Volando hacia el sol poniente | Blog | teleSUR
10 noviembre 2015
Volando hacia el sol poniente

Como los pilotos del bombardero Enola Gay el 6 de agosto de 1945, volamos de noche hacia Japón. Nuestra misión, junto al productor Juan Marichal, es cubrir, para teleSUR, los 70 años del bombardeo atómico de Hiroshima y Nagasaki. Y las doce horas que se tarda en cruzar el Pacífico dan mucho tiempo para leer y pensar.

Volando hacia el sol poniente

No puedo despojarme de la profunda impresión que siempre me causó esa tragedia, ocurrida el año de mi nacimiento, pero necesito ponerla en contexto.

Después de la epidemia, la guerra es pesadilla de la historia, administrada por los militares, en la cual los amos del mundo se disputan la tierra, la riqueza, el poder y la gloria, aplicando violencia de muerte y destrucción. Las pirámides de cráneos de los mongoles, las 25 mil manos cortadas por César, los kilómetros de crucificados, las lagunas de sangre de los incas, el saqueo de África, el genocidio americano...la crueldad institucionalizada es tragedia y vergüenza de la humanidad.

Paradójicamente, la aparición de los ejércitos regulares dejó a la población civil fuera del famoso "campo de batalla", como un botín que el vencedor luego convertía en esclava o pagadora de tributo. Al "campo de honor" o a la batalla naval iban hombres jóvenes, mientras a los ancianos, mujeres y niños les quedaba llorar los muertos y esperar su suerte.

El Siglo 20 trajo la guerra mecanizada y transformó los "campos de honor" en mataderos permanentes llamados "frentes", donde los muertos pasaron a ser millones, mientras los bloqueos producían hambre y epidemias. En la Primera Guerra Mundial las bajas civiles fueron 40% del total, pero en la Segunda subieron a 67%, porque la mecanización trajo a la aviación y el bombardeo de la población civil: el horror cayó del cielo sobre las ciudades.

Inicialmente fue cosa de imperios y fascistas: biplanos ingleses castigando desde el aire a las tribus rebeldes de su imperio, los aviadores españoles arrojando gas mostaza sobre las aldeas del Rif y sus colegas italianos ametrallando impunemente a los etíopes; los japoneses en China y los alemanes en España bombardeando ciudades indefensas: Guernica, la ciudad del país vasco destruida por la Legión Cóndor, anunció al mundo lo que le esperaba.

La Segunda Guerra Mundial fue una Guernica en gran escala: los primeros años los Heinkel y Junker alemanes bombardeando Varsovia, Rotterdam, Coventry, Londres, y otras ciudades; después los aliados demoliendo e incendiando año tras años: Dresde, Hamburgo, Berlín, Tokio, Yokohama, Kobe, Osaka, Nagoya... Más de un centenar de grandes urbes fueron convertidas en inmensos crematorios para cumplir la doctrina de Sir Arthur Harris, jefe del comando de bombardeo británico: "El fin último del bombardeo de un área urbana es quebrar la moral de la población que la ocupa.

Para lograrlo debemos lograr dos cosas: primero, hacer a la ciudad físicamente inhabitable y, segundo, hacer a su gente consciente del peligro personal constante. El fin inmediato es, por lo tanto, doble: producir destrucción y miedo  a la muerte". O aplicando la doctrina estadounidense, más simple y práctica, de exterminar a la mano de obra del enemigo, como cuando Curtiss Le May y Robert McNamara, la noche del 9 de marzo de 1945 enviaron 334 cuatrimotores B-29 que lanzaron 1.700 toneladas de napalm sobre barrios obreros de Tokio, desatando un incendio que alcanzó los 1.000° centígrados en su centro, carbonizó 41 kilómetros cuadrados de la zona más poblada del planeta, mató a 100.000, hirió a 40.000 y dejó a 1.500.000 sin hogar.

En medio de estos espeluznantes autos de fe masivos, las estadísticas de Hiroshima y Nagasaki compiten en desventaja. Lo que impactó al mundo en estas dos ciudades fue la destrucción instantánea lograda por una sola bomba, el estreno de un poder hasta entonces inexistente y desconocido, el comienzo de "la era atómica" y la capacidad militar de aniquilar a la raza humana.

Pero de eso hace mucho tiempo, toda una vida, mi vida septuagenaria. Amanecerá y aterrizaremos en Tokio, desde donde Marichal y yo cruzaremos el país hasta Hiroshima y Nagasaki, en el sur, para asistir a la tristye conmemoración del 70 aniversario del martirio de las dos ciudades, interrogar a sus ruinas, hablar con los supervivientes -los hibakusha- y tratar de entender y transmitir el alcance del fogonazo que cambió la historia, la historia de todos, para siempre.


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Perfil del Bloguero
Filósofo y periodista de trayectoria, nacido en el oriente venezolano. También es escritor y articulista en medios digitales como Aporrea.org. Es conocido como “Profesor Lupa” por la fundación de un programa radial dedicado a la batalla mediática.




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