Felipe Quispe, el Mallku: “es que a mí no me gusta que mi hija sea su empleada de usted” | Opinion | teleSUR
21 enero 2021
Felipe Quispe, el Mallku: “es que a mí no me gusta que mi hija sea su empleada de usted”

El 19 de enero del 2021, cuando ya estaba instalada la noche en Bolivia, a través de las redes sociales, empezó a correr, como un reguero de pólvora encendida de fuego, una noticia que dejaría paralizado a medio país.

Felipe Quispe, el Mallku: “es que a mí no me gusta que mi hija sea su empleada de usted”

Un audio, que por la gravedad de su contenido era reenviado miles de veces mediante Whatsapp, fue el inicio de la alerta. Enterados, periodistas de todo el país, inmediatamente empezaron a intentar confirmar, lo que era difícil de creer, aunque, dada cercanía de la vida con la muerte, no imposible.

Con cautela, los medios del país empezaban a hacer pública esta noticia, aunque sin confirmarla del todo: “Informan que Felipe Quispe, el Mallku, habría fallecido” o, “Medios de La Paz hablan de la muerte de El Mallku”, según publicó algún medio del interior del país. Sin embargo, cerca de las 22H00, se confirmaba el deceso, de uno de los más lúcidos dirigentes indígenas que ha tenido el país, al menos en los últimos cincuenta años.

En aymara, la lengua madre de Quispe, “Mallku” significa Cóndor, y en Bolivia, quien llegue a ser conocido por ese sobrenombre, debe ser alguien trascendental.

Felipe Quispe “El Mallku”, el indígena de la cara ancha, de ángulos rectos, que parecía haber sido esculpido en piedra, puso de rodillas a al menos tres de los últimos presidentes neoliberales del país, incluida Jeanine Áñez, murió la tarde del lunes, en la casa de su hijo Santos, a las 78 años de edad de un “paro cardiaco fulminante”. La muerte lo encontró en plena postulación a gobernador de La Paz para las elecciones subnacionales de marzo de este año.

En 1991, luego de ser detenido, tras que el Ejército Guerrillero Tupac Katari (EGTK) del cual era fundador, hiciera explotar una bomba en una torre de alta tensión, una periodista, usando el típico tono paternalista con el que en Bolivia, hasta el día de hoy, se pretende “aleccionar” la rebeldía de los indígenas, dio pie al Mallku, para que éste ponga el dedo en la llaga de una sociedad carcomida por el racismo, y ante la pregunta del porqué había elegido ese método de lucha, Quispe, no sin antes mirarla a los ojos, respondió: “es que a mí no me gusta que mi hija sea su empleada de usted”, sentencia, que cargada de verdad, explotaría como otra bomba, esta vez, en el seno mismo de un país, organizado para que los miembros de los pueblos indígenas, siempre sean los que ocupan los niveles más bajos de la escala social.

Ese día, el Mallku, tocándose la cara ante las cámaras de televisión también se preguntaría: “porqué siempre tenemos que ser un cargador, porqué siempre tenemos que ser un barredorcito, porqué siempre tenemos que ser un guardia cuidando al opresor”.

Esas palabras llenas de interpelación a la sociedad, fueron amplificadas por los medios de comunicación que dieron importante cobertura a la detención del Mallku y de otros miembros del EGTK, entre los que estaban Álvaro García Linera, que luego sería vicepresidente del país, e incitaron, podríamos decir, a que vuelva el debate, que cuestionaba de si éramos y somos un país discriminador e injusto, que tiene a la mayoría de su población, indígena por cierto, en un estado de sometimiento lacerante.

Las bombas del EGTK que no tenían objetivos civiles, sino instalaciones que proveían de servicios como la torre de electricidad, promovieron un juicio que llevó a Quispe a la cárcel durante cinco años, donde inició sus estudios de historia, licenciándose después.

Y aunque la actividad subversiva de Quispe había empezado mucho antes cuando recibió ideología y entrenamiento militar en Centroamérica, podríamos decir que esos eventos dieron inicio al “vuelo del cóndor”. Una vez purgados sus delitos subversivos, el Mallku explicó siempre, que la lucha armada, no podía dejar de ser una opción para su pueblo, ya que durante siglos, éste había sido asesinado, sometido y humillado por un sistema colonial instaurado en Bolivia, el que toma la fuerza de trabajo de los indios a cambio de casi nada.

Pese a ser un guerrillero también fue un demócrata consumado. Se presentó a las elecciones presidenciales y llegó al parlamento como diputado. Muy pronto, el indio al que un día una periodista quiso “aleccionar”, paso a ser llamado “Don Felipe “por el resto de los periodistas, que cuando escribían sobre él, nunca olvidan aclarar que se trataba de El Mallku, al que siempre recurrían como una especie de gurú de la política nacional, que podía ayudar a entender, los porqués de los problemas de fondo que aquejan y aquejaban al país.

Dueño de una vida apasionante, Quispe contó que ya de niño, su padre le hablaba de la importancia de estudiar para liberarse y liberar a su pueblo de la situación de arrinconamiento en el que se encontraba. Sin embargo, ese paso no sería fácil. Según contó, cuando ingresó a la escuela primaria se dio cuenta que para los indios, “la educación era bestial, nos pegaban con palo, nos rompían el cráneo, el castellano entraba con sangre, las salas de estudio, eran salas de tortura” y agregó que nunca faltaron quienes les recordaban que ellos, “eran indios y que habían nacido para ser sirvientes de los blancos”.

Relató además que fue en el cuartel, dónde aprendió a hacer política, cuando descubrió las mentiras de un panfleto repartido por un oficial del ejército boliviano en el que se decía que si los indios seguían la ideología de Karl Marx, serían condenados a la pobreza eterna. “Lo primero que hice al salir del cuartel fue leer el Manifiesto Comunista de Carlos Marx y comprobé que nos estaban mintiendo”, contó en una entrevista en televisión.

Y aunque él, comprendió a cabalidad la teoría comunista y sus críticas a El Capital, aceptó que no había tiempo para explicarlas en el mundo indígena por lo que era mejor adaptarlas a su vivencia. Así, admitió que en el proceso de generar conciencia en los pueblos del altiplano boliviano dominado por los aymaras, “ellos mismos produjeron su ideología, su propio paradigma y su propia pedagogía para enseñar a nuestra gente”.

Así es que Quispe empezó a rendir sus “exámenes” reivindicativos con éxito. En el 2000, puso en jaque al gobierno neoliberal del que fue dictador en los setentas, Hugo Banzer, luego de haber llenado de piedras las carreteras que llegaban a La Paz, en un operativo impresionante, que requirió la participación de miles de campesinos que rechazaban entre otros, la Ley del Agua, que pretendía privatizar ese recurso. Más tarde y en consonancia con la lucha del Mallku, el recurso natural fue declarado como derecho humano por el gobierno de Evo Morales.

Quispe no solo se hizo respetable con sus grandes movilizaciones de masas, sino con hechos simbólicos nacidos de su carácter dominante que hacía que él ponga las condiciones. Cuando ejercía presión social, rápidamente tomaba la delantera, llevando al enemigo a negociar a su territorio y quien tenía, literalmente, comiendo de su mano, mostrando así, que el hombre blanco no tenía por qué asquearse de llevarse a la boca la misma comida de los indios. Pero no sólo eso, erá él, el que fijaba los horarios de las reuniones con los ministros de Estado, en ese entonces todos blancos y formados en el extranjero, y a quienes no admitía retrasos, bajo amenaza de abandonar los espacios de negociación.

Otra de sus “víctimas” fue el ex presidente Gonzalo Sánchez de Lozada, que terminó renunciando a su mandato, tras la llamada “Guerra del Gas”, cuando su gobierno pretendía privatizar este recurso y entregarlo a capitales extranjeros a cambio de regalías por debajo del 18 por ciento. Quispe, junto a dirigentes de la ciudad de El Alto, los cocaleros del Chapare, mineros y otros como la clase media de algunas ciudades del eje, lograron frenar esa medida derrocando al gobierno que quiso llevarlo adelante.

La última hazaña político social del Mallku, ocurrió a mediados del año pasado cuando se puso a la cabeza de las protestas en el altiplano paceño, ante el afán de prorroguismo de la presidenta de facto, Jeanine Áñez, quién utilizando como pretexto, la pandemia por la Covid19, se negaba a llamar a elecciones, retrasando con ello, el retorno de la democracia al país. Tras varios días de sendas protestas de los sectores de el Mallku y otros en el resto del país, se acordó fijar una fecha inamovible para los comicios del 18 de octubre del 2020, día en que se eligió un nuevo gobierno constitucional.

Así es como Felipe Quispe, pasó de ser un humilde cargador, que por unas monedas, llevaba pesadas bolsas de productos agrícolas en los mercados de La Paz, a convertirse en uno de los hombres más influyentes del país en las últimas décadas, capaz de poner en jaque, más de una vez, al mismo sistema que lo había denigrado tantas veces.

Sin duda, el paso del Mallku, ha trastocado los cimientos mismos del propio “apartheid” que siempre tuvimos bajo nuestras narices, el mismo y que hay que seguir erradicando, porque ya viene oliendo mal desde hace siglos.


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