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7 julio 2017
De cuando la guerra nos tomó por asalto

No es una fosa clandestina ni el lugar de un asesinato múltiple o la última huella que dejó un desaparecido. No: esta tarde de 2011, la imagen más dura que nos encontramos el camarógrafo Ahmed Velázquez y esta reportera al llegar al municipio de Torreón, en el estado de Coahuila, son las miradas de los lugareños cargadas de una esperanza tan grande, casi en tono suplicante, que nos sobrepasa.

De cuando la guerra nos tomó por asalto

Es tan grande, que no atinamos a decir nada.

-Gracias, gracias por estar con nosotros
-Muchas gracias, gracias por venir hasta acá para decir lo que está pasando.
-Señores periodistas, gracias por venir a escucharnos.

Unos lo dicen tratando de ocultar las lágrimas; otros, con la voz temblorosa de emoción y miedo. Algunos tratan de abrazarnos y nos dan la bendición porque, junto a más reporteros y activistas, participamos en la llamada “Caravana del Consuelo” que salió el 4 de junio de la Ciudad de México rumbo a Ciudad Juárez, para recoger voces de las víctimas de la violencia y también consolarlas y acompañarlas.

Pero a esta hora, somos otros los que necesitamos consuelo. Ahmed y yo nos hemos quedado mudos. Él acomoda su tripié y yo coloco el micrófono junto a las bocinas, me ubico junto a los compañeros fotógrafos y al escuchar el sollozo de una colega, no aguanto más. Somos varios los que no aguantamos más y solo decidimos llorar abrazados, abrumados por las heridas de una guerra que apenas empezábamos a mirar de cerquita. Una guerra que, varios años antes, nos tomó por asalto.

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Empezó con una palabra: “ejecutados”. Estando en la redacción de un diario de mi estado natal, Nuevo León (al noreste de México), las notas de violencia empezaban no solo a llenar la sección de nota roja sino a llegar cada día a la portada de los periódicos.

Diciembre de 2006. El entonces presidente Felipe Calderón declaró la guerra contra el narco. Apenas cinco meses después, fueron desaparecidos (no escribo “desaparecieron”, porque hay responsables), el reportero Gamaliel López y el camarógrafo Gerardo Paredes, de la televisora estatal TV Azteca.

Se escucharon muchos rumores y especulaciones pero cuando los reporteros preguntábamos a las autoridades qué había pasado, qué pistas, qué avances llevaban en las investigaciones solo respondían eso: “estamos investigando”.

“Estamos investigando” seguían cuando empezaron a aumentar las cifras de desaparecidos que fueron convirtiéndose en decenas, luego centenares, miles.

Y la palabra esa “ejecutado” se la adjudicábamos a quienes eran asesinados con rasgos de violencia vinculada al narcotráfico: disparos de arma de fuego de alto calibre, sin robo de pertenencias, señales de tortura previa o si estaban acompañados por mantas con el mensaje del grupo autor del asesinato.

Las bautizamos como “narcomantas”. Y a los ejecutados, dentro de las redacciones, “muertitos” o en clave policial “5-1”.

-Que hay un cinco uno en el centro, decía un compañero antes de ir a cubrir una de esas ejecuciones que, por el hecho de serlo, parecían valer menos que cualquier otra muerte.

Y los medios -especialmente los televisivos- competíamos por llegar primero al lugar del crimen para transmitir los hechos en vivo y en directo. El rating de la sangre.

Había emoción en nuestras producciones de noticias por tener el primer enlace, la información más fresca, los mejores contactos, especialmente en el área de seguridad, que reportaran detalles de los crímenes y sus víctimas. Pero eran justo ellas, las víctimas, las que rara vez -a menos que tuvieran un apellido destacado o cuyas vidas mostraran algún rasgo particular- llegaban a las portadas. Los llantos y silencios en las casas, las familias rotas, el cuarto vacío para siempre, quedaron relegados para las secciones o coberturas de temas sociales o derechos humanos. Y no ocupaban mucho espacio tampoco en la televisión. Es que las lágrimas no cabían. No cabían.

El gobierno jugó también su papel en el show de la violencia. De manera constante, convocaba a conferencias de prensa para anunciar tal o cual golpe a los cárteles del narco y presentar, como en espectáculo, a los detenidos. Espectáculo también era el video con las imágenes del traslado de los líderes delictivos o de cómo fue su detención o de los interrogatorios que les hacían las autoridades. Muchas veces tuve que insistir -como si se tratara de material exclusivo- para contar con esas piezas audiovisuales que en la noche aparecían sin falta en los noticiarios de mayor rating del país. El show de la justicia en cinco, cuatro, tres, dos...

Los muertos se nos fueron acumulando. Recuerdo una vez, estando de guardia en la redacción, que alerté a editores sobre un enfrentamiento que dejó cinco muertos. “¿Solo cinco muertos?”, me preguntó uno de ellos, “Si no son de diez para arriba no son nota”.

Varias redacciones iniciaron sus recuentos diarios de fallecidos en el “México Rojo”. Había discrepancias con las cifras que reportaban las fiscalías y, como era de esperarse, las estadísticas de los medios eran superiores a las de las autoridades. Con ello, por supuesto, eran más creíbles.

Entonces comenzaron a hablarnos los ausentes. Lo hacían a través de sus hijos, esposos, hermanos, madres y padres que participaban cada 10 de mayo en las caravanas a la Ciudad de México para la no celebración del Día de las Madres. Las caravanas se fueron haciendo más numerosas. Y los medios, más atentos.

El gobierno quiso maquillar el drama nacional de las desapariciones llamándolas “personas no localizadas o ausentes”. Y ahí , queriendo suavizar el delito, incluía a todas, hasta las desapariciones forzadas.

La desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa representó la puñalada mayor en el corazón concentrado de las víctimas. En la extraordinaria cobertura del caso y en la exigencia permanente de justicia, están representadas miles de familias laceradas por este problema.

Van casi tres años de la masacre de Iguala y ya pasaron seis desde la primera caravana por la paz y desde acá, lejos de mi México, observo cómo la guerra se sigue escribiendo con la sangre de los colegas que reportean historias de narco, de aquellos que viven con miedo por el riesgo de contar lo que ocurre en los pequeños pueblos y municipios, de los que tienen que autocensurarse por mantener el simple derecho a seguir respirando, de quienes denuncian, aprenden y dan voz; de los activistas que, buscando justicia, también han quedado en el camino. Una guerra que, a la distancia, nos sigue asaltando.

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-¿Saben por qué estoy seguro de que la vida le va a ganar a la muerte?, pregunta el activista Julián LeBarón en este mitin de Coahuila, un estado que en ese mismo año dos mil once, vivió una matanza en el municipio de Allende que no se sabrá sino hasta años más tarde.

Muchos seguimos conmocionados. Hasta en el video se alcanzan a escuchar los sollozos de la periodista que grabó el discurso. Contemplamos, entonces, el desfile de un llanto multiplicado.

-Nosotros vamos a ganar porque a nuestro dolor ya le podemos agregar alegría..La vida, por el hecho de serlo, es invencible. ¡Que levante la mano el sicario entre nosotros! ¿Nadie, algún secuestrador? Pues aunque lo hubiera, no se atrevería a levantar la mano ¿Se dan cuenta de nuestro poder?


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Perfil del Bloguero
Reportera mexicana. Presentadora de "Conexión Global" y "Temas del Día" en TelesurTV. Ha trabajado como reportera en distintos medios mexicanos en coberturas enfocadas a temas sociales y seguridad. Participó en el libro "La Travesía de las Tortugas", sobre perfiles de los 43 normalistas de Ayotzinapa (Ediciones Proceso, 2015). Tiene un libro de poesía "Recinto de mareas" (UANL, 2011).




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