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Soy Reportero
Fecha de publicación 30 mayo 2019 - 03:50 PM

Por Roberto Marra

Estamos hartos de esperar las inversiones prometidas como lluvias. Hartos de soportar los despojos de nuestros salarios. Hartos de las tarifas delirantes. Hartos de la catarata diarias de suspensiones en las industrias de la decadencia. Hartos de jubilaciones empobrecidas. Hartos de medicamentos inaccesibles. Hartos de cenas con matecocidos y pan duro. Hartos de explosiones en las escuelas. Hartos de ver bajar las persianas de los kioscos de las ilusiones perdidas. Hartos de rejas inaccesibles de las fábricas sin trabajo. Hartos de añorar los asados de los domingos. Hartos de observar a las familias comiendo de la basura. Hartos de los pibes durmiendo bajo los aleros y los puentes. Hartos de las angustias de quienes reciben telegramas de despido. Hartos de los changuitos semivacíos a la salida de los supermercados. Hartos de los viejos suplicando un plato de comida. Hartos de la reproducción exponencial de los comedores en los barrios marginados.
Hartos de la cuota diaria de muertes a manos policiales. Hartos de no saber de donde vendrán las balas a la vuelta de la esquina. Hartos de las miradas de desprecio de los habitantes del lujo sobre rueda hacia los chiquilines en las esquinas del desamparo. Hartos de los odios de los arrogantes hacia el pobrerío de las ollas populares. Hartos de los poderosos empresarios dictaminando el hambre ajena. Hartos de los funcionarios inescrupulosos decretando aumentos que ellos nunca pagan. Hartos de los fiscales que señalan culpas ajenas y olvidan las propias. Hartos de los jueces transgresores de la Constitución y las Leyes. Hartos de gendarmes y prefectos con sus balas sobre las espaldas de los inocentes. Hartos de los palos en la cabeza de los sublevados por la miseria. Hartos de los gases que hacen lagrimear a los que ni siquiera les quedan lágrimas. Hartos de las vallas policiales y los muros de los ricos.
Hartos de las sonrisas repugnantes de los visitantes del fondo monetario. Hartos de ver crecer las deudas que no pedimos. Hartos de saber que cada día desaparecen millones de las arcas de un Estado convertido en un casino flotante que se hunde. Hartos de las hipocresías de los ridículos funcionarios que explican alegrías imposibles en un País que no existe. Hartos de festejos patrios sin Pueblo. Hartos de los sermones de un iletrado con pretensiones de presidente. Hartos de las palabras huecas de los ministros de carteras devaluadas. Hartos de escuchar relatos de pasados que no fueron. Hartos de señalar con el dedo de la venganza a quienes molestaron a los poderosos. Hartos de saber encarcelados a los honestos y libres a los victimarios. Hartos de observar las parodias judiciales en busca del fin del “populismo”.
Hartos de los reporteros que modifican la realidad a sus antojos. Hartos de los conductores televisivos de caras impostadas para el odio cotidiano. Hartos de los periodistas que vociferan mentiras como si las creyeran. Hartos de las maquinarias mediáticas que expanden los improperios sobre el máximo paradigma de todos sus desprecios. Hartos de saber tantas verdades y aun así no poder ganarle a los engaños. Hartos del abandono de las luchas por la asquerosa prebenda traicionera. Hartos de los falsos profetas de anchas avenidas convertidas en senderos hacia la muerte de una sociedad que no les interesa. Hartos de los pretensiosos ególatras de seriedades actuadas. Hartos de los apócrifos patriotas de asiduas visitas a la embajada del imperio.
Hartos de los especuladores de intercambios de favores politiqueros por miserias ajenas que nunca les importan. Hartos de líderes de barro y dirigentes de plástico. Hartos de principiantes dando lecciones a los expertos. Hartos de economistas de café, dirigiendo el destino de una sociedad absorta. Hartos de perversos conduciendo a la Nación hacia el abismo reiterado. Hartos de los malos ganando todas las partidas. Hartos de los peores señalando gozosos el camino hacia la muerte cotidiana.
Hartos de ver caer la Patria en manos de los asesinos de nuestras glorias. Hartos de saberse inmerso en un mar de profundas desigualdades y sin salvavidas. Hartos del olvido de lo vivido hasta no hace demasiado. Hartos de aguantar los insultos de los imbéciles programados. Hartos de entender sin ser entendidos. Hartos del desvarío de los creidos de pertenencias sociales imposibles protegiendo a sus verdugos. Hartos de la falta de unidad de las víctimas y del monolítico accionar de los tiranos disfrazados de demócratas. Hartos de la vida postergada en nombre de futuros de alegrias imposibles. Hartos de los que nunca se hartan de matar nuestras esperanzas. Hartos ya de estar hartos, pero sin poder, ni siquiera, vagabundear a nuestro antojo.

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