El niño enfermo y la apuesta de Pascal

En alguna parte de su monumental obra, Federico Engels dice que las creencias en dioses y otras fuerzas sobrenaturales, creencias propias del hombre primitivo, eran producto de sus limitadas concepciones, de su incapacidad para buscar y encontrar explicaciones racionales a los fenómenos de la naturaleza.
Así fueron creados, por ejemplo, el dios Rayo, la diosa Lluvia, el dios Viento. Todavía hoy existen comunidades en las que se practica esta suerte de deísmo de la naturaleza.

El niño enfermo y la apuesta de Pascal

Hoy, sin embargo, el desarrollo de la ciencia ha eliminado como causal de la religiosidad esas concepciones limitadas.

En los siglos XI y XII la población europea calificó como un castigo divino la epidemia de peste bubónica que se llevó a la tumba a un tercio de los habitantes del Viejo Continente. Este atribuir aquella hecatombe sanitaria y demográfica a la ira divina tenia su lógica: no se conocía el origen microbiano de enfermedades, infecciones y epidemias.

Pero en el siglo XX nada tiene de lógico considerar como castigo divino una epidemia mortífera, cual hizo el presidente Ronald Reagan con la de sida que a comienzos de la década de 1980 empezaba a asolar a la humanidad. La ciencia no buscó culpables divinos. Simplemente, y con base en la doctrina germinal o pasteuriana de las enfermedades buscó, hasta encontrarlo, al agente microbiano productor de la aterradora patología, hoy ya curable.

¿Que llevó a Reagan a formular su célebre declaración en una época en la que no caben ese tipo de explicaciones palmaria y probadamente anticientíficas? No sería, desde luego, un asunto de concepciones limitadas. Hombre de su época, conocía la teoría, miles de millones de veces comprobada desde los tiempos del gran químico francés Luis Pasteur, del origen germinal de las enfermedades. ¿Qué lo habrá llevado a emitir tan bárbara tesis? ¿Una ceguera ideológica? ¿Sus concepciones religiosas? ¿Una cerrazón mental propia de individuos del Medioevo?

Hace unos 40 años, mi hijo mayor, hoy capitán del Ejército Mexicano, presentó, siendo niño y tras un golpe accidental en la cabeza, síntomas de una meningitis traumática. Llevado enseguida al hospital, el sabio pediatra diagnosticó certeramente la dolencia. Y prescribió lo que el llamó un bombazo de antibióticos. De gentamicina, concretamente. “Con esto, licenciado, y el favor de Dios, el niño estará bien”. Y así fue. A las pocas horas el chiquillo recuperó la salud.

El doctor Héctor Azuara Gutiérrez, todavía vivo y activo, por fortuna, actuó científicamente, pero no dejó de invocar a Dios en respaldo de su calificado proceder médico.

Esta conducta no es rara. La ciencia provee los medios para curar al enfermo, pero a los científicos que la practican les da miedo (o prefieren) no atenerse exclusivamente a su sapiencia, experiencia y conocimientos. Y se apoyan, quizá sin saberlo en la célebre “Apuesta de Pascal”:“Si digo que Dios existe, y existe, me salvaré; si digo que Dios no existe, y no existe, no me condenaré; si digo que Dios existe, y no existe, nada pasará; pero si digo que Dios no existe, y existe, me condenaré. Es preferible, en consecuencia, decir que Dios existe, sin importar si existe o no existe”.

Así proceden miles de millones de personas alrededor del mundo. Personas educadas, cultas, con amplia formación científica hacen la apuesta de Pascal. Sin duda hay algo de racionalidad en ello. Blas Pascal era un racionalista. Pero tampoco hay duda de que siglos de educación en la ideología religiosa, en cualquier ideología religiosa, les impiden desembarazarse de la apuesta de Pascal. 


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Perfil del Bloguero
Economista y profesor de Economía Política. Fundador y director del Centro de Estudios de Economía y Política. Es columnista del diario El Sol de México, del catorcenario Siminforma, del diario Rumbo de México, entre otros medios. Analista político en distintos programas de radio.
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