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Palestina: atrapada entre la condolencia selectiva y el castigo colectivo

| Foto: Reuters

Publicado 23 julio 2014
La simpatía selectiva es difícilmente el único problema que enfrenta el pueblo de Palestina hoy. Además de una injustificable falta de atención internacional por la violencia militar, religiosa y estructural que deben soportar a diario, los palestinos ahora sufren la venganza israelí a escala colectiva.

La semana anterior, Israel fue sacudida por el horrible descubrimiento de los cuerpos de tres adolescentes, enterrados superficialmente debajo de un montón de rocas justo al norte de la ciudad de Hebron, en la ocupada West Bank.

Naftali (16), Gilad (16) y Edal (19) fueron secuestrados el 12 de junio cerca de los asentamientos de Gush Etzion mientras viajaban de regreso a casa luego de las oraciones del atardecer. Se sospecha que les dispararon y fueron asesinados por extremistas palestinos un rato después. Durante días, el país ha atravesado por un sentimiento de luto colectivo y han compartido condolencias con las familias de los jóvenes.

El primer ministro israelí Benjamin Netanyahu acusó inmediatamente a Hamas por la muertes y ordenó una represión a gran escala en los territorios palestinos ocupados, seguido de bombardeos sobre más de treinta lugares en Gaza, horas después del hallazgo de los cuerpos.

Desde el 12 de junio, día de la desaparición de los adolescentes, las operaciones militares israelíes han dejado un saldo de, al menos, seis palestinos muertos, incluyendo a Ali, un niño de 10 años y Mohammed, un adolescente de 15 años, y más de 400 personas arrestadas y enviadas a centros de detención administrativa.

El miércoles, el cuerpo de otro niño palestino fue encontrado tirado en los bosques, horas después de haber sido secuestrado en el este de Jerusalén por atacantes desconocidos. Se sospecha que el adolescente de 16 años, Mohammed, fue secuestrado y quemado hasta morir por extremistas de ultraderecha en venganza por las muertes de los chicos israelíes.

Su cuerpo resultó tan calcinado que los investigadores se negaron a permitir que su padre lo viera. Violentos disturbios estallaron en el este de Jerusalén poco después de la noticia del asesinato.

En las recientes semanas, la prensa israelí e internacional han cubierto de manera agresiva la desaparición de Naftali, Gilad y Edal, y con razón. Las muertes de los tres adolescentes sin duda alguna merecieron la amplia atención de los medios, mientras sus familiares en duelo merecían muestras sinceras de condolencia internacional. En el momento que nos deje de importar los asesinatos motivados por fines políticos de personas jóvenes, será el día que perderemos toda afirmación de conciencia humana. Es precisamente por esta razón que líderes mundiales y la prensa internacional deberían unir su disgusto apropiado por la muerte de adolescentes israelíes con la compasión clara y el respaldo inequívoco para las familias de cientos de jóvenes palestinos, víctimas de las mortíferas agresiones israelíes a través de los años.

Según la rama palestina de la Defensa Internacional de los Niños, una organización no gubernamental independiente con ramificaciones en más de 40 países, más de mil 400 niños palestinos han sido asesinados por militares israelíes y colonos en los Territorios Palestinos Ocupados desde el comienzo de la Segunda Intifada en el año 2000. Aunque casos excepcionales -como el "asesinato ilegal" de dos adolescentes palestinos por militares israelíes el Día de Nakba en mayo de este año- logran los titulares internacionales, el palestino común, víctima de la letal violencia israelí, engrosa una estadística sin nombre en los reportes no leídos de un puñado de organizaciones de derechos humanos. Otras menos letales y más estructurales formas de violencia en contra de los palestinos tienden a pasar sin ser declaradas por completo. Ciertamente, a muy pocas personas en occidente -no solamente en el propio Israel- realmente les importa el sufrimiento palestino. Solamente eso debería constituir una afrenta a nuestra común humanidad.

Pero, la simpatía selectiva es difícilmente el único problema que enfrenta el pueblo de Palestina hoy. Además de una injustificable falta de atención internacional por la violencia militar, religiosa y estructural que deben soportar a diario, los palestinos ahora sufren la venganza israelí a escala colectiva.

La Cuarta Convención de Ginebra considera el castigo colectivo como un crimen de guerra y por una buena razón. En su arrase por Europa en la Segunda Guerra Mundial, el Wehrmacht (Fuerzas Armadas de Alemania) a menudo quemaba y acorralaba o ejecutaba al azar a aldeanos en venganza por la muerte de tropas alemanas o por la resistencia ejercida por pobladores locales. "Nunca más", solíamos decir. No obstante, aún hoy, el Gobierno israelí recurre a tácticas similares de castigo colectivo en los Territorios Palestinos Ocupados, utilizando redadas a hogares y demoliciones, arrestos masivos y bombardeos aéreos en áreas densamente pobladas por civiles, para erradicar toda resistencia a las fuerzas ocupantes.

Entonces, actualmente el pueblo palestino se encuentra atrapado entre la simpatía selectiva de la comunidad internacional y el castigo selectivo a manos de las fuerzas de seguridad de Israel. Al mismo tiempo, queda claro que ninguno ocurre en un vacío, y el último en particular está motivado, sin lugar a dudas, por el oportunismo político de parte de Netanyahu. Analistas locales sostienen que el primer ministro no es muy entusiasta en instigar un conflicto agotador con Hamas, pero hay al menos dos razones por las cuales la escalada hacia un conflicto armado luce inevitable (y hasta deseado) para su Gobierno en el corto plazo.

Primero, existe una necesidad de enraizar, o por lo menos cooptar, el embarazoso apoyo del manifiesto racismo de ultraderecha en la sociedad israelí. Y luego, existe una oportunidad única de impulsar una ruptura en el Gobierno de unidad de Fatah-Hamas, declarado hace un mes, y con ello continuar con la visible actitud de Netanyahu de la diplomacia de dividir y conquistar.

El primer punto es el más evidente. Israel está simplemente hirviendo sobre el racismo y la furia en este momento. En días recientes, grupos de extremistas de ultraderecha han estado atravesando Jerusalén coreando "¡muerte a los árabes!" y buscando a civiles árabe-israelíes para golpearlos, mientras los pobladores han intensificado sus ataques a palestinos en Hebrón y otros lugares. Mientras tanto, un grupo de Facebook lleno de comentarios racistas y antiárabes denominado "la nación de Israel demanda venganza", ha logrado reunir unos 35 mil seguidores -muchos de ellos soldados- en sólo dos días, con llamados a la venganza en contra de palestinos. Al mismo tiempo, un influente rabino urgía al Gobierno a "convertir el IDF (Fuerzas de Defensa de Israel) en un ejército de vengadores, que no se detendría en 300 prepucios filisteos". En este contexto, la exagerada respuesta sobre la muerte de los tres adolescentes está dirigida exclusivamente a una audiencia doméstica sedienta de sangre. Siendo un secular de línea dura, Netanyahu no se puede permitir ser visto con cara vacilante ante semejante provocación, y mucho menos dejarse aventajar por la derecha en cuestiones de seguridad nacional.

Al mismo tiempo, el racismo que emana de la sociedad civil es un reto para el oficialismo israelí, pues están plenamente conscientes de que unas relaciones públicas negativas podrían erosionar el respaldo a Israel de aliados claves en Europa y Estados Unidos. Como parte de una evolución a largo plazo que se remonta a la expulsión de ocho mil colonos israelíes durante la separación de Gaza, dispuesta por Sharon en 2005, y más recientemente en la duplicación de los crímenes de odio y el auge del autollamado movimiento de vandalismo racista y religioso "Price Tag" (etiqueta de precio), el aumento del extremismo judío, que va de la mano con un creciente sentimiento antigobierno entre los colonos y los ultraortodoxos, da a Netanyahu un doble incentivo para tratar de apaciguar su ira racista. Al alinearse con la indignación popular por los secuestros y canalizar el odio profundamente arraigado del país contra los árabes en una violenta represión contra los militantes de Hamas y los palestinos comunes, Netanyahu puede tener éxito en desviar algunos de los sentimientos antigobierno de la ultraderecha y atenuar su evidente racismo, mientras aviva las llamas del nacionalismo israelí y promueve la legitimación de los objetivos de la ocupación.

Por encima de las motivaciones políticas internas, sin embargo, hay otra preocupación más estratégica que probablemente estimule al gobierno israelí a una respuesta de mano dura con relación a los asesinatos. Por años, la política oficial de Netanyahu hacia los palestinos ha estado impulsada por una estrategia de dividir y conquistar, que busca continuar segmentando al pueblo palestino entre cristianos y musulmanes; entre habitantes de Gaza y la ribera occidental, y entre los árabe-israelíes y el palestino propiamente dicho, todo mientras incesantemente se entromete para dividir al liderazgo palestino en aras de debilitar su apuesta por ser reconocidos como Estado en las Naciones Unidas. Manteniendo hábilmente a los militantes de Hamas y a los moderados de Fatah enfrentados, los israelíes han prevenido por mucho tiempo el surgimiento de un frente palestino unificado. Alimentar las llamas del extremismo palestino, a través de sanciones económicas y seleccionando cuidadosamente ataques contra los militantes de Hamas y sus funcionarios, siempre ha sido el componente principal de esa actitud. Cooptando a Fatah y provocando la ira de Hamas, las posibilidades de unidad palestina fueron considerablemente disminuidas.

Algo pareció cambiar en abril de este año, cuando Hamas y Fatah firmaron un pacto de reconciliación que eventualmente dio paso al juramento de un gobierno de unidad el 2 de junio. Desde entonces, el Gobierno de Netanyahu ha estado haciendo todo lo posible para frustrar el correcto funcionamiento del pacto, hasta el punto de prohibir a ministros de Gaza entrar a la ribera occidental para su ceremonia de juramentación. Como había señalado Sharif Nashashibi en Al Jazeera el mes pasado, "Israel ha dejado claro que hará lo posible para frustrar la unidad palestina. Ha impuesto sanciones económicas a los palestinos, se rehúsa en negociar con el nuevo Gobierno, y ha urgido a la comunidad internacional a no reconocerlos". En este contexto, la desaparición de los tres adolescentes el 12 de junio obró bien en las manos del Gobierno israelí: le dió a Netanyahu la justificación perfecta para renovar la represión contra Hamas y le dio el mazo político con el cual abrir una brecha en el gobierno de unidad palestino en ciernes.

Mientras algunos de los funcionarios de Hamas abiertamente elogiaban los secuestros, Hamas mismo no ha confirmado ni negado su participación -aunque es indiscutiblemente posible que el liderazgo de Hamas haya, en efecto, dado la orden de este crimen abominable, es igualmente posible que los posibles secuestradores actuaran de manera independiente de su estructura de mando. Nada de esto, no obstante, le importa al Gobierno israelí, que ha estado dispuesto a culpar a Hamas por la desaparición de los chicos aún sin contar con alguna prueba substancial que respalde su caso. En unos días, la fuerza militar israelí se movilizó para detener a la mayoría del liderazgo de Hamas, y aumentó la presión sobre el líder de la Organización para la Liberación de Palestina y presidente palestino, Mahmoud Abbas. Otra vez, la estrategia de dividir y conquistar aparentemente ha resultado. Mientras los funcionarios de Hamas hacen un llamado a la Tercera Intifada en respuesta a la represión israelí, Abbas ha condenado rotundamente los secuestros -en suelo árabe y saudí- y ha prometido continuar las labores conjuntas de seguridad con Israel y la prevención de otro alzamiento palestino. Las probabilidades de la supervivencia de un Gobierno de unidad se ven opacas.

Lo que esto nos dice, es que nuevamente el salvaje asesinato de jóvenes civiles está siendo utilizado como una maniobra política por aquellos de mano dura y extremistas de ambos lados en este conflicto asimétrico. Mientras el mundo correctamente se muestra en shock por las trágicas muertes de tres adolescentes israelíes y con ello parece decirlo todo, no obstante se ha olvidado de los niños de Palestina. Atrapados entre la simpatía selectiva y el castigo colectivo es, nuevamente, éste último el que lleva el peso absoluto y desproporcionado de una represión israelí y la búsqueda militar de una venganza conducida por el arraigado racismo y el odio religioso ¿Cuándo terminará esta locura sangrienta?


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