Tortillas de loroco 

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Por: Ilka Oliva Corado

24 de mayo de 2026 Hora: 17:57

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La gallina murusha[1] se le atravesó de nuevo en los sueños. La vio corriendo despavorida junto a la bandada buscando las hojas de repollo que les acaba de tirar en el patio para que coman. La nombró Murushona, desde que la pollita nació. Su abuela Tiba le regaló dos huevos de su gallina inglesa, una miniatura de gallina con las plumas colochas[2], mismos que Emelda puso junto a los otros cuando una de las gallinas de la casa se quedó. Durante las tres semanas de incubación estuvo atenta al nacimiento de las crías y fue todo un festejo cuando sus dos pollitas nacieron.

Pero a los días una murió y quedó entonces la única murusha en medio de las manadas de pollos que abarrotaban el patio cuando se les tiraba comida. Realmente nunca supo cuántas gallinas llegaron a tener, el terreno donde vivían era grande. Sus papás cuidaban a las afueras de la capital una cochiquera de unos veterinarios adinerados que tenían negocios por todos lados en Guatemala. En los terrenos de la gente adinerada Emelda comenzó a ver los cercos de bloques con alambre de púas en la última hilera, una hilera de úes que las llenaban de cemento con pedazos de botellas de vidrio que quebraban específicamente para ese tipo de seguridad. Un mundo distinto al del campo.

Los hijos del sol, les llamaban los trabajadores porque eran albinos, hijos de alemanes emigrados.  De lo que llegó a saber su padre, ellos contaban con parcelas con siembras de verduras en Patzún, Chimaltenago, ganado en Jalapa, fincas de árboles de mango Tommy, en Chiquimula. Cafetales en Alta Verapaz.  En tierra fría colindando con México compraron a saber cuántas manzanas de terreno, le escuchó decir a su papá cuando le contó a su mamá sobre la nueva compra de los terratenientes. A su padre le ofrecieron ir a cuidar las fincas de coco que tenían en Izabal, pero su mamá dijo que el clima era infernal y que para allá se fuera el diablo. Y en la casa como se hacía lo que decía su mamá, entonces el diablo de seguro se fue para allá, pero ellos no.

Su abuela le contó en unas de las tantas conversaciones que tuvieron cuando iba de visita a Teculután, que cuando era niña las gallinas crecían en el monte, ponían los huevos en nidos que improvisaban en el zacate. En ese entonces nadie se preocupaba por cuántas gallinas tenían y si los huevos se los iba a comer la zarigüeya o cualquier otro animal porque había en abundancia.  

Emelda conoció la abundancia cuando fue a visitar la casa de los abuelos paternos por primera vez, con los años comprendió que abundancia no significa tener de más para desperdiciar y que tampoco tiene nada que ver con el dinero. Siempre sintió fascinación por las manos creadoras de su abuela, que le enseñó a hacer queso fresco y mantequilla de costal, las quesadillas más deliciosas que comió fueron las que hizo su abuela. 

Le enseñó a trabajar el barro, a hacer sus propios comales, ollas y jarros. El bordado de las mantas para las tortillas y el de las almohadas. Aprendió a cómo medir la intensidad del fuego en el polletón[3] para no desperdiciar la leña y no quemar las tortillas. El café lo aprendió a hervir en las brasas a un lado del comal sin que se le tumbara y los bananos majunches los asó siempre en el rescoldo, como tostaba los pishtones[4].

En la capital todo era distinto, aun estando a las afueras todo lo tenían que comprar. El pago se lo daban a su padre con atraso de tres meses y jamás le pagaron por el trabajo de toda la familia que también hacía, pero para los dueños eso era obligación que no merecía remuneración económica. Cuando su padre les pedía aumento le salían con que un favor le estaban haciendo con tener a toda la familia ahí sin pagar renta. 

Un trabajo sin horario de lunes a domingo, sin permiso de enfermedad y sin vacaciones. Vacaciones, le contestaba cualquiera de los albinos, vacaciones son las que les damos nosotros dejándolos vivir aquí.  Emelda comenzó a cuidar cerdos a la edad de tres años y a los cinco ya sabía cómo caparlos, lo que nunca hizo y sintió una asquerosidad fue comerse las criadillas. Sus papás, al contrario, así recién cortadas, sólo les lavaban la sangre y se las metían a la boca. 

Emelda ve a la Murushona correr, ha retrocedido en el tiempo, no tiene los sesenta años de ahora, es apenas una niña de siete, aún no sabe que tendrá hijas y que emigrarán de indocumentadas a Estados Unidos y mucho menos que sus nietas nacerán en ese país y que hablarán inglés y que rechazarán el español, avergonzadas. Que no querrán saber nada de Guatemala y mucho menos del lujo y del honor de comer tortillas con loroco y queso hechas por la abuela, como lo tuvo ella. 


Notas: 

[1] Murusha: Persona de pelo rizado, de herencia afrodescendiente. 

[2] Colocha: Persona con el cabello rizado o crespo.

[3] Polletón: Mesa grande de barro para cocinar con fuego, donde se coloca el comal y la hornilla. 

[4] Pishtón: Tortilla gruesa. 

Autor: Ilka Oliva - Corado

Fuente: teleSUR

teleSUR no se hace responsable de las opiniones emitidas en esta sección.

Escritora y poetisa. Ilka Oliva Corado nació en Comapa, Jutiapa, Guatemala, el 8 de agosto de 1979. Se graduó de maestra de Educación Física para luego dedicarse al arbitraje profesional de fútbol. Hizo estudios de psicología en la Universidad de San Carlos de Guatemala, carrera interrumpida por su decisión de emigrar a Estados Unidos en 2003, travesía que realizó como indocumentada cruzando el desierto de Sonora en el estado de Arizona. Es autora de cuatro libros.