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Donald Trump asumirá el poder en enero de 2017

Donald Trump asumirá el poder en enero de 2017

Publicado 8 diciembre 2016
Mientras Clinton y compañía miran se hacen la vista gorda, el perfil en la agenda de Trump se hace cada vez más claro. Al escoger como asesor a Steve Bannon, editor de Breibart y abiertamente defensor de la supremacía blanca, y al senador Jeff Sessions, un individuo “demasiado racista para los republicanos”, como fiscal general, Trump ha hecho brutalmente obvio algo que ninguna formalización puede ocultar. En efecto, Trump se distingue como un capitalista con dotes de amigote (lo que ilustra perfectamente la inseparabilidad de ambos conceptos), pero este es también un racista por excelencia y un demagogo que ha invocado al espectro de una guerra de étnias

Algunas cosas se ven mejor desde afuera. Actualmente, resido en México, donde los riesgos que se presentan por el mandato de Trump son tan evidentes que su inesperada victoria ha provocado el peor de los colapsos para el peso en casi una década. Aquí, el periódico izquierdista La Jornada describrió los sucesos tan claramente como se debía hacer: “existe una diferencia entre legal y legítimo”, y el mar de manifestantes en las calles que recibieron la designación de Trump han hecho que esto sea perfectamente distinguible. Solo porque Trump fue legalmente electo, no quiere decir que debemos reconocer su presidencia (y mucho menos sus ideas racistas, xenofóbicas y misóginas) como legítima.

Esta distinción entre una elección legal y una presidencia legítima parece haber sido olvidada por el Partido Demócrata, e incluso por sus votantes. A pesar de haber advertido que Trump podría convertirse en un dictador, Clinton y compañía han pivotado rápidamente y no solo al aceptar los resultados electorales, sino también al limpiar y pulir el nombre de Trump. Como mucho, algunos simpatizantes de Clinton están recurriendo a un tecnicismo político: solicitar la abolición del Colegio Electoral (algo ciertamente estaba pendiente desde hace mucho tiempo), como también pedir a sus diputados electos que se manifiesten en contra de todo aquello que Trump pretende poner en marcha en el futuro.

Mientras Clinton y compañía miran se hacen la vista gorda, el perfil en la agenda de Trump se hace cada vez más claro. Al escoger como asesor a Steve Bannon, editor de Breibart y abiertamente defensor de la supremacía blanca, y al senador Jeff Sessions, un individuo “demasiado racista para los republicanos”, como fiscal general, Trump ha hecho brutalmente obvio algo que ninguna formalización puede ocultar. En efecto, Trump se distingue como un capitalista con dotes de amigote (lo que ilustra perfectamente la inseparabilidad de ambos conceptos), pero este es también un racista por excelencia y un demagogo que ha invocado al espectro de una guerra de étnias; espectro que no pasará por debajo de la mesa, aunque quisiera.

Si bien Trump en su discurso de victoria hizo un llamado a la unión con frases como “el daño de la separación”, está más que claro que su voluntad será establecer un gobierno para y por la asustadiza mayoría blanca, el cual continuará dando marcha atrás en cuanto a derechos civiles, derecho al voto y a los derechos reproductivos (de por sí escasos) se trata. Asimismo, se avivará el recelo hacia los musulmanes, dará rienda suelta a los policías para asesinar afroamericanos e inculpará a China por la inseguridad económica mientras demonizará a los migrantes en casa.

Es cada vez más evidente que debemos enfrentarnos a Trump abierta y directamente, por cualquier medio. Cientos de miles están dipuestos a llevar esta batalla a las calles pero, ¿cómo?. Pues, es momento de trazar una estratégia para llevar a cabo intervenciones directas y radicales en contra de Trump y sus ideales. Esta maniobra emergerá de múltiples formas y tendrá diferentes facetas: desde una huelga general en conjunto con operaciones en aras de suspender la toma de posesión de Trump el día 20 de enero, hasta la desintegración de cualquier celebración por parte de Ku Klux Klan, para así inmediatamente confrontar el racismo, xenofóbia y misoginia cuándo sea y dónde sea que se presenten.

Pero una problema será estratégicamente vital para confrontar la presidencia de Trump, la migración. Aunque el magnate haya suavizado su retórica en cuanto a ciertos temas inmediatamente después de las elecciones, este consolidó sus planes de deportar o encarcelar a millones de inmigrantes. No cabe duda de que hay que tomarse estas amenazas en serio; muchos del medio millon de personas que se han registrado en el programa de Acción Diferida para los llegados en la Infancia (DACA en inglés) están realmente preocupados no solo porque Trump eliminará dicho programa ipso facto, sino porque probablemente lo utilizará para acelerar el proceso de deportación. Pese a que algunas personas descontentas por la designación de Trump están ya comprometiendose a reforzar y expandir los programas de ciudad santuario, estas apelaciones deben ser complementadas por una estrategia que conste de acciones masivas para obstaculizar las deportaciones, y para neutralizar los ambiguos planes de Trump.

Por suerte, esta estrategia no comenzará desde cero. En efecto, esta táctica será puesta en marcha a partir de los esfuerzos espontáneos y organizados por parte de las comunidades a lo largo del país. Durante años, coordinadores a lo largo del suroeste de Estados Unidos han estado afianzando la redes de resistencia en comunidades indocumentadas, al iniciar con una cultura diaria basada en la resistencia y desobediencia: comunidades que advierten a otras cuando advierten la presencia de oficiales de la Oficina de Inmigración y Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés) operando en el barrio. Incluso algunas personas, aún documentadas, se rehusan a mostrarle sus papeles. Tampoco es extraño ver a alguien a un lado de la calle con un letrero improvisado para advertir sobre los puntos de control que se encuentran más adelante. Otras iniciativas mejor organizadas han visto el establecimiento de las nacientes redes de respuesta rápida que han buscado obstaculizar activamente al ICE, al prevenir a los vecinos indocumentado e incluso bloqueando algunas casas para evitar redadas de deportación.

Incluso antes de que Arizona llamara la atención a nivel nacional con la aprobación de la ley anti migrantes SB 1070 en el año 2010, ICE ya estaba activamente llevando a cabo operativos con el apoyo de las autoridades policiales locales, mientras las comunidades se organizaban para combatirlos. Una organización que estaba activa para ese entonces era la Coalición para la Derogatoria en Arizona (Repeal Coalition), activa en Phoenix y Flagstaff para 2007. El grupo se unió por la necesidad de repeler toda ley anti inmigración, junto al empeño radical de que todas las comunidades son aptas para “vivir, amar y trabajar donde sea que quieran”.

Cecilia Sáenz Becerra, miembro del grupo de Repeal Phoenix para el momento, me explicó que la capacidad del grupo para combatir al ICE no nació de la noche a la mañana, sino que fue levantada gradualmente, con un trabajo constante que representa forjar relaciones con mujeres indocumentadas en una comunidad de remolques: “acompañar a los colegas para que consigan los beneficios del estado para sus hijos, al jugar con los niños, y al compartir platos”. Aunque estas eran actividades cotidianas, en estas a menudo se inculcaban estrategias, analisis y debates políticos. El afianzar las relaciones locales hacía más fácil para los organizadores afiliados fuera de la ciudad instaurarse en el lugar de los sucesos y contribuir con en la lucha contra el ICE a tiempo completo. La confianza crecía cada vez más mientras que los organizadores respondieran en momentos de crisis.

De acuerdo con Luis Fernandez, también miembro de la organización Repeal, aquellos que se organizaban en el norte de Flagstaff comenzaron con una campaña basada en tocar puertas dentro de las comunidades más propensas a convertirse en objetivos del ICE. “En una oportunidad donde se estaba llevando a cabo una reunión con los miembros de la comunidad, ICE invadió el vecindario donde Repeal estaba trabajando. Como respuesta inmediata, los activistas jóvenes del barrio organizaron una vigilia, en la cual observaban los movimientos del ICE, mientras conducían por el vecindario”. Los miembros de la comunidad formaron una red de respuesta rápida a través de mensajes de texto, para advertir a los vecinos y así impedir las redadas del ICE. En conformidad con la  Ley de Libertad de Información, solicitud realizada por la Unión Estadounidense por las Libertades Civiles, ICE admitió que la resistencia comunitaria había limitado gravemente la capacidad de la agencia para llevar a cabo las deportaciones.

En el norte de Canadá, la red de Vancouver, Nadie es ilegal (No One is Illegal) estaba simultáneamente involucrada en una inspiradora exhibición de desobediencia civil masiva para impedir la deportación de refugiado paralizado Laibar Singh. El 10 de diciembre del 2007, por medio de protestas callejeras y barricadas, los organizadores eficazmente mobilizaron a 2.000 simpatizantes para bloquear el aereopuerto internacional de Vancouver. Los involucrados rodearon el vehículo en el cual Singh estaba siendo transportado, lo cual obligó al gobierno a ceder. Singh, a la larga, se auto deportó, a causa del acoso de los oficiales estatales y por la demonización racista que la sociedad canadiense generó. Sin embargo, el caso se convirtió en el foco de las luchas en torno tanto a la inmigración canadiense como a las políticas de deportación.

En palabras de Harsha Walia, una migrante asíatica especialista en justicia activa en la campaña de Singh, la importancia de la resistencia directa hacia las deportaciones se extiende mucho más allá de lo individual: “en momentos de atizada supremacía blanca y violencia estatal, nuestra desobediencia como pueblos oprimidos es vital para afirmar nuestra autodeterminación y poder. Estas acciones no son solo una forma efectiva de resistencia, sino también una parte inherente del amplio proceso que es nutrir nuestra conciencia revolucionaria tanto individual como colectivamente. En este sentido, estas acciones no son simple militancia sino que también se fundamentan en el crecimiento de nuestro poder colectivo, para así sentirnos alentados en vez de desempoderados”. Y sentirse alentados significa construir una cultura de resistencia que solo conlleve a más poder a largo plazo.

Estas manifestaciones de acción directa en contra de las deportaciones funcionan tácticamente, entorpeciendo el trabajo de ICE a la vez que proteje a algunos del infierno que significa ser deportado, y también funciona políticamente como una herramienta de mobilización masiva. Además, también sirven para incitar el debate por la libertad de desplazamiento. En lo sucesivo, estas organizaciones ya con un arraigo en las comunidades serán centros de enlace para consolidar una estrategia antideportación más vasta, creando una infraestructura local mientras se trabajan las redes a nivel nacional y se guían a los voluntarios y organizadores en brigadas móviles masivas, capaces de obstruir el trabajo del ICE al prevenir a las comunidades y también al físicamente impedir que se realizen las redadas de deportación.

Aunque la migración sea estratégicamente necesaria para combatir los planes de Trump a favor de la supremacía blanca, esta no se puede separar del racismo en contra de los negros y la islamofobia, piezas cruciales en la popularidad de Trump. De hecho, uno de los puntos fuertes de la acción directa es que ayuda a romper barreras, así como en las nuevas identidades colectivas que forja, al establecer nuevas y poderosas fraternidades que defiendan al más vulnerable y que ponen en práctica la consigna que plantea que “ una ofensa para uno es una ofensa para todos”. Dentro de todas las comunidades de migrantes, por ejemplo, esto significa defender el DACA mientras se rechazan las divisiones arbitrarias que el programa ha introducido en estas comunidades, entre aquellos que merecen y no merecen el estado de diferido (esto quiere decir luchar en contra de todas las deportaciones, independientemente de condiciones o antecedentes penales). En términos generales, esto significa reconocer que el problema de la migración se expande mucho más allá de la frontera sur, en lugar de cuestionar las históricas divisiones entre los trabajadores blancos, negros y latinos de las cuales el capitalismo estadounidense siempre ha dependido. Después de todo, las organizaciones de migrantes africanos siempre han procurados unir a migrantes latinos y africanos junto con los caribeños en un frente amplio en contra del ICE y grupos como Repeal Coalition deliberadamente se resisten a la tentación de crear organizaciones de migrantes en torno a un lenguaje anti negro de "buenos trabajadores" vs. "criminales malos". Y si es necesario mencionarlo, la islamofobia no es nada menos que un problema de inmigración.

El mismo Trump ha hecho claros estos nexos al expresar sus planes para “deportar o encarcelar” a los migrantes, mediante el uso de lenguaje incriminatorio. No es extraño que los rostros internos y externos de la naciente supremacía blanca ofensiva, a saber la Orden Fraterna de la Policía y la Patrulla Fronteriza Nacional, respalden a Trump. Pese a que debemos atacar y desestabilizar la capacidad del ICE para deportar, debemos también tener en cuenta que la alternativa pueda ser encerrar a los migrantes indefinidamente, y que la pelea en contra de la deportación esta estrechamente vinculada al racismo policial como también al encarcelamiento masivo.


Las tácticas que hemos escogido para este combate podrán no ser completamente legales, pero son herramientas legítimas en una lucha legítima, y si los migrantes están condenados a coexistir en el área gris desprovista de protección, entonces en los próximos años, aquellos que luchen en contra de las represalias de la supremacía blanca, tendrán que igualmente ampliar los límites de sus estrategias y ocupar la zona gris en la que entramos al rehusarnos a aceptar la legitimidad de Trump. Los procedimientos concernientes a las intervenciones directas también traerán conflictos con varios grupos paramilitares racistas que operan a lo largo de la frontera, los cuales aumentaran en filas dada las recientes mobilizaciones de simpatizantes de Trump, quienes ya han estado aterrorizando a las personas en las calles. Insisto, estamos luchando por una causa legítima, pero esto no quiere decir que todo lo que hagamos será legal. De hecho, ningún cambio verdadero ocurre sin haber quebrantado las reglas. Habrá represión, arrestos y enfretamientos legales por venir, esto es inevitable. La verdad es que tendremos que disputar cómo defendernos físicamente y cómo fortalecer nuestra revolución para el gran conflicto que nos espera. Pero, como el Partido Demócrata, los medios y las instituciones liberales estadounidenses se escabullen y por lo tanto normalizan el mandato de la supremacía blanca, nosotros nos vemos en la obligación de trazar un plan diferente y tal vez peligroso para combatir.

El artículo fue publicado en http://www.versobooks.com/blogs/2960-fight-trump-stop-deportations-by-any-means 


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Yo estoy de acuerdo con que se haga todo lo que se deba para luchar contra la xenofobia y las cosas que encarna Trump, pero, no nos olvidemos que los otros 44 presidentes anteriores de EU defendían lo mismo puertas adentro.
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