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Soy Reportero
  • No al Alca: una victoria de los pueblos latinoamericanos
Fecha de publicación 12 noviembre 2015 - 04:11 PM

El pasado cuatro de noviembre no fue una fecha más para América Latina, pues el calendario indicaba que se cumplían diez años de un hecho que significo una profunda bisagra histórica para la región.

El décimo aniversario permite analizar con esa necesaria frialdad que garantiza la distancia respecto al suceso y empezar a comprender la verdadera dimensión que tuvo  el triunfo popular que expreso la derrota del ALCA en aquella cumbre de película, que supo poner la piel de gallina a más de uno. Lograr imponer los intereses de la Patria Grande frente a los ojos del propio George W Bush, va mucho más allá de una victoria de momento, constituyo un profundo cambio de época.                                     El objetivo de la presente nota busca aportar otro granito de arena sobre un tema del que mucho se ha escrito, pero que con el paso del tiempo aún se abre la posibilidad de hacer un análisis novedoso dado la multiplicidad de factores que acrecientan la magnitud de su importancia  

Algunos historiadores y politólogos consideran a la Organización de Estados Americanos (OEA) como una especie de “ministerio de las colonias”, motivos no les falta. El discurso Pan-americanista fue adoptado por los Estados Unidos hacia fines del siglo XIX con el objetivo central de ampliar las áreas de influencia sobre el continente, y disputarle hegemonía a su gran enemiga de época: Gran Bretaña; el capitalismo estadounidense necesitaba abrirse paso a nuevos mercados donde instalar sus productos al por mayor, para ello resultaba vital seducir a las oligarquías del “vecindario”, las cuales hasta el momento atravesaban una suerte de enamoramiento con el capital inglés.

Complementariamente a los intereses económicos, existía un trasfondo político. En el manual de todo imperio está escrito que para poder disputar poder a nivel global, primero es necesario ejercer un estricto dominio en relación al territorio que lo rodea; en otras palabras, Washington entendía que había llegado el momento de materializar aquella vieja doctrina de “América para los (norte)americanos” –planteada ya por el presidente James Monroe en 1823, hecho que demuestra a las claras hasta donde hay que remontarse para encontrar los orígenes del expansionismo estadounidense-.

Así, en 1889 la Casa Blanca organizaría la Primera Conferencia Internacional Americana, a la cual fueron invitados todos los mandatarios continentales.  Sin embargo, el resultado no fue el esperado por el país anfitrión; la resistencia fundamentalmente de las naciones sudamericanas boicoteo las aspiraciones norteñas de instalar una única unidad política-institucional extendida desde Canadá hasta la Argentina, y que sería dirigida en forma fáctica por el Departamento de Estado.                                                                 Vale aclarar que dicha intransigencia no se debió a un acto de patriotismo, sino a la firme voluntad de la burguesía terrateniente de mantener en forma inalterable el modelo agroexportador impuesto por Londres. Si la oferta era cambiar un amo por otro, la respuesta fue continuar con el mismo.

El 14 de septiembre 1901, por tercera vez en menos de 50 años, un magnicidio convulsionaria los Estados Unidos. William McKinley, de origen republicano y muy próximo a los intereses del stablishment banquero- industrial, caía asesinado a manos de un joven activista anarquista durante un evento público; acto seguido, el vicepresidente Theodore Roosevelt ocuparía su lugar.                                             Envuelto en una ideología marcadamente xenófoba y militarista, el nuevo jefe de estado reemplazaría los intentos de “colonización diplomática” por la intervención directa.  

Conocida como teoría del “Gran Garrote” (nombre que se explica por sí mismo), la política exterior de la administración Roosevelt tuvo a las cañoneras de guerra como principales protagonistas. La instauración de la base de Guantánamo en Cuba, el desmembramiento de Colombia tras la declaración de independencia de Panamá (promovida y ejecutada por los EEUU para negociar con un gobierno más débil los términos de construcción del futuro canal), una intervención económica sobre la Republica Dominicana y el inmiscuirse en la Guerra Civil de Honduras para cuidar la rentabilidad de las empresas de capital estadounidense, fueron su legado en América Latina tras 8 años en el poder.

En 1908, nuevamente el Partido Republicano obtendría un resonante triunfo electoral, el cual dictaminaría a William Howard Taft como flamante responsable del poder ejecutivo. Durante esta gestión, el intervencionismo norteamericano solo variaría en su forma: “El Gran Garrote” sería reemplazado por la “Diplomacia del dólar”.

Dicho modus operandi consistía en lo siguiente: comprar deuda de los estados latinoamericanos para convertirse en su máximo acreedor, posición que permitía el control de los asuntos económicos en aquellas naciones, y cuando alguna se negaba a pagar en los términos planteados por los Estados Unidos –ya sea por falta de recursos o decisión política- inmediatamente era intervenida militarmente.  Si antes los marines le abrían paso a los negocios, ahora serían los negocios los que le abrirían paso a los marines.                                                                                         La sucesión de desembarcos de la marina de guerra en América Central y el Caribe se profundizarían: intervención de Haití para cobrar deuda (1910), ocupación de Nicaragua (1912). El ejército regular había dejado de ser un instrumento de defensa en la frontera o de cuidado para el pueblo estadounidense frente a eventual ataques foráneos, para pasar a convertirse en una suerte de fuerza de choque de las grandes corporaciones (fundamentalmente de la United Fruit Company –bananera- y de la Standard Oil –petrolera-).

Ni siquiera el estallido de la Primera Guerra Mundial suavizaría la postura de Estados Unidos en la región.  Mientras mantenía la ocupación en la República Dominicana (iniciada en 1916), incursionaría en territorio mexicano para enfrentar a las tropas rebeldes de Pancho Villa en pleno periodo revolucionario.

Seria recién con el estallido de la Gran Depresión (1929) y la llegada al poder de Franklin Delano Roosevelt (del Partido Demócrata, a diferencia de su tío lejano Theodore), cuando se viva un cierto cambio de paradigma.  Recordado por sus perspectivas progresistas, FDR iniciaría una nueva postura hacia América Latina, instaurando lo que el mismo denominaría como política de “buena vecindad”.

La década del 30 vería el surgimiento de expresiones populares que generarían transformaciones profundas en buena parte del continente: Lázaro Cárdenas en México, Getulio Vargas en el Brasil, Alfonso López Pumarejo en Colombia y Pedro Aguirre Cerda en Chile

Pero la primavera fue de corta duración, 1945 implicaría el retorno de un colonialismo aún más exacerbado que el de las primeras décadas del siglo. Dos factores explican el motivo: por un lado la muerte del presidente Roosevelt, quien terminaría siendo sucedido por Harry S. Truman; mientras que por el otro, y eh aquí sin dudas el principal, la aparición de los primeros escenarios de la Guerra Fría. 

La torpeza de Truman para establecer relaciones con los rusos llevo a un aumento de la desconfianza mutua entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Apenas finalizada la Segunda Guerra Mundial, se iniciaría una competencia directa entre ambas potencias. Si la falta de inteligencia con que fue resuelto el fin de la Primera Guerra (Pacto de Versalles) fue causa directa del estallido de la siguiente, existió un enorme riesgo de que la historia se repita, pero paradójicamente esta vez entre dos componentes del mismo bando durante la contienda. 

La Casa Blanca -víctima de una exagerada paranoia-, llamaría a “contener” el comunismo en forma desesperada, para lo cual iniciaría una profunda “casa de brujas”. Más que nunca buscaría ejercer un dominio absoluto, ya no solo sobre la totalidad del continente americano sino también sobre todo el hemisferio occidental.

Es en este último contexto que se da el nacimiento de la OEA: lo que no pudo lograr en 1889, finalmente se concretaría en 1948. Condicionando su ingreso a la flamante Organización de las Naciones Unidas (ONU) “a la existencia de un ente similar pero de alcance regional”, el Departamento de Estado generaría un mecanismo institucional amoldado a los intereses del capitalismo estadounidense; con ese fin y de esa forma nacería la Organización de Estados Americanos.

Fue aquella entidad la que decidió expulsar a Cuba en 1961 tras la constitución del gobierno popular post-revolución, mientras mantuvo y destaco al Paraguay de Stroessner, la Nicaragua de Somoza, el Chile de Pinochet o la Argentina de Videla;  fue aquella entidad la que se negó a reconocer como un golpe de estado el cierre del congreso dictado por Fujimori en el Perú y por ende evito aplicarle sanciones; fue aquella entidad la que tuvo un papel cómplice con la segunda invasión norteamericana a República Dominicana y a la isla caribeña de Granada; fue aquella entidad la que sirvió de modelo para realizar la primer “Cumbre de las Américas” (1994), reuniones instauradas como un coctel protocolar en el que los mandatarios del continente asistían como alumnos pasivos de los dictámenes políticos y financieros del norte; eran los años del “fin de los tiempos” y el Consenso de Washington.

Todas las organizaciones “panamericanas” que existieron a lo largo de la historia fueron reiterados intentos de los Estados Unidos para encontrar un sostén jurídico-institucional acorde y justificativo de  su política expansionista.

Ese cuatro de noviembre de 2005 no fue una victoria puntual sobre un proyecto de libre comercio, que hubiera sido totalmente nocivo para los productores y economías regionales; fue un profundo cambio de época. Un instrumento diseñado por el poder hegemónico para fortalecer sus intereses, fue utilizada por las históricas víctimas para defender e imponer los intereses propios; una derrota humillante para alguien que ya no podría sentirse más amo.

Esta vez sí fue un acto de patriotismo y coraje. Tras la derrota del ALCA apareció la Unasur, surgió la Celac; culminaría la etapa del panamericanismo colonialista, y sería reemplazado por un latinoamericanismo humanista y solidario.

Nicanor Duarte Frutos, Luis Inacio Lula Da Silva, Nestor Carlos Kirchner y Hugo Rafael Chávez Frías, son nombres que seguramente serán recordados como los primeros grandes patriotas del siglo XXI.

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