y de Izquierda, Ecología, Libertad (SEL) en las últimas elecciones, y pierde nada menos que el 50% de los votos si tenemos en cuenta la suma de los votos del Partido por la Refundación Comunista (PRC) y de SEL en las elecciones europeas de 2009. Pero sobre todo la campaña electoral –salvo raras excepciones– no ha permitido construir un marco unitario y dinámico, no parece haber generado ideas de movilización y oposición para relanzar nuevos proyectos y los diversos componentes se dividirán pronto en torno a la cuestión de si aprovechar este peso electoral para futuros acuerdos con el PD. Claro que ahora el PD parece que ya no necesita aliados.

Finalmente, la izquierda europea será el quinto grupo en el parlamento europeo, y no el tercero como se esperaba. Si Die Linke se mantiene en Alemania, más o menos con el 7,4%, en Francia el Front de gauche desciende (6,3%), incapaz de beneficiarse del hundimiento del Partido Socialista Francés. Tampoco brilla el resultado del Bloco de Esquerda en Portugal (4,6%). Los únicos dos países donde se ha producido una verdadera explosión en la izquierda son Grecia y España: en Grecia, Syriza –no por casualidad el partido que ha tenido el perfil propio más claro y radical entre los adherentes a la Izquierda Europea– se convierte en el primer partido griego con el 25,6% de los votos; en España, Izquierda Unida alcanza el 10% de los votos y la nueva lista de Podemos alcanza un increíble 8%. Las grandes movilizaciones griegas y los indignados españoles han sembrado alguna cosa.

Justamente la iniciativa Podemos, surgida de un modo estrechamente relacionado con las movilizaciones de los indignados, demuestra la eficacia potencial de una propuesta que surge de los propios movimientos en vez de representarlos y que trata de reconstruir desde cero la nueva cultura política de la izquierda radical, descalabrada tras las derrotas de los últimos años. Un éxito electoral que pronto podrá relanzarse con una renovada capacidad de movilización y de oposición social a las políticas de austeridad, reconstruyendo un futuro para la izquierda radical europea. Ningún modelo es exportable tal cual a otro país, no lo es Syriza y no lo es Podemos. Creemos, sin embargo, que la izquierda radical italiana tiene mucho que aprender en particular de la experiencia española, incluso teniendo en cuenta la evolución en nuestro país de la lista Tsipras. Y sobre esto trataremos de abrir y profundizar la reflexión a escala nacional e internacional.

Fuente: http://www.vientosur.info/spip.php?article9113


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