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Soy Reportero
  • “Al analfabetismo político, respondamos con alfabetización”
Fecha de publicación 24 noviembre 2015 - 07:59 PM
Por Lz Me

Hoy es un día con alguna nubes, con algunos pocos grados templados de primavera. Y también es un día donde muchos no podemos salir de nuestra zozobra, desvariando entre la impotencia y el coraje. Queremos llorar a la vez que lo evitamos, porque eso nos haría sentir en lo más real esto que quisiéramos que sólo haya sido un pésimo sueño, de esos que gota a gota son la antesala del insomnio.
Para muchos que estamos acostumbrados a poner el ojo estructural, ese que nos habla de las desigualdades profundas inherentes al sistema en que vivimos, nos cuesta también revisar con lupa ese ojo y encontrarnos con los matices de la muerte, de la derecha. Porque sabemos que es eso, que es putrefacción que corre a borbotones del modo más siniestro, matando vidas, con armas, con enfermedades, con bombas, con desnutrición, con mortalidad infantil, cuya nominación más que ser un índice debería ser una profanación profunda a nuestra ética. Matando las ideas, las razones, la historia. La solidaridad, el compañerismo, el sentido inexorable de ser la piel del otro. Matando sin más el planeta Tierra, que ya está agonizando de tanta destrucción.
Revisamos ese ojo, porque vemos que todas estas atrocidades que nos socavan la esperanza, se pululan y multiplican cuando nos enfrentamos de cara al fascismo. Al fascismo que viste de amarillo, y que del modo más mentiroso y alienante nos quiere vender que la muerte es la vida. Y nos incursionamos en esa piel de ese otro y escuchamos lo que hace XXI siglos ya escucharon otros, y tratamos de visualizar las singularidades, a fuerza de poder pensarnos en este sociohistórico, entre los fundamentos de las cruzadas y del macrismo. Por doquier que miremos, el discurso que cercena a lo vital, es que la muerte es la vida, que esa guadaña que sacará a los inmigrantes, que sacará a las retenciones, que sacará y vaciará los hospitales las universidades las jubilaciones los subsidios los puestos de trabajo y hasta los ríos… Que todo ese saqueo fenomenal, que el que no lo crea sólo tendrá que, en el tiempo venidero, dejar de mirar los medios masivos de comunicación y mirar a los inmigrantes, al campo, a los hospitales las universidades los jubilados las cuentas los puestos de trabajo y hasta los ríos… Que todo ese saque fenomenal, en una suerte de inversión dialéctica, es a favor de la vida. Pero va a ser la vida del individualismo, la vida de los que otrora iban a la plaza del pueblo a apedrear a las brujas o al coliseo. La vida cobarde que se justifica la muerte en pos de una vida de rodillas, de poca mella, donde el biopoder frente a tremenda presencia ya se va quedando sin elementos. Y se construyen castillos simbólicos, cuyos reyes tienen el mismo autoritarismo de aquellos que llevaban la guadaña por todo el planeta porque en ellos estaba, legítimamente, la palabra de Dios…
Todas estas atrocidades, cuyo fetiche escondido es la ideología fascista, que en una suerte de paradoja dice defender la vida mientras mata a diestra y siniestra, no debe hacernos caer en la resignación y el desasosiego, porque aún la historia de la humanidad sea la historia de la sangre y el saqueo, también es la historia de la resistencia y de la vida. De, con o sin razón, no resignarse jamás a la hoja de la guadaña. Porque a más muerte respondemos con más vida. Porque al individualismo respondemos con la solidaridad. Porque al analfabetismo político debemos responder con alfabetización. No debemos odiar al pueblo engañado, porque ellos no son nuestro enemigo y nunca lo fueron, y porque son los que sufren y van a sufrir, como nosotros, todo el saqueo. Que a fin de cuentas podríamos pensar que el voto engañado de lo que se defiende es de la violencia simbólica, esa que bien sabemos sufrimos los que nos oponemos y soñamos.
A más muerte, responderemos con más vida. Y dicen que la esperanza es lo último que se pierde. Pero, aún sabiendo que eso que anhelamos probablemente no lo veamos en esta vida, y aún también sabiendo que en el estado de cosas al mundo le quedan como destinos eso que tanto soñamos o la autodestrucción final de este planeta, no perdimos la esperanza.
Pero si aún llegara el día en que la perdamos, no nos resignaríamos jamás, aún si debamos luchar sin esperanza. No porque seamos pelotudos, sino porque no concebiríamos jamás aceptar la muerte sobre la vida, porque nunca nos van a analfabetizar ni nos van a hacer cómplices, aún si todo está perdido, de que la destrucción es el camino, de que la mortalidad infantil existe como cosa natural.
No es cosa de ponernos maquiavélicos, pero el Che ya dijo que estamos a favor de los monopolios o en contra de los monopolios. Estamos a favor de la vida o en contra de ella. Y venga lo que venga, nuestros ideales no nos los harán tambalear jamás. Porque no sólo un mundo mejor es posible, sino que lo hacemos mejor cada vez que resistimos. Y resistimos con amor. Y lo hacemos no sólo porque no podríamos jamás amar la muerte, sino porque vale la pena. Porque la solidaridad, el compañerismo y los ideales invictos valen la pena. Y eso es lo que estos reyes, tan pobres de espíritu, no conocerán nunca. El amor profundo que debe sentir un ser humano al dar su vida por otro. Porque podemos pensar ahora, podemos luchar ahora, porque otros dieron su vida por nosotros, para que podamos seguir pensando y seguir luchando. Nuestra dialéctica es mayor, nuestro sentir, aún nos metan globos en el culo, es inmensamente mayor. Y es una alegría inmensa saber que en el mundo somos muchos los que, aún nos señalen de brujas o nos quieran convertir en gladiadores, luchamos por nuestra vida, pero sobre todo, por la del otro. Y la nuestra no es una revolución de alegrías. La nuestra es una revolución de, en el inconmensurable acto de sentir los efectos del poder sobre nosotros, resistir con el amor más profundo por aquello que, aún con impotencia y coraje, sabemos es lo que vale la pena en este mundo.

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