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Decenas de miles de migrantes centroamericanos cruzan México hacia los EE.UU. cada año en busca de una vida mejor.

Decenas de miles de migrantes centroamericanos cruzan México hacia los EE.UU. cada año en busca de una vida mejor. | Foto: Reuters

Publicado 9 octubre 2015
Una guerra contra las drogas liderada por Estados Unidos, el libre comercio, y el militarismo siguen desestabilizando a sus vecinos del sur, asegurando el flujo continuo de refugiados.

En 2011, Ana Cañuenguez se coló por la frontera de Estados Unidos por segunda vez. Ocho años antes ella dejó El Salvador. Ana dice: "Fue una decisión muy difícil la de salir de mi país y dejar atrás a mi familia y toda mi gente. Pero yo tenía seis hijos y uno murió a causa de malnutrición grave. No ganaba lo suficiente como para darles de comer".

En el segundo viaje Ana trajo a los últimos de sus hijos, Mario, 13, y Erick, 11. "Sus vidas estaban en peligro a causa del aumento de las pandillas en El Salvador", dijo Ana, de 43 años de edad, a través de un intérprete por teléfono. Ana primero tuvo que viajar a México "para rescatar a mis hijos". La policía de inmigración había detenido a Mario y Erick e iban a repatriarlos.

"Durante dos meses, luché y rogué para que sean puestos en libertad. Cuando finalmente los liberaron, empezamos de nuevo el camino a los Estados Unidos. Cruzamos el desierto de Chihuahua cerca de El Paso, Texas".

Ella pidió prestado más de diez mil dólares para pagar a un contrabandista, quien les dijo que empacaran ligero ya que el viaje sería sólo de ocho horas. En el ardiente sol de agosto su guía se enfermó por el calor y se perdió. "Nos quedamos sin agua y alimentos en el segundo día", dice Cañuenguez.

"Pasamos cinco días en el desierto. Corrí mucho, pero no me di por vencida, estaba luchando por la vida de mis hijos. Finalmente encontramos una casa en el desierto. El dueño me preguntó por qué estaba en ese infierno con mis hijos. Nos dio agua y algunas galletas. Le conté un poco de mi historia y me dijo que nos ayudaría, pero nos entregó a la Patrulla Fronteriza".

Ana y sus dos hijos fueron liberados pero tienen órdenes de deportación abiertas, al igual que dos de sus otros hijos. Ellos residen en Utah, donde Ana limpia hoteles a tiempo completo y vive con el padre mexicano de sus hijos nacidos en Estados Unidos, quien también es indocumentado. Ninguno de los cuatro hijos de Ana en riesgo de deportación ha calificado para el programa federal que aplaza la decisión de deportación, y como familia su caso no es una prioridad para la aplicación.

Dice Ana: "Estoy aterrada porque no quiero estar separada de mis hijos de nuevo. Si tuviera que irme, tres de ellos podrían alojarse aquí. Tengo tantas esperanzas y sueños, me gustaría ser capaz de comprar una casa, plantar un jardín con mis niños, plantar flores. Pero no puedo hacer esas cosas porque tengo tanto miedo de ser deportada".

Ese miedo no detuvo a Cañuenguez a unirse a una peregrinación de 100 millas llamada "We Belong Together", que comenzó en un centro de detención de inmigrantes en York, Pennsylvania, y terminó en Washington, DC. Un centenar de mujeres migrantes marcharon durante ocho días, Ana usó los mismos zapatos de tenis negros que llevaba cuando estaba perdida en el desierto con sus hijos.

"Mis pies están llenos de ampollas y grietas, pero el dolor que siento no es suficiente para detenerme", dijo Ana horas después de ver al Papa Francisco en la capital. "Lo hice por mi familia y por los once millones de inmigrantes indocumentados que quieren vivir con sus familias. Queremos ser tratados con dignidad e igualdad, y para que la gente deje de ver a los inmigrantes como personas que no tienen ningún valor, que no valen nada. Quiero tocar los corazones de la gente, y compartir mi trabajo y mis historias con el Papa para que él pueda ser nuestra voz ante los políticos".

Las palabras de Ana de hecho tuvieron eco cuando el Papa dio por primera vez un discurso en el Congreso. Francisco dijo: "Nuestro mundo se enfrenta a una crisis de refugiados de una magnitud sin precedentes desde la Segunda Guerra Mundial". También señaló a los miles de personas de las Américas que viajan "al norte en busca de una vida mejor para ellos y para sus seres queridos".

Fue una suave reprimenda por denigrar a los inmigrantes y que se ha vuelto extrema antes de la elección presidencial de 2016. El multimillonario Donald Trump dejo a todos perplejos al llamar a los inmigrantes mexicanos violadores, narcotraficantes y criminales. Los candidatos republicanos han pedido la deportación de todos los inmigrantes indocumentados o piden la "auto-deportación", diciendo que los inmigrantes deben abandonar su lengua, historia y cultura, y piden bloquear reformas migratorias significativas. La mayoría de los candidatos demócratas que proponen un camino a la ciudadanía también avalan la militarización de la frontera y deportar a muchos inmigrantes indocumentados. Ningún candidato, ni siquiera Bernie Sanders, respaldan el tipo de amnistía general promovida por Ronald Reagan y aprobada por el Congreso en 1986, que hizo de 2,9 millones de inmigrantes indocumentados ciudadanos de Estados Unidos.

La presunción es que hay soluciones políticas a una crisis sin fin. Pero aparte de Sanders, no hay un candidato de algún partido que reconozca que en gran medida las políticas estadounidenses son las que alimentan el flujo de migrantes. Es similar a la crisis de refugiados en Europa, donde los líderes políticos que apoyaron con entusiasmo las guerras en el Medio Oriente están eludiendo la responsabilidad de los millones de refugiados creados por sus políticas.

Muchos dicen que los que huyen de la persecución en las Américas deben ser etiquetados como refugiados. Natalicia Tracy, directora del Centro de Trabajadores de Brasil en Connecticut, dice: "Debería llamarse crisis de refugiados, no crisis de migrantes. Lo llaman migrante para reducir la responsabilidad de dar la bienvenida a esas personas".

Clay Boggs de la Oficina de Washington para América Latina está de acuerdo. Él dice que los EE.UU. y la crisis de Europa difieren en el número de refugiados y las condiciones de los lugares de donde se están escapando, pero hay puntos en común. Boggs dice: "Un gran número de personas están obligadas a huir de sus hogares. Sus viajes a menudo implican una travesía peligrosa. Dice que, tanto “Estados Unidos y los países europeos" están en condiciones de recibir a estos refugiados. Es manejable. Es sólo cuestión de voluntad política".

En el caso de las Américas, Boggs apunta a las políticas estadounidenses que socavan la seguridad política y económica creando refugiados, como la guerra contra las drogas, los acuerdos de libre comercio, y el legado de las guerras en la década de 1980 en América Central.

Ahora, nuevas políticas están haciendo las rutas hacia el Norte aún más peligrosas. En México una encuesta encontró que unos 20 mil migrantes son secuestrados cada año. Las muertes de migrantes en la frontera suroeste de Estados Unidos tienen un promedio de más de 400 al año, a pesar de que las detenciones fronterizas son las más bajas desde 1970. Esto se debe en parte a la crisis económica de Estados Unidos y la presión que Washington está ejerciendo sobre los gobiernos para hacer el viaje más difícil. De todas maneras, cientos de miles de personas siguen haciendo ese viaje cada año.

Boggs dice que el programa Frontera Sur de México iniciado en julio de 2014 ha dado lugar a un aumento del setenta por ciento de las deportaciones de centroamericanos desde México. Haciendo el viaje más peligroso, empujando a los inmigrantes, como Ana Cañuenguez, a depender más de los traficantes de personas. Esto fortalece al crimen organizado e intensifica la corrupción gubernamental en la región, desestabilizando a otros países y dando lugar a nuevas salidas de migrantes.


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