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Limpiar las palabras de la revolución

| Foto: notas.org.ar/

La revolución venezolana, no podía ser de otra forma, creó su propia lengua. Las palabras que en los demás países son propias de organizaciones, carreras universitarias o memorias, acá se hicieron de masas.

Cada época tiene una lengua. A veces el presente, esa brutal inmediatez 2.0, no permite verlo, y resulta útil mirar al pasado. Buscar en otros momentos políticos y ver qué palabras le daban forma, sentido y perspectiva a las fuerzas que pugnaban por transformar y mantener el orden. Se puede indagar en la poesía, con esa condensación musical de las palabras, en volantes, declaraciones, ensayos. Allí se puede rearmar un mundo y ver lo que ya no existe. Las palabras quedan a veces encerradas en otros tiempos, como marca de lo que se intentó.

La revolución venezolana, no podía ser de otra forma, creó su propia lengua. Las palabras que en los demás países son propias de organizaciones, carreras universitarias o memorias, acá se hicieron de masas. Socialismo, empoderamiento, democracia participativa, revolución, bolivarianismo, imperialismo, formaron la lengua política. Todo Ministerio es “del poder popular”, quien sea parte del chavismo es “revolucionario” y el Comandante es “eterno”, por ejemplo.

Durante el transcurso del proceso revolucionario, esa lengua cambió. Por decisión de Hugo Chávez en parte. Cada etapa tuvo ideas/palabras fuerza. Primero fue un proyecto nacionalista con alusiones a una tercera vía y reconstrucción del proyecto independentista traicionado. Luego -en el 2005- vino la idea del socialismo, que a su vez maduró hasta sintetizarse en la dirección del Estado comunal. Entre el líder nacionalista y el que planteó destruir el Estado burgués ¿existió una transformación de estrategia o cambió según avanzaba/hacía avanzar la sociedad en sus aprendizajes?

Hugo Chávez manejaba ese tiempo con una capacidad extraordinaria. Pedagogo para millones por radio, televisión y actos, explicó ideas durante horas, días, años, hizo que fueran adoptadas como propias por quienes, años antes, nunca se hubieran imaginado ocupar ese lugar político. Las revoluciones -valga la necesaria obviedad- se hacen con las personas de cada tiempo, en gran parte alienadas, colonizadas, con sueños de consumir celulares y plasmas, que en Venezuela votaban, por ejemplo, al partido Acción Democrática. La base social del chavismo no cayó del cielo.

Una fotografía de la Venezuela 80-90 y una del año 2012, muestran la dimensión del recorrido. El país cambió 360 grados y cada fuerza -la transformadora y la conservadora- creó una lengua propia, única y sobre todo irrepetible.

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Entre lo que nombra una palabra y la realidad existen tensiones, promesas, pasos y frustraciones. La palabra puede empujar, operar como invitación a construir, proyectar un futuro. ¿Cuál es la distancia entre lo que se nombra y lo que existe? ¿De qué habla una sociedad en una etapa determinada? ¿Cuáles son sus imaginarios, valores, identidades y cómo partir desde allí para construir el proyecto al cual se quiere ir?

En Venezuela esa relación parecía clara hasta los años anteriores. La lengua de la revolución describía al país, a la fuerza social transformadora, proyectaba un horizonte de temporalidad impredecible -el socialismo- con pasos concretos en esa transición. Entre las palabras y las cosas, existía una conexión visible, casi posible de tocar. Lo que se decía era lo que se vivía, lo que se vivía buscaba construir lo que se decía.

La etapa cambió a partir del 5 de marzo del 2013, con la partida de Hugo Chávez. Con ese cambio se modificó la correlación entre las fuerzas, las tácticas, las alianzas continentales, los liderazgos. No fue brusco, sino que con los meses/años la épica y la sensación de victoria que habitaban el país, se hicieron opacas, menores, entremezclaron con la crisis desatada que rige estos días.

Con la modificación del escenario las palabras se fueron gastando. La lengua de la revolución se distanció de la lengua de la gente y viceversa. El cotidiano se volcó hacia la persecución de los productos acaparados por los monopolios económicos y se alejó del mundo por-venir planteado desde la aparición de Hugo Chávez en 1992.

Cada vez tomó más fuerza el presente como asfixia económica, y el futuro se hizo incierto. Esa fue y es parte central de la estrategia de la derecha, el desgaste de la política, las emociones, la épica. ¿Cómo enfrentarla? ¿Cómo trabajar las palabras, situarlas en esta nueva etapa, lograr que hablen lo que se habla en las calles para rearmar en las mayorías una posibilidad de país-promesa en el marco de la revolución?

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Se trata de un desafío comunicacional. El proceso revolucionario debe recrear su lengua, interpelar a un cotidiano que descree en forma creciente de la política, siente que esta se aleja de sí. Los grandes discursos asentados sobre la épica independentista hacen agua, las peleas diarias entre dirigentes alejan a las bases, la repetición del concepto de guerra económica cada vez interpela menos, no rasca donde pica -como dijo el cacique chaqueño- ¿De qué habla la gente? ¿Qué quiere escuchar?

Esto no significa desechar el acumulado de palabras, sino reordenar y buscar palabras nuevas, saber que en esta etapa de reflujo la lengua no puede quedar como vanguardia desprendida. Menos aún tiene que ver con cuestionar el horizonte del proyecto. Se puede volver a la pregunta inicial y contestarla así: Hugo Chávez profundizó su discurso a medida que encontraba respuestas en el pueblo, lo acompañó en el proceso. Utilizó las palabras para profundizar. Si se retrocede políticamente, ¿no se debe entonces también repensar la lengua para volver a conectar con las mayorías? ¿No es mejor poner a descansar algunas palabras?

No se trata de un asunto de dirección formal de la revolución, del discurso del presidente Nicolás Maduro, sino de la construcción política en esta etapa en términos generales, desde la lengua institucional y la de los movimientos populares, hasta la forma de construir procesos de organización y movilización en los territorios. ¿Se debe convocar desde consignas que apelen al “comandante eterno”, “la lealtad”, “patria o muerte”, o se debe interpelar, invitar desde las problemáticas concretas de la gente para vincularlas nuevamente al gran proyecto?

¿Cómo se propone hoy, en un barrio, la construcción de una comuna? ¿Qué palabras (no) usar en una nota de prensa, una entrevista, una crónica?

No tengo las respuestas. Sí el diagnóstico: estamos ante la obligación de volver a construir una lengua al interior de la revolución, nuevos códigos -estéticos, por ejemplo- volver a atrapar lo que se dice en las calles, las colas, las barriadas, para desde ahí traducirlo a la propuesta política. Es complejo por estar inmersos en la 2.0, la inmediatez brutal que dificulta ver con claridad. Seguramente, para lograrlo, haya que renacer desde donde se nació: la gente. Es hora, como decía Julio Cortázar, de limpiar las palabras.

Publicado en notas.org.ar

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