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  • Demoliendo muros

El significativo debate abierto por el Papa Francisco en su entrevista con el diario El País y la réplica aparecida en el diario Clarín, firmada por el historiador italiano Loris Zanatta a esas declaraciones, permiten definir algunos rasgos de la teoría política europea con los que se aborda el Populismo como objeto de estudio.

Cuando Gustave Le Bon habló por primera vez de la “sugestión de las masas” para dar cuenta de la intensidad emotiva que se generaba entre los líderes políticos y sus pueblos iniciaba, sin intuirlo, uno de los debates más intensos de la Ciencia Política. El temor proverbial a los fenómenos sociales y políticos que eran inasibles a las categorías políticas liberales, pasaron a ser anatematizadas como “irracionales” o “populistas” en el sentido más peyorativo del término.

Junto a estas categorías la otra figura que erizaba la capilaridad liberal era la de Pueblo, figura denostada y vituperada, pasó a ser la bestia negra de la política con capacidad como para engendrar movimientos masivos como el fascismo italiano o el nacional socialismo alemán. De esta manera, una sutil descalificación a todos los movimientos políticos que no tuvieran el certificado de calidad republicana extendido por las “democracias occidentales”, pasaron a ser señaladas en forma apodíctica como “populistas”. Sobran ejemplos, desde el varguismo brasileño o el peronismo, hasta las versiones más actualizadas del chavismo venezolano, pasando por el PT o el correismo ecuatoriano son denostados como “populismos”.

En una corregida visión de Le Bon, Sigmund Freud habló del “lazo libidinal” del líder y las masas o para decirlo más sencillamente entre el Jefe y sus subordinados, actualizando algo que el liberalismo no acepta y reniega que pueda ocurrir: el afecto o dimensión afectiva de la política. Ernesto Laclau junto a Chantal Mouffe, con una de las más brillantes y originales teorías sobre ciencia política, lograron eludir el tradicional cerco que impone la disciplina por el cual los fenómenos políticos pueden ser explicados por el liberalismo o por el marxismo excluyendo cualquier otro fenómeno que no corresponda al dogma euro céntrico como populista. Sin embargo, y pese a todas las evidencias encontradas, es frecuente hallar en el liberalismo ese desconcierto, o indigestión, frente al fenómeno del afecto en los movimientos políticos. Si bien es utilizada esta categoría política para descalificar al populismo y fundamentar el tan trillado dispositivo de “instrumentación de las masas”, excepto Laclau-Mouffe nadie ha encontrado una vía alternativa a esta explicación que no caiga en la muletilla o el eslogan de que todo aquello que huela a pueblo no es democrático o es anti republicano, o es ignorancia pura manipulada por líderes inescrupulosos.

La realidad, abrumadora, ha demostrado una persistencia asombrosa del Populismo y una lealtad política sobrenatural hacia movimientos políticos que están en el centro de los debates políticos y que han construido (autoconstruido) procesos sociales colectivos de dimensiones impensables en otras latitudes, invocando una y otra vez esa dimensión que tanto incomoda a los analistas políticos liberales.

La intervención hecha por el Sumo Pontífice permitió poner de manifiesto el impiadoso mundo diseñado por el neoliberalismo. La referencia a los muros y el trato con los inmigrantes pone en un lugar incómodo a la opulencia de las clases privilegiadas en numerosas naciones. La exacta alusión a la formidable concentración de la riqueza mundial, denunciada por el francés Thomas Piketty, y la creciente tendencia de la política mundial hacia partidos políticos ultraconservadores y xenófobos colocan la acción pastoral del Papa Francisco en un imprevisto sendero de confrontación con las formas canónicas de la tradicional política liberal.

Zanatta califica al Papa como “tradicional heredero antiliberal hispano”. En una muy cuidada selección de palabras el historiador italiano, aferrado a la eurocéntrica doctrina política, acompaña la definición de antiliberal seguido de hispano. Para Zanatta el antiliberalismo en su variante hispana es retrograda, anacrónica y específica de las naciones latinoamericanas a las que les endilga el populismo. Afirma que

“Al excomulgar el liberalismo económico, el Papa usa los mismos argumentos apocalípticos de los populistas que invocan un Salvador” (sic)

Zanatta omite que los países que coloca como el Eje del Mal fueron sometidos a feroces campañas de desestabilización, guerras de 5ta Generación y en el caso de Cuba que fue víctima del más brutal y prolongado bloqueo aeronaval de la historia de la humanidad. Con esos pobres recursos políticos e históricos el autor del “Del Estado liberal a la nación católica. Iglesia y Ejército en los orígenes del peronismo. 1930-1943” emprende la infructuosa tarea de vaciar de contenido el mensaje papal y desacreditar el populismo, fenómeno que aborda menesterosamente, sin entender que es una lógica política en las que se articulan demandas en forma equivalencial y no un agregado inorgánico conducido por un líder carismático inescrupuloso según la versión europea.

La nota aparecida en el diario el País es mucho más extensa y llena de definiciones que colisionan con la ortodoxia neoliberal. El Papa convoca ecuménicamente a construir una iglesia de “cercanía” con las necesidades del prójimo y juzga negativamente la economía que coloca en el centro al dios dinero y no al hombre o la mujer.

Que el Papa hable de la cercanía con el otro lo coloca en las antípodas del pensamiento que celebra la globalización financiera pero que inmoviliza a las personas. Esta suerte de liberalismo “restringido” a las finanzas y mercancías, amuralla sus fronteras para evitar el paso de los verdaderos damnificados de ese perverso sistema de exclusión y muerte. En la Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium Francisco llama al mundo a abandonar la “cultura del descarte” perpetrada por el sistema financiero mundial que considera las vidas humanas como un “bien de consumo” desechable. En esta inversión de la economía el Papa observa no solo una profunda crisis financiera sino una crisis antropológica: la negación de la primacía del ser humano (Evangelii Gaudium, 2013: 47).

En otro párrafo de la misma nota del diario el País Francisco también alude al tipo de relaciones políticas que han caracterizado las peores épocas de Latinoamérica vinculada a los intereses de los países ricos señalando

“En nuestra patria tenemos una palabra para calificarlos: los cipayos. Es una palabra clásica, literaria, que está en nuestro poema nacional. El cipayo es aquel que vende la patria a la potencia extranjera que le pueda dar más beneficio. Y en nuestra historia argentina, por ejemplo, siempre hay algún político cipayo. O alguna postura política cipaya. Siempre la ha habido en la historia. Así que Latinoamérica tiene que rearmarse con formaciones de políticos que realmente den a Latinoamérica la fuerza de los pueblos.” (Francisco, El País, 2017)

Semejante definición desde la más alta jerarquía católica es imposible no leerla en clave argentina o brasileña. Que el Papa decida dar esa definición reivindicando incluso la acción pastoral del Papa Pablo VI Evangelii Nuntiandi (1975) al que llama santo e incomprendido es de una significativa trascendencia. La exhortación papal Evangelii Nuntiandi convoca a la evangelización pero fundamentalmente marca el estrecho encuentro de la Iglesia con los más necesitados.

Es bien sabido en qué términos hablaron durante el reciente Sínodo numerosos obispos de todos los continentes y, sobre todo, los obispos del Tercer Mundo, con un acento pastoral en el que vibraban las voces de millones de hijos de la Iglesia que forman tales pueblos. Pueblos, ya lo sabemos, empeñados con todas sus energías en el esfuerzo y en la lucha por superar todo aquello que los condena a quedar al margen de la vida: hambres, enfermedades crónicas, analfabetismo, depauperación, injusticia en las relaciones internacionales y, especialmente, en los intercambios comerciales, situaciones de neocolonialismo económico y cultural, a veces tan cruel como el político, etc. La Iglesia, repiten los obispos, tiene el deber de anunciar la liberación de millones de seres humanos, entre los cuales hay muchos hijos suyos; el deber de ayudar a que nazca esta liberación, de dar testimonio de la misma, de hacer que sea total. Todo esto no es extraño a la evangelización. (Pablo VI, Evangelii Nuntiandi, 1975)

Entre estas coordenadas políticas indisimulables, la acción pastoral y evangélica marca el intento de regreso a la primacía del hombre y la mujer. Colocarlo en el centro del planeta y de su sistema económico es el giro humanista que el mundo necesita y ha perdido. Recuperar la Fe en el mundo de los hombres y hacer del Otro su más rico tesoro. Un desafío enorme para las fuerzas políticas de Latinoamérica pero una necesidad impostergable para los pueblos.

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