Trump: Keynes contra Hayek

Como bien se sabe, el término democracia no es el más indicado para calificar el sistema político estadounidense. Un vocablo más justo es plutocracia. De Pluto, dios griego de la riqueza, y kratos, poder. No se trata, pues, del gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, según la célebre expresión de Abraham Lincoln, pronunciada al término de la batalla de Gettysburg, sino del gobierno de los ricos, por los ricos y para los ricos.

Trump celebró su elección como personaje del 2016

Pero si bien esta realidad es evidente, también lo es que ligar la palabra democracia al sistema político estadounidense es casi un acto reflejo. Por eso podría decirse que ese sistema es una plutocracia con divisa democrática. Y de este modo la caracterización es más descriptiva y justa.

Esto ha sido así a lo largo de los más de 200 años de vida independiente de Estados Unidos. De modo que en esta materia no existe diferencia alguna entre los gobiernos, por ejemplo, de Kennedy, Johnson, Reagan, los dos Bush, Clinton, Obama y el que habrá de encabezar a partir del 20 de enero próximo Donald Trump.

Todos ellos gobiernos imperialistas, hasta ahora la más visible diferencia entre Trump y sus predecesores de los últimos 40 años es la política económica. Neoliberal, globalizadora, generadora de desempleo y concertadora del ingreso a partir de Ronald Reagan, ahora Trump ofrece, al menos verbalmente, una política económica keynesiana, generadora de empleo y redistribuidora del ingreso.

Y una segunda diferencia, hasta ahora sólo presente en el discurso de Trump, es una menor o menos evidente predisposición al uso de la guerra como medio de dominación económica.

Estas dos ofertas de Trump (retorno al keynesianismo y menos guerrerismo) fueron la clave de su victoria electoral. El rico empresario neoyorkino supo y logró capitalizar el descontento popular contra la globalización y el guerrerismo desatado. Y apenas si era lógico. Cuatro décadas de continuo empobrecimiento popular y los traumas y secuelas sociales y mentales de guerras, tan inútiles como sangrientas, fueron la catapulta de la insurrección electoral del 8 de noviembre de 2016.

Puesto el asunto en términos de doctrinas económicas, podría decirse que asistimos al enfrentamiento entre John Maynard Keynes y Friedrich von Hayek. O en términos político-personales entre Franklin Delano Roosevelt y Ronald Wilson Reagan. O en términos de medios de vida, empleo contra desempleo y salarios satisfactorios contra salarios basura.

¿Qué tiene de extraño entonces que frente a esta disyuntiva económica la clase obrera y otros sectores populares y significativamente las mujeres, la mayor parte de todos ellos sin educación universitaria, sufragaran mayoritariamente por Trump? Las mujeres, por si alguien lo ha olvidado, son ellas mismas proletarias o esposas o parejas de proletarios. ¿Y no son las mujeres y los proletarios quienes menos oportunidades y posibilidades tienen de asistir a la universidad?

Todavía no se puede saber, desde luego, si Donald Trump cumplirá su ofrecimiento de una política económica de corte keynesiano. Pero ya hay algunos indicios de que está abandonando o tiene el propósito de abandonar las absurdas tesis económicas hayekianas, tan gratas a Margaret Thatcher, Ronald Reagan, Augusto Pinochet, Saúl Menem y Mauricio Macri, entre otros practicantes y propagandistas de la globalización y del Consenso de Washington.

Pero ya está muy claro que Trump ha venido a representar la ruptura con la ideología neoliberal a la que la humanidad debe en buena medida sus penurias y sufrimientos actuales. Sobre todo el desempleo y la precarización laboral. Y esta ruptura, más allá de condenas y descalificaciones, tiene que ser bienvenida.


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Perfil del Bloguero
Economista y profesor de Economía Política. Fundador y director del Centro de Estudios de Economía y Política. Es columnista del diario El Sol de México, del catorcenario Siminforma, del diario Rumbo de México, entre otros medios. Analista político en distintos programas de radio.
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