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Continuarán las movilizaciones hasta tanto el Gobierno no cumpla las exigencias. (foto: Archivo)

Continuarán las movilizaciones hasta tanto el Gobierno no cumpla las exigencias. (foto: Archivo)

Publicado 28 marzo 2014

Con el fallecimiento de Adolfo Suárez, ex presidente de España, ha sobrevenido un alud de panegíricos sobre el difunto. Especialmente elogiosa ha sido la ultrarreaccionaria prensa hispana, con sus dos buques insignia: El País y el monárquico desde siempre ABC. Ambos diarios, sin rubor alguno, han llamado a Suárez padre de la democracia española, aunque sería más justo y más ético nombrarlo padre del franquismo sin Franco.

Suárez, como bien lo saben sus panegiristas, aunque sólo lo recuerdan de compromiso y de pasadita, no nada más fue un militante destacado del partido único del franquismo: el Movimiento Nacional, agrupación fascista llamada originalmente la Falange, fundada por otro dictador militar, el adorado por la derecha hispana, José Antonio Primo de Rivera. No, no sólo eso. Don Adolfo fue presidente, es decir, líder máximo del Movimiento.

Llegado jovencito a las huestes franquistas, escaló hasta la cúspide del franquismo. Por eso con toda justicia se puede afirmar que fue un franquista de toda la vida, es decir, un fascista de toda la vida. Y por eso precisamente fue el personaje elegido para preservar el sistema más allá de la muerte del “Caudillo de España por la gracia de Dios”.

¿Iba a poner el franquismo en el nuevo gobierno a una persona que no hubiera dado muestras de la más absoluta fidelidad a la ideología, a los principios y a la práctica del fascismo en su versión española?

Llegado a la ancianidad y muerto en su cama sin pagar por sus horrendos crímenes, Franco tuvo el tiempo y la habilidad para dejar, como gustaba decir, “todo atado y bien atado”.

Y nudo principalísimo de ese atado fue Adolfo Suárez. El sistema creado y preservado por el Caudillo no iba a permitir que el gobierno, que las riendas del Estado pasaran a un no franquista y menos todavía a un antifranquista. Y ahí estaba, oportuno como siempre, el ex jefe del partido fascista para encargarse de que el atado no se desatara.

Y lo consiguió


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