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Grupos defensores de los derechos humanos señalan a la prisión de Guantánamo como un “agujero negro legal”.

Grupos defensores de los derechos humanos señalan a la prisión de Guantánamo como un “agujero negro legal”. | Foto: AFP

Publicado 14 enero 2016

Guantánamo es una colonia penal fuera de Estados Unidos que se administra con bastante facilidad, pero que, claramente, se encuentra al margen de la ley.

Se suponía que en el año 2015 visitaría la Bahía de Guantánamo.

En abril, asistiría a las audiencias previas de los cinco detenidos de alto valor (HVD por sus siglas en inglés) que se encontraban en prisión. Dichos prisioneros están acusados de ser parte del ataque a las Torres Gemelas el 9 de septiembre de 2001; el primero en la lista es Khalid Sheikh Mohammed, el supuesto cerebro detrás de los ataques.

Reservé un vuelo de Beirut a Washington, D.C. y no me separé del oficial a cargo de ubicar a los pasajeros en el avión, desde la Base Aérea Andrews a Guantánamo, hasta que me aseguró un puesto. Sin embargo, al llegar a Washington D.C. me informaron que la audiencia se había cancelado debido a que el FBI había infiltrado a uno de los equipos de defensa el año anterior.

Tal como el abogado defensor Ramzi Kassen había señalado hacía unos meses: “la unión de las necesidades y mecánicas de la justicia e inteligencia son, de manera importante, incompatibles. En ningún lugar esa contradicción es más patente que en Guantánamo, donde chocan esos dos mundos”.

Esta observación particular se hizo, no en respuesta a la infiltración por parte del FBI, sino al hecho de que uno de los intérpretes de un cliente en Guantánamo era un exempleado de un centro de detención clandestino de la CIA.

La prisión ahora celebra su décimo cuarto aniversario – hace siete años, Barack Obama había prometido clausurarla- y aún continúa el choque de esos mundos. Aunque pueda estar claro para cualquier observador imparcial que la “justicia” no existe dentro del reino de los campos de detención y cámaras de tortura que opera en territorio cubano, Estados Unidos se esfuerza para causar distracción de lo que sucede realmente y cultivar una fachada de justicia y respeto a la dignidad humana en los procedimientos diarios en Guantánamo.

En 2010, por ejemplo, el informe de Carol Rosenberg del Miami Herald sobre un “giro imprevisto en los esfuerzos de los militares estadounidenses para ser sensibles con los islamistas en los campos de prisioneros… los médicos militares están alimentando a la fuerza a un número indeterminado de prisioneros en huelga de hambre durante las festividades y ayuno musulmán del Ramadán”. Entre las opciones del tentador menú se ofrecían suplementos nutricionales sabor a nuez (el sabor no se siente al tragarlo, explicaba una enfermera, pero se podía saborear si el prisionero eructaba).

No importaba si el respeto por el Ramadán era absolutamente ignorado por el hecho de tener tubos de alimentación en cada uno de los orificios del cuerpo en contra de la voluntad, situación que también es una forma de tortura. Pero de acuerdo al enfoque estadounidense, un millón de equivocaciones, de alguna manera hacen un acierto.

¿Pero por qué se mantiene abierto a Guantánamo, en especial si se le considera un lastre que va en detrimento de la imagen mundial de Estados Unidos y aviva el sentimiento antiestadounidense, además de ser excesivamente costosa?

Para comenzar, los compromisos bipartidistas sobre los temas carcelarios, además de las inmensas ganancias que genera la industria de la prisión, es, en parte, lo que ha hecho de Estados Unidos una verdadera nación prisión.

Pero Guantánamo es un caso especial: una colonia penal fuera de Estados Unidos que se administra con bastante facilidad, pero que, claramente, se encuentra al margen de la ley.

Paul Kramer de la Universidad Vanderbilt, que escribió para el New Yorker sobre las funciones de la base naval antes del 11S, explica que ese territorio era una especie de corral para los haitianos que escapaban del brutal golpe de Estado que ocurrió en su país en 1991. Para 1992, él señala, que las operaciones de intercepción de refugiados por los guarda costas de Estados Unidos había llevado a Guantánamo a albergar “cerca de 37 000 personas que estaban confinadas en campamentos rodeados de alambre púas”.

En relación al enfrentamiento en una corte de Nueva York por las deprimentes condiciones del campamento, Kramer resalta: “los abogados del gobierno respondieron que Guantánamo era simplemente una base militar en un país extranjero, ‘no territorio estadounidense’. Los detenidos se encontraban fuera de Estados Unidos y por lo tanto no tenían derechos reconocidos en las cortes del país”.

Sin duda alguna, un precedente muy conveniente.

En su actual encarnación, las atracciones de Guantánamo son muy numerosas. Es mejor mantener seguras y fuera del alcance del público estadounidense a estas instalaciones que son hogares de los súper enemigos de Estados Unidos, al igual que sus cualidades humanas y las posibles motivaciones para los crímenes que supuestamente cometieron. Esto justifica no solo su perpetuo encarcelamiento y maltrato, sino también las guerras en progreso contra otras amenazas mayores en el mundo entero.

Asimismo, Guantánamo ofrece un contenedor hermético no solo para los cuerpos físicos, sino para los pensamientos que también están reprimidos. Existen demasiado detalles de los métodos de tortura generalizados que Estados Unidos y sus aliados aplican a los sospechosos de terrorismo luego del 11S y cuya divulgación sería algo muy peligroso; muchas de las víctimas de tortura que ahora están presas en Guantánamo son efectivamente silenciados. “Sus memorias están clasificadas”, expresó, alguna vez, Lisa Hajjar, autora de “Torture: a Sociology of Violence and Human Rights”.

El libro del prisionero Mohamedou Ould Slahi, “Guantánamo Diary”, escrito en 2005, fue finalmente publicado el año pasado con más de 2 500 correcciones de parte del Departamento de Defensa. Los censores militares se tomaron la libertad de remover, no solo la información pertinente sobre los abusos sexuales de los guardias hacia Slahi, sino también los detalles aparentemente banales como el nombre del ex presidente egipcio Gamal Abdel Nasser.

Sin embargo, si estos u otros invalorables secretos de Estado comienzan a filtrarse fuera de los campos de prisioneros, las posibilidades para terminar con esa abusiva estructura son pocas. James Connel, un abogado civil del HVD Ammar al Baluchi, me comentó en un correo electrónico lo siguiente:

“el cierre de Guantánamo significa apoyar a los derechos humanos y el estado de derecho, los cuales no son muy populares en Estados Unidos en este momento. Incluso el plan de cierre del presidente Obama en realidad no significa cerrarla; sino simplemente reubicar en un Guantánamo Norte en Estados Unidos a los tribunales militares y las detenciones indefinidas”.

El campo de detención que llegó a sus 14 años es relativamente joven, pero garantiza, con seguridad, que no importa lo que suceda en Guantánamo, el desdén estadounidense por la justicia continuará desarrollándose.

Belén Fernández es la autora de “The Imperial Messenger: Thomas Friedman at Work”, publicado por Verso. Fernández es editora colaboradora en la revista Jacobin.


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