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Educación, Identidad y Patria Grande: El reconocimiento frente la discriminación neocolonial
Publicado 15 noviembre 2014

Los doscientos años que separan a la primera independencia de hoy han sido atravesados de un neocolonialismo rampante, de una división de nuestros países, de la noción de extranjería para nuestros hermanos de la América Profunda, de subordinación absoluta a la cultura y el proyecto de los denominados “países desarrollados”.

Las relaciones entre capitalismo y colonialismo son tan profundas que el uno no puede imaginarse sin el otro.

La conquista y dominación de la América India primero para luego fusionarse (y derramar) sangres de África y Europa que dieron lugar al hombre y mujer nuestroamericanos.

Luego de tres siglos de colonialismo brutal, el ideario bolivariano abrió una alternativa original, propia y civilizatoria. Educado en el igualitarismo radical de Simón Rodríguez, convencido de la exigencia de fundar un nuevo orden con el concurso de indios, negros, criollos convocó a la empresa de la libertad y la justicia para lograr una sociedad humana sustancialmente democrática no hizo con su espada sino dar fin a siglos de dominación, latrocinio, genocidio y racismo abierto.

En 1830 Bolívar muere – o lo asesinan- y con su entierro el proyecto gran nacional de la América Morena es sepultado y renacido con José Martí, con Perón, Fidel y el Che, y en los últimos años con Hugo Chávez Frías a la cabeza.

Los doscientos años que separan a la primera independencia de hoy han sido atravesados de un neocolonialismo rampante, de una división de nuestros países, de la noción de extranjería para nuestros hermanos de la América Profunda, de subordinación absoluta a la cultura y el proyecto de los denominados “países desarrollados”.

La poderosa corriente histórica desplegada en este siglo XX , la inédita extensión del proyecto de unidad regional no ocurre sin contradicciones ni resistencias. La derecha neoliberal no sólo impulsa planes de restauración de políticas públicas privatistas, autoritarias y represivas, excluyentes, desigualadoras. También promueven modos abiertos y encubiertos de racismo, y proponen como nuevos enemigos a los “inmigrantes” de países hermanos que, corridos por el hambre o la desesperanza, han venido a probar suerte a la Argentina.

En otras columnas insistimos en la educación como campo de batalla entre proyectos civilizatorios en disputa.

Y elegimos, en esta columna, darle la palabra a docentes de una escuela primaria de un barrio humilde de la Ciudad de Buenos Aires cuyos educandos son, como Nuestra América, nacidos en las más diversas latitudes y sus padres llegados como tantos otros a nuestras tierras.

Las palabras que siguen han sido pronunciadas por el colectivo docente con motivo del 25 aniversario de la escuela República Argentina, en noviembre de 2014.

Su belleza, su profundo sentido de reconocimiento de lo diverso en pie de igualdad, su perspectiva emancipadora y nuestroamericana dirán tanto o más que tratados de teoría sobre la pedagogía que libera.

La voz y los hechos de los y las docentes de nuestros países serán tan indispensables como la herencia de los pedagogos, pedagogas y pedagogías que constituyen el acervo nuestroamericano. Estas voces oídas en una escuela de Ciudad de Buenos Aires deben resonar, como grito libertario, en todas las latitudes de la América Latina y Caribeña que estamos refundando. La escuela, aquí, sus comunidades, tendrán un lugar fundamental en la batalla de ser, de una vez por todas, nosotros mismos.

“Nacemos ¿y qué somos? No mucho en realidad. Llegamos y nos dan un nombre y un número. Nos reciben el amor y los sueños de otros. Somos… y a la vez no somos, porque al nacer tan solo despuntamos un pedacito de lo que seremos: eso va apareciendo con el tiempo; todo lo vamos consiguiendo, recibiendo, construyendo.

Estas palabras hoy quieren hablar de lo que somos, de eso que todos llaman ‘la identidad’. Lo que vamos siendo no es ni más ni menos que lo que aprendemos con los demás, son las huellas que los demás dejan en nosotros. Así es con las personas, así con el país, así con las escuelas.

Y coincidentemente, nuestra escuela tiene el mismo nombre que nuestro país: República

Argentina. Y muchas cosas más en común. Esta patria, esta tierra, estas aulas, contienen las historias de muchos pueblos, de tantos colores, de infinidad de banderas.

La cuestión es que toda identidad está formada por muchas identidades. Por eso es imposible hablar de “lo nuestro” sin pensar en lo de nuestros hermanos, lo de nuestros abuelos o lo de quienes vendrán. ¿Qué es eso de “lo nuestro”? Veamos…

¿La murga, la cumbia, músicas que nacieron de los negros traídos de más allá del mar? ¿El rock, hijo de un ritmo que tocaban los esclavos en norteamérica? ¿El tango, que es tan andaluz como africano, gaucho o alemán como su bandoneón? La zamba tan tucumana, tan salteña, es hija mestiza de indios y negros –como su nombre lo indica- y prima hermana de la zamacueca peruana.

¿Argentinísima entonces? El cuarteto cordobés tiene tarantella italiana, pasodoble español y tambores tropicales. ¿Quién lo inventó entonces? ¿Las empanadas, hechas con papa del Inca, con ají diaguita, con humita puneña? ¿La pizza italiana preparada con azteca? El chicle y el chocolate son palabras e inventos de los indiosaztecas hace más de 500 años en lo que hoy es México.

¿De dónde salieron las ojotas y las vinchas -tan quechuas como sus nombres- el ananá y el florido jacarandá -guaraníes como sus nombres-? ¿Y el mate, que lleva nombre del Cuzco y yerba del Paraguay?

La palabra “bondi”, tan porteña que parece, viene del Brasil, pues así llamaban a los tranvías ahí. El “gil” y el “chabón” vienen del idioma gitano. La “guita”, del alemán. ¿De quién es el lunfardo pues? Nombramos al “laburo”, la “gambeta”, el “morfi” y los “berretines” gracias a los tanos que llegaron huyendo del hambre de su tierra, tan despreciados en su momento como hoy lo son quienes llegan de otros lados. ¿Acaso alguien puede olvidarse de eso? El infaltable “che” ¿de dónde viene? Algunos dicen que del mapuche (era “gente” en su idioma) otros que del guaraní (qu iere decir “mi”: “mi amigo” es che-amigo o chamigo), otros que de una Valencia lejana, dondetodavía se usa. ¿Importa mucho eso, más que para saber que no es nuestra propiedad privada?

“Guaguas, “changos”, “peques” y “gurises” son también nuestros “pibes”. Del Altiplano al Litoral, de la Patagonia al Río de la Plata, las formas de nombrar a la infancia borran cualquier frontera.

¡Porque las fronteras son capricho del tiempo! ¡Las fronteras son invento de los poderosos! ¡Son líneas trazadas para tajear y dominar!

Si acaso hay fronteras de lo nuestro, entonces van más allá del río, como el sol va más allá de la montaña. Eso lo sabe cualquiera que anda, siente y escucha a su tierra y a su pueblo. Solo se confunde si vive atornillado a una tele que inyecta odio y temores.

La música, las comidas y el lenguaje nos cuentan lo que somos: un mundo hecho de muchos mundos, un arco iris de historias enredadas. Eso es ni más ni menos la Escuela 15, que hoy cumple 25 años.”


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