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11 enero 2015
¿Un Papa ácrata y ecologista?

En su celebración de la Epifanía del año 2015, vulgo sermoneando sobre los Reyes Magos, el Papa Francisco ha declarado que “el Poder es el Demonio”. Nada que objetar y sí mucho celebrar que la Razón más primaria haya descendido ¡por fin! sobre la Santa Sede. Nada que objetar… si exceptuamos que, disfrutando de un enorme Poder en su condición de Presidente del Estado Vaticano, debemos colegir que el jesuita Francisco es el Demonio, una conclusión a la que, desde antaño, llegaron los indígenas de medio mundo, los franciscanos y dominicos, los protestantes, el católico rey Carlos III y hasta el escritor Ramón Pérez de Ayala en su novela AMDG (1910)

¿Un Papa ácrata y ecologista?

¿Qué ha pretendido el Papa con tan estruendosa cuanto extemporánea declaración de fé en el sinpoder de la Acracia?, ¿abjurar de su anterior fé en el Dios Omnipotente o, por el contrario, recurrir a una rutinaria maniobra jesuítica para que los ácratas nos desenmascaremos? No tendría nada de raro que se tratara de esta última opción. Ya lo dijo un conocido semiólogo:

“Los jesuitas habían comprendido que la mejor técnica para desestabilizar al enemigo consiste en crear sectas secretas, esperar que los entusiastas peligrosos se precipiten en ellas, y luego detenerlos a todos. O sea, si temes una conjura, organízala, así todos los que podrían participar en ella se ponen bajo tu control” (Umberto Eco, El péndulo de Foucault, 1988)

Pero quizá no sea necesario recurrir a las mañas del jesuitismo. Para explicar este insólito ‘pietismo anarquista’ quizá baste señalar que semejante contradicción-en-los-términos es característica de la confusión que el Vaticano cultiva con sumo deleite, en la que es maestro indiscutible y cuyo verdadero nombre es ‘hipocresía’. Y es que, partiendo de una base minúscula –significar la onomatopeya ‘dios’ convirtiéndola en cosa-, los Papas han conseguido universalizar la confusión entre lo inefable y lo tangible. Desde esta perspectiva, confundir el Poder con la otra cara de su Dios –el Demonio- debe ser entendido como una tarea episcopal menor y hasta rutinaria puesto que la gerontocracia vaticana está acostumbrada a labores mayores –léase, empresariales-.

¿Pontífice ecologista?

Ahora bien, una vez confundido San Pedro con Kropotkin, ante el Papa se abre la necesidad de progresar en el espectáculo. Probablemente, su siguiente paso consista en pastorear el matrimonio entre los santos y el ecologismo, una deriva que algunos entenderán como un subidón del grado político, otros como una degradación y habrá terceros que no lo sentirán como lo uno ni como lo otro sino como un fenómeno colateral. Sea como fuere, y ya que dicen que a Francisco le gusta meterse en todos los charcos, ¿por qué no salpicarse en el tema de la relación entre religiosidad y destrucción del medio ambiente?

Sin necesidad de llegar a tan tremebundo enfoque teórico, la ocasión la pintarán calva durante la próxima visita de Francisco a las archicatólicas Islas Filipinas. En tan magno evento –protegido por policías que remedian con pañales su obligada inmovilidad- el Papa podría camuflarse de verde limón. ¿Por qué disfrazarse allá y no acá?, ¿quizá porque ese archipiélago padece una destrucción ambiental tan grave como para exigir la reprimenda papal? Pues no estarían de más algunas palabritas pontificias reconociendo el desastre pero para eso están los empíreos celestiales, para generalizar en el sermón hasta tal grado que ningún capitoste filipino pueda darse por aludido. A fin de cuentas, katolikós significa universal y el Vaticano es doctor cum laude en aquello de confundir todo, también universalización con generalización –y ambas, con banalidad-.

No, el Papa en Filipinas podría ir de pájara-pinta-sentadita-en-el-verde-limón y para ello sólo necesitaría exigir algo minúsculo que tendría gran repercusión mediática pero que, en realidad, sólo afectaría a una mafia de meapilas: que en ese archipiélago cese el tráfico de marfil. Comprendemos que semejante exigencia papal no sería demasiado popular entre los 80 millones de católicos filipinos –cochinas encuestas de confesionario- pero un golpe así, atizado en el país que lidera mundialmente el comercio de marfil para idolillos religiosos, revestiría una importancia intergaláctica. Ello por no hablar de lo contentos que se pondrían los más de 30.000 elefantes africanos que son exterminados cada año y que, imaginamos, estarán en los cielos budistas o jainitas pero, desde luego, no en el tourist resort de San Pedro.

Continuando con nuestra inédita labor de asesoramiento vaticanista, añadiríamos que, para que el sermón fuera más digerible por la oligarquía filipina, podría engarzarlo con un recuerdo al gobierno de ese país alabando que dio un ejemplo casi mundial cuando, en junio de 2013, decidió “convertirse en el primer país no africano en destruir sus existencias de marfil confiscado” (National Geographic, España, diciembre 2013)

Claro está que, si Francisco cree que pedir la prohibición del marfil podría ser interpretado por las oligarquías locales como una intromisión en sus asuntos internos -aunque jamás lo sería en un país tan beato como Filipinas-, le proponemos otra medida que le compete exclusivamente al Vaticano: que entregue a la justicia civil a Monseñor Cristóbal García, cacique de Cebú y, por ende, Padrino del mayor centro de contrabando de marfil: el desarrollado alrededor de la adoración al Santo Niño de Cebú, culto con epicentro en una provincia eclesiástica con cuatro millones de feligreses donde la idolatría marfileña ha llegado al extremo de que, en cebuano, garing significa marfil pero también imagen divina.

Si Francisco no se atreve a reconocer que la justicia no es sólo la suya –es decir, divina- sino que también es civil, podría acogerse a que Mgr. Cris García fue procesado en los USA por pederastia y nadie en el mundo negaría que la justicia gringa es el reflejo de una perfecta hibridación entre la teocracia y lo democracia por lo que la transición entre ellas sería ejemplar y permitiría a la Santa Sede seguir jugando con dos barajas. En cuanto a la persona de Cris, no sólo se lo recordamos nosotros que somos réprobos y relapsos de nacimiento sino que lo publicó una revista tan poco sospechosa de anticlericalismo como el National Geographic. La misma revista que retrata a Cris como acaparador y como un capo del contrabando de marfil –además de ser “un hombre rollizo, de mirada estrábica y rodillas artríticas”- y que tampoco ahorra detalles sobre alguno de sus cómplices y subordinados.

Por ejemplo, sobre el cura Vicente Lina Jr., más conocido como Padre Jay, pájaro pinto que reconoce que las imágenes modernas son de marfil contrabandeado pero lo justifica seráficamente: “Es como enderezar lo que estaba torcido, se compra marfil de origen turbio y se transforma en un objeto espiritual”, un modo de razonar impecablemente ortodoxo dentro de una religión que tiene como logotipo y máximo tótem un instrumento de tortura mortal –la cruz-. Pero la ortodoxia se desliza insensiblemente hacia la delincuencia internacional; es exactamente el camino de perfección recomendado por Jay cuando concluye que “Animo a la gente a que compre piezas nuevas, así la historia de la imagen empezará con ellos” (ver, Bryan Christy, “Marfil de culto”, en National Geographic, España, octubre 2012)

Fíjense que estamos aludiendo a unas pequeñas medidas locales, ni siquiera estamos insinuando que, si de verdad el Vaticano quiere ir de ecologista –repetimos, como sucedáneo, progreso o todo lo contrario del acratismo-, podría comenzar por suscribir la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Flora y Fauna (CITES) que, desde 1989, es el tratado mundial más importante contra el tráfico ilícito de plantas y animales. Pero no aspiramos a tanto porque, al tener rango de Convención, el CITES es vinculante y, caso de suscribirlo y ratificarlo, ¡ay!, el Vaticano tendría serios problemas para engrosar su tesoro e incluso para inventariarlo. Además, si recordamos la proverbial renuencia vaticana a suscribir cualquier Convención e incluso simple Declaración que tenga que ver con los Derechos Humanos, esperar que se preocupe por los otros seres vivos sería del género iluso.

Ahora bien, si los anteriores consejos no son escuchados por Francisco, como ultima ratio recurriremos al vil metal: “Señor Papa, la prohibición del contrabando de marfil sería muy bien acogida por su ministro de Finanzas puesto que, al cortarse el ingreso al mercado de los nuevos marfiles, los viejos que Usted atesora subirían vertiginosamente de precio. Es la economía estúpi… perdón, Santidad”.

Por Antonio Pérez


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Perfil del Bloguero
Filósofo y periodista de trayectoria, nacido en el oriente venezolano. También es escritor y articulista en medios digitales como Aporrea.org. Es conocido como “Profesor Lupa” por la fundación de un programa radial dedicado a la batalla mediática.




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