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La vida es color
Publicado 24 agosto 2020


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Hoy en día uno de los más interesantes antropólogos e historiadores, especialista en historia medieval –además un divulgador accesible y ameno–, es el francés Michel Pastoureau, quien en el 2006 publicó a manera de entrevista (en coautoría con el periodista Dominique Simonnet) el delicioso libro, Breve historia de los colores: [1]

“Los colores tienen una historia tan antigua como el hombre: de ellos provienen simbolismos que usamos sin saber por qué, y moldean nuestra vida, nuestro modo de pensar y nuestras elecciones. La religión, la política, la ciencia y hasta los acontecimientos históricos los han sometido y han sido sometidos por ellos. Esconden historias asombrosas y mitos infundados. Conocer el modo en que se lo trató a cada uno es conocer el espíritu de cada época”.

En la entrevista Pastoureau nos reafirma la importancia de los colores como “espejos de nuestros gustos, ideas, miedos y modos en que vemos el mundo”. Cuenta, por ejemplo, la relevante supremacía que en occidente ha tenido desde tiempos inmemorables del rojo, color insignia de “Papas, putas y caperucitas”, que desde muy temprano el hombre supo fabricar: treinta y cinco mil años antes de Cristo el arte paleolítico ya lo utilizaba, obteniéndolo de la tierra ocre.

El rojo es símbolo de poder, fuego y sangre. Por lo mismo la guerra y la religión en todas las épocas se ha vestido de rojo, desde los centuriones romanos hasta el Espíritu Santo que desciende sobre los apóstoles en Pentecostés con sus lenguas de fuego, o las llamas del infierno del good old Satán que tarde o temprano nos consumirán por haber llevado este mundo al traste.

El rojo se identificó tanto con el poder, “que a partir de los siglos XIII y XIV, el Papa, hasta entonces consagrado al blanco, se viste de rojo. Y los cardenales harán otro tanto. Eso significa que tan magníficos personajes están dispuestos a derramar su sangre por Cristo. En ese mismo momento, en los cuadros, el diablo aparece pintado de rojo, y esta ambivalencia se cae muy bien”.

Durante la Edad Media el azul era un color mas bien femenino (por la Virgen) y el rojo, masculino (poder y guerra). Con el paso del tiempo el azul tendió a ser más masculino, por discreto, y el rojo femenino. Hasta principios del siglo XIX el rojo era el color insignia de las novias, sobre todo entre los campesinos. Pero hay una ambigüedad: “Durante mucho tiempo las prostitutas tenían la obligación de llevar una prenda de ropa roja para que en la calle las cosas estuviesen muy claras; por la misma razón, se colgaba una lámpara roja a la puerta de los burdeles. El rojo describe las dos vertientes del amor: lo divino y el pecado de la carne. Al cabo de los siglos, el rojo de la prohibición también se impuso. A partir del siglo XVIII, un trapo rojo significará peligro”. Aún hoy en día la tradición de prohibición o peligro no se separa del rojo: los semáforos en rojo, el teléfono rojo en la oficina gubernamental, el rojo en los camiones de bomberos, la tarjeta roja en el fútbol, la Cruz Roja.

La terna de colores más significativa que revela un código simbólico desde tiempos remotos son el rojo, el negro y el blanco. En la más antigua versión de Caperucita, que data del año mil, la nena ya viste de rojo. No porque fuera el color en que vestían a los niños para no perderlos de vista, como dicen algunos, sino porque la peque de rojo llevaba un tarro de mantequilla blanca a la abuela vestida de negro. Lo mismo sucede con Blancanieves: la bruja de negro le da una manzana roja.

El blanco no necesita introducción, aunque carga el eterno pleitecillo de que si es o no color. Esto lo ha llevado a ser en muchas ocasiones símbolo de “ausencia”, que todavía encontramos en connotaciones como “Me quedé en blanco” o “una página en blanco”. Lo cierto es que el blanco siempre ha estado asociado con la pureza y la inocencia, aunque también con la vejez: “El blanco de la vejez, el de los cabellos canos, indica serenidad, paz interior, sabiduría. El blanco de la muerte se reúne entonces con el blanco de la inocencia y de la cuna. Como si el ciclo de la vida empezase en el blanco, pasara por diferentes colores y terminara en el blanco. Además, en Asia y en una parte del África, es el color del duelo”.

Durante la Edad Media el blanco perdió un tanto su “esplendor”, que se lo robó el dorado, el cual plásticamente dio más fuerza a símbolos como la magnificencia de la luz, lo destellante, lo divino o la santidad. Pero no tardó en regresar con su fuerza simbólica. Por ejemplo, durante la Guerra de los Cien años (entre el s. XIV y XV) se alzó por primera vez la hoy famosa bandera blanca para pedir de favor pararle los tortazos: lo blanco de la paz contra lo rojo de la guerra.

Con el paso del tiempo el blanco se convirtió en una especie de obsesión. A partir del siglo XVIII, cuando la burguesía se impuso a la aristocracia, a las jovencitas se les obligó a vestir de blanco como exhibición de su virginidad, convirtiéndolas en una especie de pancarta con pies que los paters de familia burgueses paseaban por el boulevard para mostrar su respetabilidad. Hoy en día se busca el ultrablanco y ¡hasta la ropa lavada tiene que quedar más blanca que el blanco, y además que huela a blanco limpio!

Pero también cargamos el pesado código social de la “piel blanca”, como señal de reconocimiento de estatus, que nos hace sentir puros, limpios y en ocasiones hasta divinos: “En el pasado, los campesinos que trabajaban al aire libre tenían la tez tostada y los aristócratas consideraban obligado tener la piel lo menos atezada posible para distinguirse bien de ellos. En las sociedades de corte de los siglos XVII y XVIII se embadurnaban con cremas para obtener una máscara blanca, que algunas zonas resaltaban con rojo”. De ahí la expresión “sangre azul”, porque a la cara de mimo pálido que todos traían se les translucían las venas que se veían azules, que algunos, inclusive, llegaban a redibujárselas para que no los confundieran con los trabajadores: “sin embargo los asiáticos, en cambio, ven en nuestra blancura una evocación de la muerte: les parece que el hombre blanco europeo tiene una tez tan mórbida que aseguran que realmente huele a cadáver”.

 El negro también trae el pleitecillo del blanco en los estatutos del color: si los colores son luz, ¿el negro tons’qué és? El blanco y negro fueron entonces mundos sin colores, mas con la aparición y difusión de la imprenta y el grabado, esta mancuerna de contrastes comenzó a tener más impulso y aceptación, hasta que llegó la ciencia newtoneana a poner orden.

Por su reputación sombría el negro goza de fama de enfant terrible: “Espontáneamente, pensamos en los aspectos negativos del negro: los temores infantiles, las tinieblas y, por lo tanto, la muerte, el duelo. Esta dimensión está presente en la Biblia, donde el negro está ligado a las adversidades, los difuntos y el pecado, y también está asociado a la tierra, es decir, al infierno, al mundo subterráneo”.

También existe el negro austero, el que llevaban los monjes que impulsaron la Reforma, el negro de la templanza y la humildad. No tardó en convertirse a su vez en símbolo de autoridad, usado por los jueces, los árbitros o los automóviles de jefes de estado, hasta llegar a ser el color distintivo de la elegancia, de lo chic: ¿No sabes qué ponerte?, dicta el consejo haute couture, ¡ponte algo negro!, no hay falla.

El negro no figura mucho en la plástica de la Edad Media, hasta que por procesos sociales y religiosos se identificó con la moral. Para el siglo XVI se convirtió en el color de moda. La Reforma contra la Iglesia católica declaró una encarnizada guerra a los colores vivos, ni se diga el desde el gremio calvinista. A los pintores que los retrataban les exigían colores “prudentes”. Lutero siempre vistió de negro: “El negro elegante de los trajes de gala es una herencia directa del negro principesco del Renacimiento”.

Aunque en Occidente el negro también ha sido símbolo de duelo, no en Asia, donde se viste de blanco porque el difunto se transforma en luz y se eleva a lo inmaculado. En cambio, en Occidente el muertito va de regreso a la tierra, a lo oscuro. Durante la historia en Occidente, la gente en señal de duelo usaba ropajes grises, pues hasta el siglo XVI la tintura negra era muy cara y sólo los aristócratas lo podían usar. El nogal siempre fue un árbol poco querido dentro de la imaginería medieval y renacentista, pues era tomado como símbolo negativo y de muerte, ya que de sus raíces se extraía lo necesario para hacer el pigmento negro.  Luego vino la bandera negra, propia de los piratas, que recuperaron los anarquistas del siglo XIX y que más tarde se convirtió en el color distintivo de las ultraderechas, de los partidos conservadores de recio corte católico.

En fin, el tema es grandioso y recomiendo muchísimo cualquier libro de Monsieur Pastoureau, que además de la Breve historia de los colores, tiene, en español, Las vestiduras del diablo: Breve historia de las rayas en la indumentaria (2005), Diccionario de los colores (2009) y unos excelentes libros de gran formato sobre cada color.

La moraleja la dijo Picasso: “Cuando no tengo azul, pongo rojo”. ¡Listo!

[1] Michel Pastoureau y Dominique Simonnet, Breve diccionario de los colores. Editorial Paidós, Madrid, 2006.


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