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Fecha de publicación 18 septiembre 2018 - 03:39 PM

Por Roberto Marra

Hay hechos que asombran a pesar de lo repetidos. Hay situaciones que permanecen sin respuestas contundentes, a pesar de sus claras faltas a los más mínimos sentidos éticos. Hay personas que adquieren notoriedades imposibles de sostener con los valores inmorales que las guían. Hay dramas que pasan delante de los sentidos de sus afectados sin que éstos se percaten del resultado final que les espera. Y hay miserables que actúan sin pudor alguno contra los Pueblos, a sabiendas de los respaldos de quienes ofician de titiriteros mundiales.
Luis Almagro, el secretario de la OEA, es uno de ellos. De los miserables, claro. De los hacedores de desgracias populares para satisfacción y beneficio de sus patrones ideológicos y sostenedores económicos. Un más que corrupto personaje uruguayo, que supo participar del gobierno de Mugica, claramente posicionado siempre a su derecha, freno permanente de cuanta acción unitaria continental se pretendiese impulsar cuando oficiaba de canciller de ese país.
Este repugnante burócrata, espécimen retrógrado que atrasa no menos de sesenta años en sus concepciones políticas, se ha erigido en la “vanguardia” de los ataques furibundos contra Venezuela, portavoz de las denuestos del gobierno del imperio contra el constitucional, legal y democrático de la República Bolivariana. Sus actos y manifestaciones verbales, no por estúpidas resultan menos perjudiciales para la población venezolana, atacada como nunca con actos sediciosos contra su economía, cuyo resultado buscado es el sufrimiento y cansancio ciudadano, para provocar la sublevación contra sus legítimas instituciones.
Debiera parecer imposible que los mismos métodos fracasados que otrora se utilizaran para derrocar la Revolución Cubana, sean percibidos por gran parte de los habitantes del Mundo, como normales, como el resultado de algún atisbo de verdad en los dichos del Pentágono y sus serviles del Sur, como rasgos de una realidad que parece no importar, en tanto se trate de abatir a otro enemigo “populista” del órden establecido por los dominadores del planeta.
Hasta puede resultar risueño el arsenal de payasescas peroratas de los canallas asesinos de la verdad que ofician de voceros imperiales. Pero se convierten en dramáticas expresiones de destrucción de una sociedad a la que no la dejaron de atacar desde el mismo instante que comenzó la experiencia chavista. Les resulta imprescindible abatir a uno de los últimos reductos de dignidad nacional de Nuestra América. Necesitan terminar con cualquier molesto gobernante que acerque a su Pueblo a la Justicia Social que tanto detestan.
Gracias a la famosa “libertad de expresión”, solo recibimos el sonido de una campana. Todo el tiempo, en cada medio de comunicación, a través de cada “periodistucho” ignorante vendido al mejor postor, atiborran a la población con tantas falsedades que terminan por sentir que son verdades. La estupidización absoluta es el paso necesario hacia el abismo del odio a lo que no se conoce, del menosprecio hacia lo que no se comprende y del ataque sobre lo que nunca se tuvo una versión del atacado.
De eso se encarga ese pútrido personaje erigido en “líder” de la contra-revolución americana. De esos encargos imperiales se ocupa con su escasa capacidad mental y enorme enjundia irracional. Claro que no está solo. Abrevan en el mismo molino de la brutalidad muchos otros oscuros seres ocupantes de cargos inmerecidos pero logrados con otras mentiras similares a las esgrimidas por el adalid antichavista.
Son esos gobiernos surgidos por la voluntad retrógrada de millones de idiotizados mediáticos, que han posibilitado la aparición de representantes que no los representan, pero los oprimen, en un sádico juego de empobrecimiento material y moral. Embobados ante las pantallas de las calumnias y las hipocresías, miran sin ver una realidad que los aleja, cada vez más, de los sueños de la vida digna que estaban casi a punto de lograr.
La traición se ha convertido en virtud, la lealtad en estigma. La verdad es arrastrada por el piso, ensombrecida por los humos de los gases arrojados para alejar las muchedumbres que conservan algo de dignidad. Los mentirosos son elevados al pedestal de la admiración popular, contaminando conciencias y anulando rebeliones necesarias. Y los ladrones de la vida, los irracionales y perversos como Almagro, son convertidos en adalides de los tristes futuros ocultos por las cortinas de los horrores inventados para retrasar el reloj de la historia. Esa misma que, mucho antes de lo que ellos esperan, le dará cuerda al despertador de una nueva esperanza.

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Argentina
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