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Las clases sociales frente al plebiscito
Publicado 5 noviembre 2020


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Uno de las novedades del reciente plebiscito fue el aumento de las clases populares, y en particular del elemento obrero, en la composición del electorado, fenómeno que se dio con particular nitidez en la capital del país.

Por la importancia numérica que representa su electorado, por el peso que tiene en la economía y por su calidad centro político-administrativo del país, las tendencias observadas en el Gran Santiago son de especial interés. En este sentido conviene profundizar sobre las posiciones adoptadas por las principales clases sociales del capitalismo chileno.

La clase obrera es la que mayor importancia reviste para el análisis y la acción política revolucionaria. Esto no solo por su peso relativo dentro del total de la población (alrededor del 45 por ciento), sino también por constituir –junto con la burguesía– una de las clases fundamentales de la actual sociedad chilena.

Al analizar los resultados por comuna, se revela que esta se inclinó consistentemente por la opción del apruebo; de modo que, mientras mayor fue el componente obrero dentro de la población comunal, mayor fue el apoyo a dicha opción (gráfico n° 1). Así, por ejemplo, en Vitacura, donde la población obrera apenas representa el 6,6 por ciento de la población, la opción del apruebo recibió un apoyo del 33,1 por ciento; mientras que en Lo Espejo, con un 57,7 por ciento de población obrera, el apruebo recibió el 88,7 por ciento de los votos.

Gráfico 1. Fuente: Construcción propia a partir de ESI 2017 y Servel.

Al respecto caben un par de comentarios. Lo anterior no indica que la opción del apruebo (o del rechazo) constituya una línea diferenciadora entre la clase obrera y la burguesía. De hecho, un sector no menor de la propia burguesía se inclinó por dicha opción. Reflejo de aquello es que la mayoría de los partidos burgueses, tanto del oficialismo como de la oposición, mostraron su preferencia (total o parcialmente) por el apruebo. Esta opción es en sí misma tan “burguesa” como la que representaba el rechazo en la contienda plebiscitaria. Lo único que hizo la burguesía a través del plebiscito fue ventilar y convocar al conjunto de las clases sociales a zanjar sus propias disputas y vacilaciones acerca del esquema político-institucional que regirá su dominación de clase.

Ahora bien, por más burguesa que sea el carácter de la disputa, también depende de la clase obrera, y la lucha que esta pueda dar, la forma que la institucionalidad estatal burguesa vaya a adoptar en el futuro próximo. El problema es que hasta ahora ella aparece “diluida”, expresando su posición colectiva en la esfera de lo político como mero ciudadano individual. Levanta cabeza y expresa una posición clara frente a la cuestión de la reingeniería estatal. Dice, al igual –y quizás con más claridad– que en el plebiscito del 88’, que el régimen político a través del cual domina la clase que a diario la explota no le es indiferente. Esto es sin duda un gran salto en sus niveles de conciencia política, pero así nada más no basta.

En este estado incipiente de conciencia no es extraño que caiga presa de la serie de ilusiones pequeñoburguesas que otras clases depositan en el proceso constituyente. Que crea que una nueva Constitución puede y va a venir a solucionar sus problemas cruciales, cuando esta solo puede establecer un marco más o menos favorable para su organización autónoma como clase en las luchas que libra contra el capital. Para evitar esto resulta crucial la identificación de sus tareas en la forma de definiciones programáticas claras y eventuales alianzas que debe establecer para poder llevarlas a cabo.

En este último ámbito resulta interesante observar el posicionamiento adoptado frente al plebiscito por las clases que siguen en importancia numérica a la clase obrera: la pequeña burguesía tradicional y las clases medias. Cada una de ellas representa un poco menos del 20 por ciento de la población del país.

Con respecto a la pequeña burguesía tradicional (no explotadora de trabajo asalariado), esta se inclinó, al igual que la clase obrera, por la opción del apruebo. De este modo, a mayor componente pequeñoburgués tradicional en la población comunal, mayor fue el apoyo recibido por la opción apruebo. Sin embargo, a diferencia de la clase obrera, su inclinación fue mucho más volátil (gráfico n° 2). Esto viene explicado por la naturaleza altamente heterogénea de esta clase social. De hecho, en contraste con la clase obrera, cuya presencia prácticamente desaparece en ciertas comunas y en otras constituye más de la mitad de la población, la pequeña burguesía tradicional tiene un peso relativamente más estable entre las distintas comunas del Gran Santiago.

Gráfico 2. Fuente: Construcción propia a partir de ESI 2017 y Servel.

Las clases medias, en tanto, tendieron a inclinarse por la opción del rechazo, en el sentido de que, a mayor peso dentro de la población comunal de esta clase, menor fue el apoyo a la opción del apruebo (gráfico n° 3). Su inclinación por la mantención del status quo en esta coyuntura estaría dando cuenta de una conducta política que ya viene siendo característica de esta clase en distintos lugares y coyunturas, y es que, como lo señala el sociólogo marxista Göran Therborn, «la clase media no es de por sí intrínsecamente democrática, sino “situacionalmente” (oportunistamente) democrática o antidemocrática».

Gráfico 3. Fuente: Construcción propia a partir de ESI 2017 y Servel.

Dicha aseveración se confirma por dos fenómenos. En primer lugar, si bien la inclinación mostrada en el plebiscito fue menos volátil que la de la pequeña burguesía tradicional, esta fue, sin embargo, mucho más volátil que la de la clase obrera. De hecho, y este es el segundo fenómeno observado, sus inclinaciones por una u otra opción fueron en gran medida influidas por la presencia de otras clases en su entorno inmediato, en particular de la clase obrera. Esto estaría hablando de fracciones más proletarizadas que otras al interior de esta clase susceptibles de ser ganadas para la causa obrera; mientras que otras se encontrarían situadas más cerca de las clases burguesas dominantes.

Resultan insoslayables la existencia de diferencias sociales entre las clases que redundan no solo en posicionamientos disímiles frente a la coyuntura, sino que explican también importantes diferencias que las separan en cuanto a las condiciones materiales. Así, si en 2017 un obrero obtenía un ingreso autónomo promedio mensual en torno a los $407.000, un miembro de la pequeña burguesía tradicional apenas alcanzaba los $289.000. En cambio, un miembro promedio de las clases medias obtenía un ingreso de $947.000.

Este y otro tipo de diferencias tienen que tener necesariamente expresión en discrepancias en lo político; no solo coyunturales –el plebiscito, en este caso–, sino también en el horizonte estratégico-programático de cada clase.


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