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 Trump: años 30 o neoreaganismo, impacto de la crisis que se viene y respuestas desde la periferia para salir de la trampa

| Foto: Reuters

á que esperar al 20 de enero de 2017 para observar las medidas concretas. Y ver cómo se resuelven las contradicciones discursivas, las incoherencias de una melange de vagas propuestas con la presión cruzada de los lobbies financieros y corporativos transnacionales.

Resulta necesario evaluar los impactos geopolíticos de una inminente Presidencia de Donald Trump a nivel global y su incidencia en América Latina.

A tres semanas del triunfo electoral de Trump, no hay certezas acerca de la  futura estrategia económica del nuevo Gobierno de Estados Unidos. La reacción inicial tanto de los medios de opinión, que casi en su totalidad apoyaron a Hillary Clinton, como en los mercados financieros y en una gran parte de la intelectualidad tanto conservadora como progresista, es la incertidumbre y el temor.

Me inclino a ubicarme a mitad de camino entre quienes sostienen que nada va a cambiar y quienes creen que habrá un giro dramático en cuestiones económicas, más allá de las preocupantes realidades que afrontan las minorías ante el reverdecer del racismo, el odio y la intolerancia.

Concuerdo con quienes piensan que los lobbies harán muy dificultoso el cumplimiento de muchas de las promesas de campaña de Trump, más allá de las legítimas dudas en la veracidad de las intenciones expresadas.  Por ahora solo se sabe que EE.UU abandona el acuerdo Transpacífico TPP, pero habrá acuerdos bilaterales de comercio, lo que augura menos libre comercio y más poder negociador para EE.UU.

Así Estados Unidos no irá hacia un aislacionismo económico, sino a un aperturismo  más restrictivo y desigual para terceros países. No habrá una extrema “solidez” en los muros migratorios, productivos ni financieros. Será un muro algo líquido, propio de un conservadurismo contradictorio entre lo arcaico y lo postmoderno.

Pero sin duda muchas cosas cambiarán y la profundización de las tendencias aperturistas y globalizantes encontró sus  límites más allá de Trump. Es más Trump: es el emergente, guste o no, del creciente malestar con la globalización neoliberal.

Habrá que esperar al 20 de enero de 2017 para observar las medidas concretas. Y ver cómo se resuelven las contradicciones discursivas, las incoherencias de una melange de vagas propuestas con la presión cruzada de los lobbies financieros y corporativos transnacionales.

En términos financieros, Trump propuso derogar la “Dodd Frank Act” reforma financiera que implicó algunos tibios avances en la regulación bancaria, aunque alejados de las propuestas reformistas más profundas incluso de las de Paul Volcker ex titular de la Reserva Federal de los EE.UU y partícipe de la reforma.

En principio la promesa era retornar el modelo de la “Glass Steagall Act”  que inspiró la separación de la banca comercial de la de inversión en los años 30, luego de la crisis en 1929 de la burbuja especulativa de los años 20. La “Glass Steagal Act” fue derogada a fines de los años 90 en el gobierno del esposo de Hilary Clinton ante las presiones del sistema financiero global.

Diez años después la casi totalidad de la banca de inversión de EE.UU se hundió en la crisis de 2008 a partir de la burbuja especulativa en activos complejos y tóxicos que la desregulación financiera generada en la era Clinton provocó.

Dos de las entidades sobrevivientes de esa crisis son Goldman Sachs y JP Morgan. Los CEOS de ambos bancos son los actuales candidatos a Secretario del Tesoro en la era Trump. La casi totalidad de los funcionarios del área económica en EEUU en los últimos 20 años, tanto con gobiernos demócratas como republicanos pasó antes y después por Goldman Sachs. Su paso por el Estado es transitorio y al servicio de intereses privados permanentes.

Cuesta creer que los ejecutivos de dichos bancos implementen medidas que corten de cuajo la especulación financiera e implementen un modelo nacionalista de carácter productivo, al menos hasta la ocurrencia de una  próxima e inevitable crisis económica de la globalización financiera.

Es difícil imaginar la sustentabilidad de una burbuja que la crisis de 2008 apenas morigeró, a pesar de las profundas consecuencias negativas globales de dicha crisis. El crecimiento de los activos financieros globales  sigue siendo 7 veces!  el valor de la producción mundial como 8 años atrás, muy lejos de la  relación de 1,75 veces de 1980, pre-desregulación financiera. La depuración de esa desmesura está pendiente y es inevitable.

Es razonable esperar que la era Trump guarde similitudes con la era Reagan. Bajo la bandera de la recuperación de la supremacía americana, como ocurrió en 1980, es esperable una baja en los impuestos a los ricos, y un aumento en el gasto público para el fortalecimiento del complejo militar, combinados quizás con algunos incentivos a  las transnacionales americanas para que repatrien algo de la producción  altamente transferida a países de bajos salarios.

Reagan exhortaba a las automotrices y otras industrias a producir más en Estados Unidos y menos en Japón. No lo logró y la desindustrialización en Estados Unidos avanzó sostenidamente, sin que los demócratas Clinton ni Obama revirtieran esa tendencia  Habrá que ver si Trump cumple con la retórica a los votantes de las ciudades trabajadores que perdieron sus trabajos fabriles  y que lo apoyaron masivamente, en la esperanza de volver a un EE.UU con industrias y empleos estables como ocurrió hasta los años 70.

Con todo las medidas de menos impuestos y mayores gastos militares y de endeudamiento, generará un incremento del déficit fiscal, como ocurrió en las eras de Reagan y Bush padre e hijo.  Estas medidas que si adoptará Trump beneficiarán a sus pares, parte minoritaria de su electorado pero que si tendrá más expectativa de ver retribuidas sus expectativas que la base social mayoritaria de su electorado, sectores medios y empobrecidos que sufrirán  recortes en gastos sociales y en salud.

Eso implica en términos económicos un regreso triunfal  de la economía de la oferta,  el “suply side” que incluye un mayor endeudamiento de EE.UU y subas en la tasa de interés. Como en esos años una política fiscal expansiva con sesgos de inequidad y una política monetaria contractiva, que limite desde dicho enfoque, las presiones inflacionarias del modelo.

Esta combinación profundizará  el complejo contexto que afronta la región  tanto por el lado comercial como por el lado financiero, como ocurrió en los años 80 y en la mitad de los años 90.

Mayores tasas de interés en EEUU generarán una apreciación mundial del dólar y un mayor flujo de capitales a los Estados Unidos, bajo la forma de deuda pública y privada en dicho país.

La apreciación del dólar siempre provoca una caída en los precios de los commodities que América Latina y otros países en desarrollo exportan, lo que afectará al balance comercial de la región, profundizando la restricción externa iniciada en 2014.

Este mecanismo que afecta por el canal comercial fue parcialmente compensado en la región por un creciente endeudamiento externo. Pero una suba en la tasa de interés en los Estados Unidos frena el ingreso de capitales a la periferia como el mismo Guillermo Calvo preconiza hoy desde la ortodoxia,  con el mismo tono admonitorio que meses antes del  denominado “efecto tequila” en 1994, que generó una fuerte crisis en nuestra región.

El previsible cambio de dirección en el sentido de los capitales financieros hacia los EE.UU, genera un canal financiero a la crisis, que agrava el drenaje por la vía comercial. No solamente se vuelve inviable el endeudamiento en América Latina sino que además de alejar a los capitales especulativos atraídos por mayores tasas en EE; UU se empieza a generar una fuga de capitales de los países de la periferia a EE.UU. “Nihil novum sub sole”.

Con lo que el escenario global esperable se parece al de fines de los años 70 y al de 1994 que produjo fuertes devaluaciones en la región, ante el agravamiento del déficit de balance de pagos y la consecuente pérdida de reservas, que originaron un final de ciclo del endeudamiento y corridas bancarias y cambiarias además de una fuerte recesión en la región.

En Argentina los factores deflacionarios globales fueron compensados hasta 2014 con una política de defensa del mercado interno, con políticas monetarias y fiscales de carácter anticíclico y medidas que impulsaron el consumo popular a partir de una redistribución más progresiva de la riqueza. Así Argentina creció aún en 2015 cuando las restricciones del juez Griesa, la caída de los commodities, la recesión global y las expectativas fogoneadas con espíritu destituyente, en un año electoral, afectaron a la economía nacional.

Otros países de la región con políticas ortodoxas no pudieron compensar los mecanismos de transmisión de la crisis global. Por cierto en todos nuestros países con la solitaria excepción de Bolivia no pudieron escapar a la restricción externa, que más allá de los avances logrados en la primera década del siglo, afectaron a nuestros países estos últimos años.

Por cierto que los vientos autoritarios y la recesión europea le dan al teatro global un componente que recuerda a los años 30. El grado de proteccionismo global que el nuevo escenario consagre, reforzará este preocupante paralelismo con los años previos a la segunda guerra mundial.

Pero aún imaginando que no haya una desaparición total de los vientos librecambistas y que Asia genere políticas de crecimiento que atenúe los riesgos recesivos y deflacionarios, el nuevo escenario global entraña serios riesgos al mundo en desarrollo, y en particular a una América Latina con preeminencia de la derecha a partir de la elección de Macri y el golpe blando a Dilma, que con una agenda vieja para un mundo nuevo, no previó este escenario.

Argentina que revirtió la recuperación de 2015 por la recesión auto infligida por las políticas de Macri, sufrirá particularmente el nuevo contexto.

El gobierno macrista en lugar de fortalecer el mercado interno, con la adopción de la apertura importadora y financiera, la devaluación, las altas tasas de interés, los tarifazos, la eliminación de las políticas de estímulo al consumo con pérdidas de salario real,  apostó a un crecimiento basado en supuestas inversiones extranjeras y mayores exportaciones de productos primarios. El problema es que la era Trump no favorece inversiones a la periferia ni genera expectativas de mejores precios o cantidades exportadas.

En 2016 quedó solamente el mecanismo de la deuda para paliar los mayores desequilibrios productivos, fiscales, externos y sociales de nuestro país. Por lo antes explicado, apostar a un nuevo ciclo de endeudamiento se torna imposible en este contexto.

El actual escenario golpea entonces a toda la región. Pero afecta especialmente a México con una fuerte exposición al comercio con los Estados Unidos y afectará a otros países de la región con fuertes lazos con la economía norteamericana a través del comercio y las remesas de los migrantes expuestos a mayores restricciones y menores ingresos.

También se verán afectados los países de América Latina que dependen del refinanciamiento de sus deudas públicas y privadas.

Más allá de vituperar a Trump y exponer los riesgos de lo que se viene, lo cierto es que se abre un escenario complejo pero que genera oportunidades. Habrá que ver la reacción de los gobiernos de derecha de la región que se quedaron atrapados por miopía ideológica y los intereses corporativos, pedaleando en el aire la bicicleta financiera.

La derecha de los años 30 no tuvo más remedio que tomar medidas pragmáticas de fomento del mercado interno para salvar sus intereses permanentes y aventar riesgos políticos del paradigma de la izquierda.

El colapso del socialismo y la transmutación al neoliberalismo económico de la socialdemocracia en el Norte y en algunos países de la región, favoreció que la ultraderecha sea canal y voz de  la protesta y la expectativa de quienes antes simpatizaban con las distintas variantes de la izquierda global.

Un fantasma recorre ya no solo Europa sino el Hemisferio Norte todo, pero un fantasma que será tan aterrador dependiendo de cómo nosotros afrontemos la realidad. Bienvenido sea que se caiga el velo de la derecha pura y dura que nos saque de la zona de relativo confort de una anomia dependiente con mejores formas si ganaba Clinton.

Es hora que quienes encarnan valores nacionales populares y progresistas, defiendan con firmeza los logros obtenidos, analicen honestamente los errores cometidos y las oportunidades desperdiciadas y conviertan este desmadre en un factor de oportunidad:  es decir viabilizar un andamiaje político fuerte que promueva un paradigma verdaderamente alternativo de soberanía nacional , en realidad regional, que sea capaz de promover  los cambios estructurales y sociales necesarios para generar desarrollo sostenido y sustentable con equidad.

No es Trump, es salir de la trampa de nuestras propias limitaciones y ataduras. Es la batalla cultural además de la economía, estúpido. No será fácil. Será imprescindible.

Fuente: http://www.celag.org/trump-anos-30-o-neoreaganismo-impacto-de-la-crisis-que-se-viene-y-respuestas-desde-la-periferia-para-salir-de-la-trampa/

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