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Jose Marti y la Espiritualidad

| Foto: Cubadebate

Publicado 6 mayo 2020



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“La única verdad es el amor. El patriotismo y la amistad no son más que amor”. José Martí.

Creyentes en religiones dogmáticas que dicen tener la verdad y ateos que proclaman la inexistencia de Dios pierden de vista lo más esencial: que el ser humano tiene dos dimensiones, la material y la espiritual.

Preguntado sobre este tema el Apóstol de Cuba, José Martí (1853-1895), un clarividente y líder espiritual más allá de su gesta política y su excelsa poesía, dijo en 1887 para el periódico La Nación de Buenos Aires: “Negar lo espiritual, que duele y luce, que guía y consuela, que sana o mata, es como negar que el sol da luz, o que conmueve a un padre la gloria de un hijo; así es negar que, el desierto tostado como en la cátedra escocesa, son iguales las virtudes y maldades del hombre”.

En esa época fue Martí el precursor de lo que llamó la elevación espiritual del hombre a través del servicio a los demás. Sobre la existencia de Dios dijo en uno de sus pensamientos más emblemáticos pero menos difundidos en Cuba y en el mundo: “Dios existe, sin embargo en la idea del bien, que vela el nacimiento de cada ser, y deja en el alma que se encarna en él una lágrima pura. El bien es Dios. La lágrima es la fuente de sentimiento eterno”. (El Presidio Político en Cuba, Madrid, 1871.)

Esas dos dimensiones, material y espiritual, son interdependientes y debe haber un equilibrio entre ambas, para alcanzar la plenitud de ese ser humano compuesto. Visión preclara que adquiere una mayor significación en nuestros tiempos, ante el triunfo temporal de la avaricia como modelo de vida del sistema neoliberal y del gran capital.

Para Martí será a través del sacrificio por la felicidad de los demás que el amor vencerá al odio y al egoísmo, que son los mayores enemigos de la humanidad.

Por eso, ofrendó su vida el 19 de mayo de 1895 en Dos Ríos, en su primera batalla contra el ejército español y murió de tres balazos, de cara al sol como pronosticó en uno de sus célebres poemas.

Se trata de un hombre que en las madrugadas en pleno campo de guerra se levantaba sigilosamente a curar a los soldados enemigos.

Un ser que —como decían los tabaqueros cubanos y puertorriqueños de Tampa y Cayo Hueso— inspiraba y asombraba a todo el que lo escuchaba con su verbo esencialmente espiritual: “Yo no entiendo lo que dijo el maestro pero por el daría mi vida ahora mismo”; “el hombre no es lo que se ve, es lo que no se ve,” repetían los trabajadores después de escuchar sus discursos en muchas ciudades de Estados Unidos y de América Latina.

Para ellos José Martí era un santo, un guía espiritual más allá del delegado del comité revolucionario cubano o el futuro presidente de una patria libre y soberana.

Cuenta su hija de crianza María Mantilla que el Apóstol de Cuba casi no dormía, que escribía como en un trance y que después no entendía lo que había escrito. Entonces la llamaba a ella y le pedía que le descifrara sus garabatos. Ella era la única que lograba esclarecer sus escritos.

Al celebrar recientemente la crucifixión y la resurrección de quien fue para José Martí su modelo de hombre, también pensamos que el amor es la única verdad. Cuando descubramos esa esencia espiritual que le da sentido a nuestras vidas, caminaremos unidos en la ruta hacia la libertad política y la justicia social.


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