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Fecha de publicación 29 julio 2014 - 07:47 PM

LAS CONCERTINAS

por Miguel Mosquera Paans, embajador cultural de Latinoamérica. AEADO, Perú. Premio Internacional de Periodismo de Investigación Ana María Agüero Melnyczuk, Limaclara Argentina,

Una concertina no es una canción ligera sino el himno a la más absoluta indolencia. No se trata de una alegre marcha, por el contrario constituye una suerte de cuchillas incrustadas en un alambre que más allá de disuadir, descuartiza a quien se enreda en él evadiendo la conciencia de quien las instala.

Triste panorama cuando el ser humano es capaz de colocar semejantes artefactos para frenar a sus congéneres. Con el cuerpo ensangrentado y lleno de cortes, africanos de diferentes países en vías de desarrollo —irónico neologismo para definir la exigüidad más absoluta—, se arriesgan día sí y otro también a cruzar las vallas de Ceuta y Melilla en busca del paraíso europeo, sin conseguir que ese despiadado instrumento los detenga: las cicatrices que los marcan son más profundas y su desesperación más honda como para no resistir con la única fuerza de su propio drama: engastada en el fondo del alma llevan la marca del hambre, de la privación, de la paciencia estéril y del compromiso adquirido con unos familiares que sobreponiéndose a la estrechez sufragan su aventura a la abundancia, en una muestra de que la suma de las partes es más que el todo.

Expoliados por redes de oportunistas dedicados al tráfico humano, cruzan el Estrecho para salir de la boca del lobo abandonados en el litoral, enzarzándose en un Guatepeor al pisar la arena española, donde complejas tramas de negocios turbios los explotan exponiéndolos a toda suerte de consecuencias por traficar con un baratillo de mercancía importada de Asia, mientras malviven seducidos por el espejismo occidental arrancándole delirio a la flaqueza, en un intento de rescatar a los suyos del infierno del desposeimiento.

Pero esta expectativa está reservada sólo para aquellos que alcanzan el suelo del Mercado Común, a los demás les aguarda la odisea de la repatriación al Continente Negro, abandonados en mitad de la nada en tierra de nadie, donde se inicia un nuevo intento por conquistar la Tierra Prometida, penuria aminorada en comparación con los que se dejan la vida en el trayecto.

Ese empecinado esfuerzo debería hacernos reflexionar en que el dilema norte-sur no se salda haciendo verjas cada vez más altas que impidan el tránsito de inmigrantes. Lejos de dividir dos territorio, el vallado es la frontera que separa el derecho a la vida digna de la miseria.

Occidente debe variar el caleidoscopio con el que mide la privación de los desplazados: cierto es que los países que se convierten en anfitriones accidentales de oleadas de marabuntas no siempre disponen de recursos para acoger semejante flujo migratorio garantizando un recibimiento y trato justo, pero no por ello el mundo industrializado puede olvidar que el problema no es la linde ni la emigración, sino el hambre y en multitud de ocasiones la persecución política o la huida de conflictos bélicos. La pobreza, la guerra y la intolerancia no se solucionan con un alambre de espino sino creando riqueza en el lugar donde se origina el éxodo, fomentando la paz y procurando salidas democráticas a los pueblos cuya voluntad es rehén de Estados totalitarios.

A estas alturas de la Historia en la que la crisis ha golpeado con desigual suerte a distintos territorios, muchos españoles rememoran nuestro propio pasado como inmigrantes al norte de Europa. Esta realidad debería hacernos recordar las condiciones en la que salimos en busca de El Dorado huyendo de la pobreza y la dictadura, con una mano delante y otra detrás, con visados de vacaciones en el mejor de los casos cuando no sin papeles.

Quizá si evaluamos la situación sin mezquindad nos percatemos de lo poco que nos separa de los que hoy aspiran a alcanzar nuestras costas, llevándonos a entender que, al igual que en su momento en nuestro caso, la hospitalidad de otros países nos permitió mudar nuestra economía haciendo que la necesidad abandonara el sur europeo y el norte africano, incorporándose a un bienestar cada vez más globalizado que busca la senda del Sur. Sin duda la fórmula que mayor resultado ha proporcionado hasta ahora es la de crear riqueza donde nace la pobreza en lugar de rechazar a los desheredados.

No es tan difícil: basta con comprender que hay de sobra para todos y tomar una determinación, o evocando al poeta cubano Nicolás Guillén haciendo examen de conciencia:

Mire la calle.

¿Cómo puede usted ser

indiferente a ese gran río

de huesos, a ese gran río

de sueños, a ese gran río

de sangre, a ese gran río?

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