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(Re) Marcando la cancha de la izquierda económica latinoamericana – 6 grandes disyuntivas de la política económica

1. INTRODUCCIÓN
Después de la caída del muro de Berlín, el eje político a nivel mundial giró radicalmente hacia un capitalismo de libre mercado globalizado. La vigencia de la lucha de clases y los movimientos obreros entraron en franco retroceso. El “Fin de la Historia” de Fukuyama sintetizaba lo que se buscaba construir como imaginario para una sociedad de mercado. Poco a poco la academia y la sociedad se convenció de aquello. Los centros de pensamiento abandonaban al Estado como rector del desarrollo (etapas de Rostow, “Big Push”, etc.) y regresaban la vista al mercado como único actor. La socialdemocracia se vio obligada a reconducir muchos de sus postulados hacia el centro para poder alternar en el poder. En retrospectiva, Franklin D. Roosevelt en 1936 estaba ideológicamente más cerca de Hugo Chávez que de cualquier predecesor demócrata de la década de los 90. Como resultado, hoy el campo de disputa ideológico es cada vez más estrecho. La nueva sociedad de ‘clase media’ deja poco margen para recobrar las reivindicaciones de la izquierda en un capitalismo que, como sistema, ya no está en discusión.

En América Latina el Consenso de Washington presagiaba también “el fin de la historia”, ante un evidente retroceso de la izquierda y una sociedad civil que era espectadora silenciosa del desmantelamiento de los sistemas de protección social y la liberalización de los mercados. Sin embargo, la arremetida neoliberal no apagó la disputa histórica capital-trabajo en las bases sociales, quienes no vieron un incremento en su calidad de vida como pronosticaba la teoría del Goteo. El empobrecimiento provocado por el neoliberalismo se convirtió en la semilla para que en el ocaso del siglo XX la nueva izquierda latinoamericana inicie con fuerza un nuevo momento en el poder. Desde eso han pasado dos décadas y el escenario político se ha complejizado. A pesar de que los líderes conservadores no sintonizan del todo con las mayorías, es innegable que recuperan terreno electoral al explotar hábilmente los errores de la izquierda. Si a este panorama se suma la desaceleración de los precios de commodities, la correlación de fuerzas de la economía política se debilita para la izquierda, provocando el resurgimiento de viejos postulados económicos: austeridad, liberalización de los mercados y reducción de impuestos a los altos ingresos. Todo esto con la promesa que la inversión privada, extranjera y nacional, aparecerá en economías “libres”.

En este contexto los proyectos económicos contrarios al neoliberalismo se desdibujan frente necesidades de financiamiento y presiones hacia la minimización del Estado. Ante esta realidad es fundamental reordenar los planteamientos originales, remarcar los postulados básicos en el campo teórico y delimitar los alcances reales en el plano de la política pública. En la economía latinoamericana actual… ¿Qué es una política económica de izquierda? El presente informe intenta hacer una reflexión sobre cuáles son las grandes encrucijadas que enfrenta una política económica de izquierda.

2. UN PUNTO DE PARTIDA
¿Cómo definir una taxonomía de la izquierda en materia económica? No hay un sólo camino. Son muchas las aproximaciones posibles. La política económica en marcha se caracteriza por cuestiones tan variables como cuál es papel del Estado, qué alcance se da a la disputa social por la equidad o cuánto deben pagar los ricos en impuestos. Sin embargo, en este documento intentaremos ensayar una reflexión sistémica concentrándonos en el corazón de la política económica: los equilibrios macroeconómicos y sus grandes engranajes como el consumo, la inversión, el gasto público y el sector externo. Hay que entender que objetivos como la equidad, la salud o la educación, sólo son viables si las condiciones macroeconómicas han sido consolidadas en favor de las mayorías. Es decir, los grandes objetivos nacionales están supeditados a la política macroeconómica. Por ello el punto de partida está en las relaciones que definen al Producto Interno Bruto PIB y qué camino se toma alrededor de estas relaciones.

La producción de un país (el PIB) contablemente se resume como PIB≡C+G+I+X-M, donde C es el consumo, G el gasto del gobierno, I la inversión, X las exportaciones y M las importaciones. Para el propósito de este documento es conveniente incorporar los flujos de rentas con el exterior, es decir, el Producto Nacional Bruto (PNB), que es igual al PIB más la renta primaria neta del exterior (R), la cual se define como las rentas que recibimos por el uso de nuestros recursos en el extranjero menos las rentas pagadas a extranjeros en nuestro país.[1] Es decir, PNB≡ C+G+I+X-M+R. Finalmente, al ingreso nacional se le debe descontar el papel del Estado a través de los impuestos netos.[2] Si restamos los impuestos netos (T) en ambos lados de PNB y reordenamos los términos, obtenemos la siguiente identidad.

 

La principal implicación de la identidad [1] es que los tres sectores juegan un papel de interdependencia, donde un desbalance en uno de ellos debe ser compensado por los otros dos, de tal forma que al final la identidad contable debe seguir cumpliéndose. Supongamos por un momento que el saldo de la cuenta corriente (ahorro externo), está equilibrado (es igual a cero). En este escenario la identidad [1] nos lleva a la conclusión de que un aumento del déficit público (cuando G es mayor que T), se traduce en mayores ingresos del sector privado. Es decir, del balance sectorial se desprende la relación macro más relevante: un déficit público es el superávit –ahorro neto– del sector privado. De la misma forma, un superávit del sector público obligatoriamente conlleva a una reducción o deterioro del ahorro neto del sector privado. Es por ello, que un permanente superávit fiscal a lo largo de los años es el germen de la recesión económica y la caída en la inversión, a menos de que el sector externo compense este desbalance inicial en la contabilidad sectorial entre el Estado y sector privado.

¿Qué papel juega el sector externo? Si liberamos el supuesto de que el saldo de la cuenta corriente está equilibrado, entonces un superávit del sector público sólo traerá prosperidad al sector privado si se consigue que la balanza comercial y/o las rentas netas del exterior R sean superavitarias, en una magnitud tal que compense el aporte negativo del superávit fiscal en la identidad. En el caso inverso, si el saldo de cuenta corriente es deficitario, hay dos opciones: o el sector privado reduce su ahorro para mantener el equilibrio, o el sector público aumenta su desahorro– más déficit-. De igual forma, un déficit externo perpetuo con el exterior sólo significa que los dos sectores (privado y/o público) deberán compensar con desahorro perpetuamente ese desbalance, lo que significa más endeudamiento del sector privado, del sector público o una combinación de ambos.

En definitiva, los balances sectoriales demuestran que el déficit fiscal cero en países con problemas de sector externo es una política disfuncional y no puede ser la base de la política económica. Esta es la razón de por qué Alemania no necesita incurrir en un déficit fiscal, pues su saldo de cuenta corriente es tan superavitario que el sector externo financia por completo el ahorro de los hogares alemanes y el gobierno puede permitirse mantener un déficit cero (déficit cero no significa gastar poco, de hecho, gastan y tributan mucho). Al mismo tiempo, el superávit alemán tiene como contrapartida contable el déficit recesivo de sus socios comerciales de la Eurozona.[1]

3. DISYUNTIVAS EN LA POLÍTICA ECONÓMICA
Una vez planteado el corazón de la política macroeconómica, es momento de identificar los rasgos de una política economía de izquierda para América Latina. La gestión de la macroeconomía enfrenta al político a encrucijadas, las cuales definen el tipo de postura ideológica que se adopta. Este documento plantea 6 disyuntivas fundamentales que articulan la política económica y podrán decir qué define a un gobierno de izquierda en lo económico. Esta taxonomía no es completa ni tampoco cubre todas las preguntas que implica el ejercicio de la política económica, pero marcan la columna vertebral del debate moderno sobre el modelo económico de un país. Evidentemente cada una de ellas contiene preguntas y posturas conexas las cuales no son capaces de retratarse en este pequeño ensayo. El objetivo central es definir únicamente la columna vertebral de una política económica heterodoxa.

Disyuntiva 1. ¿Inversión privada o pública?: qué multiplicador es mayor

La inversión juega un papel central en el crecimiento económico; el concepto del multiplicador keynesiano (o fiscal), que establece la relación entre la inversión pública y su efecto sobre el ingreso nacional, puede ser generalizado a la inversión privada. La inversión privada tiene sus propios multiplicadores que influyen en la dinamización de la actividad económica. Por eso la primera gran interrogante que se enfrenta el político es ¿qué multiplicador es más fuerte en la economía, el de la inversión privada o el del gasto público? Esta pregunta es el primer pilar de la política macroeconómica. El hoy conocido como multiplicador fiscal ha sido calculado por décadas por el FMI para países desarrollados, con una cifra estimada de 0,5 (FMI, 2012): por ejemplo, por cada 10 millones de dólares de reducción del gasto público, la producción se reduce en 5 millones. Sin embargo, el pobre resultado a consecuencia de los ajustes fiscales en el sur de Europa obligó al FMI a reconocer que había estado subestimando el efecto del gasto público en las economías desarrolladas. El FMI en 2012 decía lo siguiente:

“(…) los análisis realizados por el FMI durante las últimas tres décadas sugerían que, en promedio, los multiplicadores fiscales estaban en torno al 0,5 en las economías avanzadas (…) Nuestras investigaciones recientes indican que los multiplicadores han estado realmente en el rango de 0,9 y 1,7 desde la Gran Recesión.” (FMI, WEO, 2012, p. 43)
 La subestimación del multiplicador fiscal fue la razón del fracaso del Consenso de Washington hasta finales de los ‘90 en América Latina. Por esa razón el primer rasgo de una política heterodoxa que precautele los intereses de las mayorías es reconocer la importancia del multiplicador fiscal. Es importante considerar que los multiplicadores serán diferentes de acuerdo al ciclo que vive la economía (no son iguales en auges que en recesiones) y la estructura económica vigente. La cuantificación de los multiplicadores es una tarea pendiente en casi todas las economías latinoamericanas. Al debate de los multiplicadores se anexa el efecto desplazamiento (“crowding out”) como retos en la agenda económica de los gobiernos progresistas.

Establecer la importancia del multiplicador fiscal define el nivel de gasto público y automáticamente lleva a enfrentar la segunda disyuntiva: ¿cómo financiar dicho gasto?

Disyuntiva 2. ¿Cómo financiar el gasto? emisión = inflación.

La financiación del gasto público tiene dos vías: (1) a través del sistema de impuestos o (2) mediante la emisión monetaria. La primera se discutirá en la siguiente disyuntiva. En el caso de la emisión monetaria, a pesar de su gran potencial de financiar al gobierno, por varios siglos ha sido víctima de los ataques de la teoría cuantitativa del dinero la cual asegura que la emisión “sin respaldo” lo único que provoca es un incremento de los precios sin efecto real en el producto (neutralidad del dinero).

La otra postura -completamente opuesta a la teoría cuantitativa del dinero- es la Teoría Monetaria Moderna TMM. La TMM es hoy por hoy una teoría marginada por la economía hegemónica y desconocida por la izquierda. La TMM parte de una noción distinta de la concepción misma del dinero en el sistema económico. Cuando se habla de emisión inorgánica o “sin respaldo” surge la pregunta ¿en qué está respaldada la emisión que supuestamente es “adecuada” o “orgánica”? Hasta inicios de los años ‘70 la emisión estaba respaldada en oro, sin embargo, con la eliminación del patrón oro la emisión desde entonces no tiene respaldo en ¡nada! Si no hay respaldo, ¿En qué se sustenta el dinero? En nada, sólo se asienta en la confianza que su emisor –el Estado- se compromete a pagar y a recibir como parte de pago las deudas que él contrae y que contraen con él. Es dinero fiduciario. En este sentido el gobierno al tener el señoreaje de la moneda, al emitir deuda en su propia moneda. es imposible que quiebre o entre en una posición de impago.

Los países que tuvieron un crecimiento rápido de la masa monetaria no experimentaron episodios de inflación elevada. En cambio, aquellos países que sí tuvieron episodios de alta inflación, paradójicamente, no estuvieron precedidos de altos incrementos de la masa monetaria
Es por ello que la TMM disputa en el plano teórico la falacia de hablar de déficit fiscal. Y aquí la divergencia con la misma izquierda, que suele caer en la trampa de la derecha al defender implícitamente al déficit. El déficit en este contexto es una restricción autoimpuesta, una creación ficticia de las sociedades que se plasma en la independencia de los bancos centrales. Bajo la justificación de evitar “tentaciones”, los bancos centrales no pueden prestar a los gobiernos a discreción pues esto genera desequilibrios. Supongamos que el gobierno de Estados Unidos le debe a su Reserva Federal 1 billón de dólares, lo cual se expresa en el balance contable de la reserva como un activo y en el del gobierno como un pasivo. ¿Qué pasaría en la economía si el día de mañana la Reserva Federal decide perdonar esa deuda del gobierno? Pues nada, son simples asientos contables (el dinero no es más que confianza) y el pasivo como el activo desaparecerían del balance contable sin que la economía se vea afectada. Bajo este principio, los gobiernos con soberanía monetaria pueden financiar su gasto sin la necesidad de impuestos. Es decir, los impuestos cumplirían la función de equidad, mas no la de financiar el presupuesto como hoy erradamente se los concibe.

Si el dinero no es más que confianza, ¿dónde inicia el problema? según el pensamiento dominante la emisión genera un incremento de los precios sin un efecto sobre la producción real. La teoría de la inflación monetaria sin duda es un paradigma consolidado en el mundo. ¿Realmente la izquierda debe creer la idea que la emisión es la única causante de la inflación? No se puede desconocer que los estímulos vía demanda pueden presionar los precios, sin embargo, aceptarlo como credo sería negar que la inflación es un fenómeno complejo y de difícil aproximación pues se define en contexto de correlación de fuerzas -de mercado-, siendo un campo de disputa por la ganancia y la distribución del ingreso. Las estructuras oligopólicas de producción, la economía de especulación, los precios de materias primas, así como la estructura de importación-exportación de los países (restricción externa), son factores decisivos a la hora de definir la inflación. Este es el gran reto de la izquierda y sus intelectuales: poder descomponer la caja negra de los encadenamientos de la estructura económica y determinar cómo se forman los precios.

De hecho, la teoría dominante tiene grietas importantes en este sentido. La evidencia no es concluyente sobre el papel de la emisión monetaria en la inflación. Richard Vague ha recopilado los episodios de inflación y emisión monetaria desde 1960 para 47 economías que representan el 91% del PIB mundial. En esta investigación se analiza cada episodio de crecimiento rápido de la masa monetaria y se analiza los niveles de inflación en los años subsiguientes. De los resultados encontrados se rechaza la hipostasis de la teoría cuantitativa del dinero: en la mayoría de países que tuvieron un crecimiento rápido de la masa monetaria no experimentaron episodios de inflación elevada. En cambio, en aquellos países que sí tuvieron episodios de alta inflación, paradójicamente, no estuvieron precedidos de altos incrementos de la masa monetaria. Estados Unidos en los últimos nueve años debió haber registrado tasas de inflación considerables dado el incremento de su masa monetaria.

No se puede desconocer que el estímulo de demanda puede presionar los precios, no obstante, hay que aceptar que la inflación no es un fenómenos monolítico y unicausal. La estructura económica y la creciente dependencia de divisas juega un rol protagónico en la inflación. Es tarea pendiente de la izquierda develar los factores que forman los precios en la economía.

Disyuntiva 3. ¿Financiar la inversión vía impuestos desalienta la economía? Curva de Laffer

La revolución keynesiana había puesto en jaque a los conservadores de Europa y los Estados Unidos desde los años ‘40.[2] Cada vez más las políticas de demanda a través del Estado se consolidaban como el centro de la política económica. Sin embargo, la economía neoclásica nunca perdió sus armas más fuertes contra el Estado: (1) la inflación como consecuencia de la emisión (la teoría cuantitativa del dinero) y (2) el efecto “crowding out” o efecto desplazamiento del Estado a la inversión privada como consecuencia del gasto público y la deuda. Para completar el ataque conservador faltaba debilitar la segunda gran pata de la política fiscal: el sistema de impuestos. En 1974 Arthur Laffer colocaba la estocada que terminaba con la era keynesiana, al proponer la hoy famosa Curva de Laffer y así completaba el rompecabezas teórico neoliberal que se convertiría en la nueva arremetida conservadora desde los años ‘80. Su éxito ha sido rotundo en los últimos 40 años para consolidar los Estados mínimos.

La curva de Laffer tiene dos grandes interpretaciones: (I) el incremento de impuestos – en algún punto de la curva- genera que la recaudación impositiva se reduzca por la una afectación sobre los desincentivos a trabajar, así como porque los individuos buscarán reducir la carga mediante prácticas evasivas y elusivas. En base a esto el mantra conservador sentencia que subir impuestos no sólo es perjudicial, sino también inefectivo. (II) Reducir impuestos, paradójicamente, logra incrementar la recaudación, pues menores impuestos incentiva la inversión, el PIB y por ende mayor actividad económica genera mayor recaudación. La hipótesis de Laffer ha dominado el espectro económico. ¿Qué evidencia existe para confirmar su existencia? ¿Es América Latina un sitio propicio para Laffer? Esta es la tercera disyuntiva que enfrenta la política económica.

[1] El estructuralismo cepalino en América Latina también tenían una fuerte influencia de la Teoría General (Prebish escribió una introducción a Keynes).

Usando el marco neoclásico los estudios mayoritariamente dan validez a esta curva (Canto et al., 1978; Schmitt-Grohe y Uribe, 1997; Travandt y Uhlig, 2009). Otros estudios, desde el mismo marco neoclásico, rechazan la coherencia de la forma de la curva y su continuidad (Malcomson, 1986). Yanagawa y Uhlig (1996) hallan que mayores impuestos a las ganancias de capital lleva, paradójicamente, que el crecimiento económico se acelere. Uno de los argumentos de la literatura a favor de la Curva se asienta sobre la elasticidad negativa del trabajo a la tasa impositiva. Sin embargo, este es uno de los supuestos más discutibles del andamiaje neoclásico, en particular para economías en desarrollo donde la gente no deja de trabajar si le suben los impuestos. De los estudios investigados, las posiciones son diversas sin que exista evidencia robusta y concluyente que confirme la existencia de la Curva. Según Nielsel (2012), la historia claramente demuestra que una disminución de los impuestos no implica un incremento de ingresos fiscales necesariamente

Una extensiva literatura en economía laboral ha mostrado que los cambios en las tasas impositivas tienen poco impacto en la oferta laboral de muchas personas, particularmente para los hombres en edad máxima de rendimiento (Pencavel, 1986; Heckman, 1993; entre otros). Esto parecería indicar que el postulado central de la curva de Laffer es demostrablemente falso. En América Latina es aún más discutible: los niveles salariales, el bajo poder sindical y la baja calificación de la mano de obra dan poder al empresario para fijar salarios y horas laborales. Si los trabajadores tienen menos empoderamiento será más difícil que renuncien por una subida de impuestos. Feldstein (1995) también hace una crítica a la relación directa entre ingresos fiscales y las tasas impositivas propuesta por Laffer y menciona que la habilidad de un individuo de cambiar o aplazar sus formas de compensación, usar los límites de sus beneficios, así como otros factores, podrían ser parte de la ecuación ingresos fiscales-tasas impositivas. Modificar la oferta laboral es una de las maneras más comunes a la que un individuo puede optar ante cambios de las tasas tributarias, sin embargo, no es la única. La oferta laboral es una hipótesis poco plausible cuando nos alejamos del supuesto de pleno empleo (como ocurre en toda América Latina).

Una extensiva literatura en economía laboral ha mostrado que los cambios en las tasas impositivas tienen poco impacto en la oferta laboral de muchas personas.
En el año 2012, el Foro ‘Initiative on Global Markets (IGM)‘, un grupo economistas[3] de prestigiosas universidades de los Estados Unidos, levantó una encuesta sobre diversos temas de política económica. Entre ellos se les preguntó a 41 expertos si “una reducción de las tarifas del impuesto a la renta en este momento, lograría un incremento del ingreso en tal magnitud que provocará que la recaudación fiscal dentro de cinco años será mayor que no bajo el escenario de no modificar nada”. Aproximadamente el 96% de académicos entrevistados están en desacuerdo que ocurra lo que la Curva de Laffer pronostica. Un 4% dicen no tener certeza o certidumbre sobre el comportamiento esperado.


Resumen disyuntivas 1,2 y 3 = Estado mínimo

El resumen de las tres primeras disyuntivas nos proporciona dos caminos de política: el Estado mínimo, o por el contrario un Estado activo en la vida económica. En el primer caso, el recetario neoliberal omite de la discusión varias cuestiones medulares vinculadas a la complejidad de las relaciones económicas. No señala que el déficit fiscal explica el superávit –ahorro- del sector privado y que contablemente el desbalance debe ser asumido por el sector externo o por el sector privado. El déficit fiscal debe ser compensado por el saldo de cuenta corriente para que el ahorro privado pueda preservarse. Sin mayor justificación empírica aseguran que la liberalización del comercio y del flujo de capitales es la solución pues esta “libertad” provocará el ingreso de recursos del extranjero que compensará el papel que cumple el déficit fiscal en la identidad 1. Apoyados por estos argumentos se emprendieron las reformas de liberalización de los años ‘90 como una mala copia de la experiencia asiática.

La consecuencia del equilibrio fiscal obliga a la doctrina neoliberal a plantear la cuarta disyuntiva por excelencia: el saldo de cuenta corriente en libertad compensa lo que deja de aportar el sector público.

Disyuntiva 4. ¿La cuenta corriente equilibra la economía al liberalizar el comercio y los capitales?

Al observar la ecuación [1] se deduce que para cumplir la austeridad y mantener inalterado el ahorro privado, debe crecer el saldo de cuenta corriente. Lo que propone la economía neoclásica es la liberalización del comercio, lo que implica un potencial aumento de las importaciones. Para compensar ese desbalance proponen tres soluciones: (i) exportar más, (ii) menor gasto del Estado desacelera las importaciones y (iii) traer capitales frescos desde el exterior al eliminar las barreras comerciales y al flujo de capitales (seguridad jurídica y estabilidad). El incremento de las exportaciones es la gran estrategia de largo plazo pero imposible de lograr en el corto plazo para las economías periféricas, pues nuestra condición de periferia se expresa, justamente, en que exportamos materias primas y nuestros ingresos por exportaciones son tan volátiles como los precios de estos mercados. En el corto plazo resulta imposible para América Latina superar las condiciones estructurales de baja productividad.

Los capitales no se alojan en economías más “libres”, sino en economías más rentables.
Para que la receta se cumpla las importaciones no deben acelerarse. Para ello hay que atacar al “culpable”: el Estado y sus políticas “populistas”, las cuales aceleran las importaciones producto de una mayor demanda importada y de inversiones del Estado que presionan la restricción externa (la necesidad de divisas para obra pública). Por lo tanto, hay que reducir el gasto del Estado y así la balanza comercial se equilibrará, reza la política neoliberal.

Esta encrucijada ha sido el punto débil en todos los procesos progresistas durante el siglo XXI: han construido una economía más inclusiva activando y democratizando la demanda, pero quedaron pendientes políticas que creen oferta nacional para evitar desequilibrios en la cuenta corriente y con consecuencias sobre los tipos de cambio y la inflación. La pregunta que debemos hacernos es a quién le correspondía crea oferta nacional en una economía de mercado ¿Será que los gobiernos confiaron en exceso en las promesas del sector privado que nunca se concretaron? No hemos reconocido el carácter rentista de las economías latinoamericanas donde el sector empresarial demanda altas tasas de ganancias con bajo riesgo para decidir invertir. La cultura empresarial vigente busca mantener los viejos privilegio en el mercado: ¿Para qué cambiar si hoy gano “suficiente”? ¿Qué es “suficiente” en una economía rentista importadora? Ser rentista es buen negocio y no existen los incentivos para cambiar. El Estado debe hacer una autocrítica, pues no supo cómo articular una política productiva de compromiso real. El Estado jugó bajo las reglas de una estructura rentista. No hemos problematizado ni develado la tasa de ganancia en la economía. Sin un ejercicio de transparencia de las entrañas del régimen de acumulación, como es la tasa de ganancias, los ciudadanos no tienen un termómetro si la economía parte de una matriz de justicia económica: la justa recompensa por el trabajo desempeñado en el mercado. Así la política económica es presa del chantaje usual sobre la pérdida de competitividad vía costos, la quiebra de empresas, despidos y por ende, crisis económica.

La tercera forma de aumentar el saldo positivo en la cuenta corriente es mediante la atracción de capitales externos; otra quimera para América Latina usada como el gran argumento a favor de la liberalización del mercado de capitales. Las cifras agregadas de Inversión Extranjera Directa (IED) a lo largo del tiempo pueden dar una falsa mirada del papel de la liberalización y la entrada de capitales productivos. Según las cifras del Banco Mundial, durante los años ‘90, la época de la liberalización, la IED como porcentaje del PIB se incrementó en promedio en América Latina. A partir de los años 2000 es errante. Las cifras frías lo confirman, pero existen varios problemas que deslegitiman la relación causal entre liberalización y entrada de capitales:


(I) Durante los ‘90 no sólo la región tuvo un incremento de la IED, los países desarrollados tuvieron un incremento aún más importante en términos nominales,

(II) El auge mundial de la IED en los años ‘90 se explica por el incremento de la valorización de los activos internacionales y la financiarización de la economía mundial.

(III) Este auge de la IED estuvo concentrado en el Mercosur (énfasis en Brasil y Argentina) sin que se incremente la inversión y el empleo en estos países; por el contrario, se incrementó las importaciones y un mayor déficit de cuenta corriente durante los años ‘90 (Chudnovsky y Lopéz, 2000).

(IV) Las cifras de IED son dudosas por los falsos prestamos entre transnacionales para generar ficticiamente costos financieros y reducir el pago de impuestos (lo que se conoce como subcapitalización). Esto debilita las estadísticas de IED en el mundo y más aún en la región, donde la planificación fiscal agresiva (PFA)[4] viene en marcha desde hacía varias décadas.

(V) La IED no es una entrada incondicional de divisas, hoy por hoy es el mayor pasivo externo de la región, es decir, lo que entra debe ser pagados en algún momento. Como señala la CEPAL, “(…) la IED no es una fuente de capital gratuito y, por lo tanto, los países deberían intentar dirigir estos flujos a proyectos con capacidad de transformar su estructura de producción.” (CEPAL, 2015, p. 11).

(VI) Finalmente, las rentas –dividendos- generadas por la IED son repatriados en su gran mayoría al lugar de origen: al año 2014 la utilidad repatriada de las transnacionales asciende aproximadamente al 50% de la utilidad generada en América Latina según el mismo estudio de la CEPAL. La veracidad de esta última cifra es también discutible pues se sabe que existe una importante salida de dividendos de forma oculta para evitar los impuestos producto de la planificación fiscal internacional (contratación de servicios y pagos de intangibles ficticios). Todos estos argumentos, más estudios empíricos realizados[5], dan poca credibilidad al mantra que la liberalización de la economía es una fuerza de gravedad para la entrada de capitales del exterior.

Los capitales no se alojan en economías más “libres”, sino en economías más rentables, donde exista mayor demanda efectiva (interna o externa), tasas de interés baja para el emprendimiento y paz social. Resulta difícil pensar que los capitales entrarán por arte de magia sólo por el hecho que nos declaremos “libres” y fervientes defensores de la austeridad.

Disyuntiva 5. ¿El libre comercio genera más bienestar para los ciudadanos?

En el contexto de defender el saldo de cuenta corriente, una mayor productividad para el país y atraer los beneficios de la globalización, el libre mercado es un engranaje indispensable en la economía neoclásica. Los tratados de libre comercio bilaterales o multipartes – junto con acuerdo bilaterales de inversión- han construido la nueva economía mundial. Según el mantra neoliberal, la reducción de aranceles y la construcción de mercados supranacionales ayudarán a que los países exporten más y por ende puedan conservar el equilibrio del sector externo. Esta estrategia tiene un riesgo: que las importaciones se aceleren afectando el déficit comercial. Por lo tanto, la tesitura es: ¿somos capaces de incrementar las exportaciones en tal nivel que compense el incremento de importaciones? Depende a quién analicemos: por ejemplo, los alemanes han demostrado que el libre mercado ha significado un beneficio para ellos, mientras que españoles, griegos o portugueses no están tan contentos con el mercado común. Ya en la política interna, importadores y exportadores se benefician mientras que los productores nacionales deben competir en un mercado mundial.

En definitiva, un déficit recurrente no es más que una deuda permanente con el resto del mundo que, bajo regímenes de baja competitividad, acelera la desindustrialización, pérdida de empleo, desigualdad y mayor pobreza. En el fondo el libre mercado es una diputa por el trabajo, donde la transnacional tiene a disposición un ejército de reserva cada vez mayor y ejercen una competencia de los salarios a la baja. Los importadores son los grandes ganadores, pues mientras el Estado sigue buscando mejorar los salarios, para ellos sus precios relativos se hacen más baratos respecto a los productores nacionales. En definitiva, políticas de libre mercado junto con políticas activas de empleo, no hacen más que debilitar aún más la industria nacional y en el largo plazo refuerza la desindustrialización de la economía, al prolongar y profundizar los patrones de especialización primaria. Los exportadores también son ganadores del libre comercio pues su exportación puede competir de mejor forma con otros productos en el país de destino al desmontar los aranceles. Es decir, la competencia es mundial y el más fuerte es el que triunfa.

Los países se enfrentan a la disyuntiva: ¿apoyo mis exportaciones con el peligro que mi industria local deba competir con el resto del mundo? ¿Confiamos que nuestros exportadores serán cada vez más eficientes para traer las suficientes divisas y en el mediano plazo transformar la matriz productiva? ¿Son los encadenamientos de mis exportaciones lo suficientemente fuertes para poder generar un crecimiento económico endógeno? En el caso de que confiemos que los exportadores construirán un escenario externo sólido, que la reducción del Estado reducirá las importaciones y que la liberalización traerá inversión, entonces estaremos convencidos que la economía se comporta como una economía neoclásica: a través de la desregulación y apertura comercial, la economía se libera de distorsiones y gana competitividad, lo que terminará atrayendo inversionistas nacionales y extranjeros, generando empleo y crecimiento económico

Por el contrario, si confiamos que la economía no funciona como la retrata la economía neoclásica, una liberalización de las economías no hace más que introducir fragilidad financiera y facilita la salida de capitales. Para que el libre mercado sea beneficioso debe existir una competencia entre iguales, lo cual en la economía mundial no es una realidad. Los países latinoamericanos no están en capacidad de competir en mercados de bienes industriales, perdurando su papel de proveedores de materias primas y los problemas asociados. Creer en la economía neoclásica es desconocer que las economías nacionales son espacios formados por grupos de poder económico que pujan por la desregularización pues son beneficiarios del comercio exterior (exportadores e importadores) en perjuicio de medianos y pequeños productores que deberán ingresar forzadamente a una competencia mundial.

Disyuntiva 6. Salarios ¿costo o demanda agregada?

Cómo se distribuye el excedente económico entre clases sociales ha sido un tópico central para la izquierda; entender los engranajes de la puja distributiva (quién se queda con qué) y el modelo de justicia que sostiene al sistema capitalista es fundamental para saber los límites de la redistribución a través de impuestos y transferencias públicas. Sin embargo, la relación crecimiento económico y distribución del ingreso es un fenómeno recíproco (causalidad en ambos sentidos), es decir, la distribución del ingreso también condiciona la expansión de la economía y su tasa de crecimiento. En otras palabras, la distribución salarios-ganancias influye en la tasa de crecimiento del PIB.

Esta segunda relación es la que nos interesa discutir como la sexta disyuntiva de la política económica pues enfrenta al político a una encrucijada: los salarios y la ganancia de los capitalistas juegan un papel importante en la determinación del producto (PIB), sin embargo, éstas cumplen un rol antagónico. ¿Cuál de las dos debe ser estimulada para favorecer el crecimiento económico? David Ricardo en el año 1817 fue el primero en tratar el reparto de la renta como objeto de estudio, asegurando que el problema más importante de la economía política es entender cómo se reparte el excedente entre los diferentes grupos que intervienen en su formación. Para Ricardo la ley que gobierna la distribución del excedente era la clave para comprender cómo funciona el sistema económico y las fuerzas que determinan la prosperidad.

La escuela postkeynesiana ha recuperado la tesis de los clásicos (incluido Marx), asegurando que la forma cómo se reparte el ingreso condiciona cómo la economía se expande. En la medida que el salario tiene una doble característica (es ingreso y costo al mismo tiempo), un aumento de la participación del ingreso laboral fortalecerá el consumo, la producción y el empleo siempre y cuando los salarios tengan un efecto multiplicador sobre la demanda (régimen conocido como ‘wage-led’). Por el contrario, si la economía depende de la inversión, el aumento de los salarios frenará la ganancia y con ello la inversión, la producción y el empleo (régimen conocido como ‘profit-led’). Por lo tanto, si una economía está basada en los salarios (wage-led) perderá impulso cuando hay un deterioro en la participación de los salarios en el PIB (Onaran y Galanis, 2012). En cambio, si la inversión es sensible a las ganancias esperadas, un aumento de los salarios puede frenar la inversión y el empleo (profit-led).
Para que el libre mercado sea beneficioso debe existir una competencia entre iguales, lo cual en la economía mundial no es una realidad.

Resulta crucial entender en cuál de esto dos regímenes se encuentran los países de América Latina. De ello dependerá si la política debe estimular los salarios o por el contrario precautelar la ganancia empresarial. En caso de que los salarios estimulen la demanda, políticas que incrementen los salarios en porcentaje del PIB traerá al mismo tiempo crecimiento y equidad. Por ejemplo, la ampliación de derechos laborales, mayor asociación de los trabajadores o mayores salarios mínimos serán beneficiosos no sólo para la justicia sino también para el crecimiento. Caso contrario, si las ganancias empresariales son determinantes en la inversión se enfrentan a una dicotomía: equidad o crecimiento. Y en ese caso políticas de flexibilización laboral y reducción del poder de sindicatos podrían tender a una mayor tasa de crecimiento con costos en la equidad. Hoy América Latina y sus actores políticos definen posiciones alrededor de la política laboral sin tener claridad en qué régimen se encuentra la economía.

Existe cada vez más evidencia que confirma que la desigualdad del ingreso frena el crecimiento (Berg y Ostry, 2011). Stockhammer (2017) y Lavoie y Stockhammer (2013) dan indicios que las economías desarrolladas son propensas a estar en regímenes de demanda basados en los salarios (wage-led). Sin embargo, existe una escasa literatura empírica que aborda esta disyuntiva para América Latina producto de una debilidad histórica en las estadísticas de distribución primaria del ingreso en la región. Alarco (2014) recopila la información para más de 15 economías latinoamericanas entre 1950 y 2010 y encuentra que existe una relación importante entre la distribución del ingreso y el crecimiento económico. Sin embargo, no hay conclusiones contundentes, pues es una pregunta con muy poco abordaje empírico en la región. Para Lavoie y Stockhammer (2013) un país estará en un régimen de salarios o de ganancia dependiendo de su estructura económica, para lo cual define algunas claves para saber qué régimen predomina:

¿Cuál de estos factores predomina en las economías latinoamericanas? ¿Qué efecto domina y cuál es el efecto conjunto? Existen una complejidad de factores que deben ser analizados para poder llegar a conclusiones veraces. Es importante profesionalizar la política económica y dejar de tomar decisiones en base a opiniones y por el contrario, debemos hacer un esfuerzo por aproximarnos a esta problemática de forma seria. En un contexto en el que la flexibilización laboral y la contención de salarios es la política hegemónica, la izquierda está obligada a contrastar el régimen de demanda que rige en cada economía.
 


REFERENCIAS

  • CEPAL (2015). “La inversión extranjera directa en América Latina y el Caribe”.
  • Chudnovsky, D. y A. López (2000). El boom de inversión extranjera directa en el MERCOSUR en los años 1990: características, determinantes e impactos. Red merco sur, Documento de trabajo N. 2.
  • Heckman, J. (1993). Detecting Discrimination. The Journal of Economic Perspectives, Vol. 12, No. 2, (Spring, 1998), pp. 101-116
  • FMI (2012). “Word Economic Outlook: Coping with High Debt and Sluggish Growth”
  • Feldstein, Martin. 1995. Effect of marginal tax rates on taxable income: A panel study of the 1986 tax reform act. Journal of Political Economy 103(3): 551-572.
  • Lall, S., y P. Streeten (1977). Foreign Investment, Transnationals and Developing Countries. Boulder, West view Press.
  • Lavoie, M., & Stockhammer, E. (2013). Wage-led growth: Concept, theories and policies. In Wage-led Growth (pp. 13-39). Palgrave Macmillan UK.
  • Malcomson, J.M. (1986). Some analytics of the Laffer curve. Journal of Public Economics, 29(3), 263-279
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  • ​Oglietti, G. (2007). La relación de causalidad entre el crecimiento y le IED en Argentina ¿Pan para hoy, hambre para mañana? El Trimestre Económico, 349-378.
  • Onaran, Ö. y Galanis, G. (2012).” Is aggregate demand wage-led or profit-led?”, National and global effects. ILO Conditions of Work and Employment Series 31.
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  • Townsend, I. (2003), Does Foreign Direct Investment Accelerate Economic Growth in Less Developed Countries? St. Olaf College, Northfield, Minnesota, inédito.
  • Trabandt, M. & Uhlig, H. (2009). How far are we from the slippery slope? The Laffer curve revisited, NBER Books, National Bureau of Economic Research, Nº 15.343, pp. 1-35 

Disponible en: http://www.celag.org/re-marcando-la-cancha-la-izquierda-economica-latinoamericana-6-grandes-disyuntivas-la-politica-economica/ 


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