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Soy Reportero
Fecha de publicación 31 agosto 2018 - 08:51 AM

Por Roberto Marra

No existe nada más beneficioso para el Poder, que se hable todo el tiempo de los temas y con las formas que ellos necesitan para impedir que se alcance el conocimiento real de los sucesos. No hay mejor pantalla que las pantallas para eliminar los rastros de todas sus violaciones de derechos. Son impúdicos en sus dichos y sus conductas, porque no los estamos mirando a ellos, sino a los elementos de distracción que utilizan para envolver a la sociedad en controversias inútiles. Son brutales en sus modos y generan brutalidad en sus seguidores, transformados en una especie de manada salvaje que atropella sin mirar la realidad, para sentir una superioridad que solo lo es en su nivel de bestialidad.
Pasan horas mirando bolsos revoleados que nunca se revolearon, se suceden los programas de pseudo-periodistas y analistas sin capacidad de análisis sobre fotocopias de cuadernos que nunca se vieron pero que llaman “cuadernos” también aquellos que no acuerdan ideológicamente con el Poder. Aplastan la verdad contra el piso durante días, hasta que sus eructos verbales quedan ya sin respaldo alguno. Obsesionan a los mirones de pantallas con supuestos nunca demostrados, mientras detrás de esas escenas, en los oscuros rincones donde la verdad estalla en miserias y desdichas, padecen los que ni siquiera pueden ver, tapados por las angustias de actos tan sencillos como alimentarse.
Borrachos de poder, aceleran sus derroches, insaciables de inconductas presentadas como virtudes en los mentideros televisivos, en el papel prensa robado y el éter contaminado con sucios embusteros. El revoltijo de mentiras se enloda en el barro de la injusticia tribunalicia, desde donde emanan las órdenes espúreas para torturar a un Pueblo que ya ni sabe que lo es. Matar ya no parece ser un pecado si de acabar con sus enemigos ideológicos se trata. Censurar es un acto cotidiano y apalear a los rebeldes es el sistema predilecto de la fuerza de ocupación callejera que viene a terminar con la dignidad mediante gases y balas.
Pero pasan cosas, por fuera de esa revista pornográfica que muestra solo la obscena falsedad de un mundo para ricos. Se mueve el fondo de la olla popular donde se está calentando el caldo de un despertar forzado por el abandono de los poderosos y la desidia de algunos dirigentes. Como en todo caldo, hay mucha variedad en su contenido, lo que complejiza llegar al punto justo del hervor. Cuesta saber cuantos se sumarán a la cocción de esta imprescindible cacerola, no para golpearla como aquellas paquetas señoras gordas de otrora, sino para elevar la calidad de su contenido y asegurar la justeza de sus condimentos.
Son tiempos de reflexión y acción. Son momentos de elaboración y puesta en marcha. Son días para pensar otras realidades, de esas que se obtienen por la conjunción de las voluntades y las razones de los que vamos quedando vivos y recordamos lo que nos quitaron. Son horas donde el Poder comienza a temblar, porque se está despertando el soberano, porque la libertad está “timbreando” a los “vecinos”, pero esta vez para acercarles el futuro, ese que ellos mismos dejaron escapar en la noche del apagón ideológico.
La verdad se abre paso a fuerza de dolores y padecimientos extremos. El sufrimiento genera surcos de comprensión donde, mucho antes de lo que los perversos poderosos se imaginen, germinarán los sueños postergados. Se abrirán las puertas de un nuevo tiempo, donde los errores no podrán ser los mismos que nos trajeron tantos daños y los perdones no deberán ser la moneda para que los traidores escondan sus maldades hasta la próxima oportunidad. Porque no deberá haber otra oportunidad para ellos y sus admirados titiriteros de embajadas y “coloquios de ideas”.
Porque deberemos ser capaces de mirar a los ojos a los desnutridos de hoy y abrazarlos con el pan caliente de la dignidad popular. Porque merece retomarse el camino loable de la grandeza heredada de aquellos creadores del sentimiento libertario que nunca pudieron matar del todo, para alcanzar los sencillos sueños de los humildes, los auténticos constructores de los cimientos de esta Patria que, como el árbol de la vida, solo podrá ser Grande creciendo desde el pié.

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