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El Apóstol de Cuba es considerado uno de los mayores pensadores hispanoamericanos del siglo XIX.

El Apóstol de Cuba es considerado uno de los mayores pensadores hispanoamericanos del siglo XIX. | Foto: Cubarte

Publicado 28 enero 2020


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Hoy, a 167 años de su natalicio, el mundo entero recuerda al más universal de los cubanos, a ese misterio que nos acompaña, como lo describió el poeta José Lezama Lima.

En la estrecha calle Paula, en La Habana, Cuba, Leonor Pérez daba luz a un cubano que, desde su tempranísima juventud, haría de la Isla -encadenada por el colonialismo español- epicentro de su pasión por la libertad.

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Era el 28 de enero de 1853. Nacía José Julián Martí Pérez en un país con grilletes, los mismos que la metrópoli española le colocaría en manos y pies con apenas 17 años, por el hecho de llamar “apóstata” a un compañero de colegio que se había insertado en las filas de los voluntarios españoles.

Un adolescente que sufría la injusticia, el abuso a los negros porque “la esclavitud de los hombres es la gran pena del mundo”, un joven que la arbitrariedad de un país colonizador hacía prisionero por ansiar la independencia de su Patria y sentir “el odio invencible a quien la oprime”.

Martí fue un fiel seguidor de las ideas emancipadoras de “El Libertador”, Simón Bolívar, amante de la libertad del hombre, de la tierra en la que nace, de los sueños de independencia y de una América unida, nuestra, que debía andar “en cuadro apretado”.

Conocido como el Apóstol de Cuba, desarrolló una obra revolucionaria con el objetivo de “impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América”.

Sabía entonces -siglo XIX- el peligro que representaba el imperio del norte, de quien Bolívar expresó que parecía destinado por la providencia para plagar el continente de hambre y de miseria en nombre de la libertad.

De ahí se evidencia una de sus facetas como pensador revolucionario: el antimperialismo, unido a sus necesarios y recurrentes conceptos de Patria, humanidad, independentismo, latinoamericanismo.

Pero entender la obra de José Martí significa, necesariamente, comprender que fue un hombre que, en 42 años de vida, desarrolló un vasto pensamiento político en condiciones adversas. Fue desterrado a España en dos ocasiones, sufrió el exilio lejos de su hijo y su esposa, con el dolor lacerante de tener la familia en la otra orilla, estar enfermo y ser parte de un país en manos de otro. Y luchar, contra todo y todos, por la libertad de su Isla.

Con ese fin, mientras vivía en Estados Unidos, en 1892 redactó las Bases y los Estatutos del Partido Revolucionario Cubano (PRC) y el 14 de marzo de ese mismo año fundó el periódico Patria, como órgano oficial del Partido.

Antes, entre los años 1880 y 1890, el más universal de los cubanos habría alcanzado notoriedad en la América que llamó nuestra, mediante sus artículos y crónicas que, desde Nueva York, enviaba a periódicos como “La Opinión Nacional”, de Caracas, Venezuela; “La Nación”, de Buenos Aires, Argentina; y “El Partido Liberal”, de México.

Varios países del continente escucharon la tenacidad de su oratoria en los recorridos que dio entre 1893 y 1894 para reunir a los principales jefes militares de la Guerra de los Diez Años (1868-1878), y comenzó a recaudar fondos para la nueva contienda que se realizaría en Cuba en 1895.

Esa razón lo lleva a viajar a Montecristi, República Dominicana, donde se reúne con el General Máximo Gómez, veterano de la independencia de la Isla, y con quien firmó el conocido “Manifiesto de Montecristi” el 25 de marzo de 1895, para establecer las bases de la nueva guerra, que no sería contra el español. En el texto expresa “su terminante voluntad de respetar, y hacer que se respete, al español neutral y honrado, en la guerra y después de ella”.

Tras ello, arriba a Cuba el 11 de abril de 1895 junto a Gómez por Playitas de Cajobabo, en la provincia oriental de Guantánamo. Recibe entonces el grado de Mayor General por todos sus méritos.

A un mes de su llegada a la Isla para participar en la guerra que él llamó “necesaria” contra el yugo español, participa en un combate en Dos Ríos, en la actual provincia de Granma. Era el 19 de mayo de 1895. Una columna española se desplegaba en la zona. Los cubanos fueron al combate.

Gómez le pidió detenerse, pero Martí continuó y cabalgó hacia el enemigo escondido tras la maleza. El Héroe Nacional de Cuba no lo sabía. Llevaba un revólver en mano cuando fue abatido por tres disparos que le arrancaron la vida. “Yo soy bueno, y como bueno, moriré de cara al sol”. Caía un hombre universal, un pensador necesario para la definitiva independencia de la Isla.

Estaba todos los días en peligro de dar su vida por la independencia de su país. Era cierto. A ello se entregó. Por ello sufrió, amó, volvió a sufrir y nuevamente amó. Hoy, a 167 años de su natalicio, Cuba y el mundo lo recuerda. En la Isla caribeña, como expresa el director de la Oficina del Programa Martiano, Eduardo Torres-Cuevas, sentir y pensar en Martí nace como un sentimiento que se expresa luego en pensamiento: “Eso es lo que, creo, nos da mayor fuerza como nación”.


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