Que Colombia no se joda más

Escribió Gabriel García Márquez en “Vivir para contarla” que el 9 de abril de 1948 aún no le habían servido la sopa en la pensión cuando se le acercó su amigo Wilfrido Mathieu. Le anunció: “Se jodió este país”. Y le explicó: “Acaban de matar a Gaitán frente al Gato Negro”. García Márquez corrió hasta el café y alcanzó a ver como frente al Gato Negro se llevaban en ambulancia a Jorge Eliecer Gaitán, el líder liberal de Colombia, un político de centroizquierda que pregonaba la reforma agraria.

Que Colombia no se joda más

 

Estaba moribundo por tres tiros en la cabeza. Contó García Márquez: “Un grupo de hombres empapaban sus pañuelos en el charco de sangre caliente para guardarlos como reliquias históricas”. Los partidarios de Gaitán, al reaccionar, fueron masacrados. Se salvó un dirigente estudiantil cubano de 20 años, Fidel Castro, de viaje por colombia. Unas tres mil personas murieron en el Bogotazo, el alzamiento popular contra el asesinato. Unos 300 mil más morirían después en el período que la historia conoce, simplemente, como La Violencia, y que incluiría un conflicto armado entre el aparato estatal y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, FARC, en acción desde 1964. No fue el único conflicto. También cruzaron la historia del siglo XX el narco y la guerra contra el narco, militarizada por los Estados Unidos, y los paramilitares de Autodefensas Unidas de Colombia, financiados por industriales y hacendados.

Por eso importan los anuncios de hoy en La Habana a cargo de las FARC y el gobierno del presidente Juan Manuel Santos. Habrá algo que nunca hubo: una hoja de ruta para que ese largo capítulo iniciado en el ’64 termine muy pronto.

Hasta ahora el cese del fuego era unilateral. Lo habían prometido las FARC y lo violaron solo 10 veces en los últimos 11 meses. Mataron a un civil y a tres militares. Según el CERAC, el Centro de Recursos para el Análisis de Conflictos con sede en Bogotá, se trató del menor índice de violencia en 51 años de guerra. Un récord.

El hecho histórico de hoy es el compromiso de que, por fin, el cese del fuego será bilateral y, suponen las partes, definitivo. Colombia ya no vivirá solo un proceso de desescalamiento como hasta ahora, que según el CERAC sirvió para experimentar 1065 días sin tomas de poblaciones, 209 días sin retenes ilegales y 96 días sin ataques contra la infraestructura petrolera. Solo por haber iniciado las negociaciones hace tres años, las dos partes evitaron una cantidad de muertes que, de acuerdo con la tendencia histórica, no hubiera bajado de 1.500 personas. Los colombianos pasarán del desescalamiento a la paz. Las tres letras de la palabra “paz” son, sin embargo, de una simpleza solo aparente. Colombia tiene por delante desafíos de desarme, de justicia, de integración de los guerrilleros a la política sin el peligro de la eliminación física y de compensación a millones de campesinos desplazados. Pero al menos el país ganó un horizonte que no tenía. Y con Colombia avanzó toda Sudamérica.

Cuba ya firmó un acuerdo comercial con Colombia.

Al menos en la teoría, puede suponerse que un entorno de paz es un contexto favorable al diálogo entre el gobierno de Nicolás Maduro y los dirigentes opositores de Venezuela en condiciones de respeto mutuo. Tanto Cuba como Venezuela, y Hugo Chávez en persona, fueron claves en reforzar la convicción de las FARC de que se acercaran a las tratativas que les propuso Santos.

Brasil es todavía una gran incógnita, aunque dentro de la incertidumbre una Colombia más estable no echará más leña al fuego que ya encendió el golpe de los esclavócratas.

Para la Argentina el arreglo de La Habana es una buena noticia que seguramente será interpretada con énfasis distintos. Mauricio Macri se siente cómodo con Santos, un exponente pragmático del establishment colombiano. Tuvo información de primera mano porque la semana pasada se entrevistó con Santos en Bogotá e incluso bromeó con él sobre una final entre Colombia y la Argentina, que Chile acaba de frustar con su victoria. Marcelo Stubrin, el histórico dirigente radical que es el actual embajador en Colombia, interpretó ante la consulta del diario argentino Página/12 que el proceso de paz será una forma de que la Argentina “supere el aislamiento” que en su opinión mostró la relación entre Buenos Aires y Bogotá. “Siempre las políticas de principio, como la preservación de la paz, convergen con los intereses nacionales”, dijo. “Honramos principios elevados y a la vez la paz nos pone en mejores condiciones para participar creativa y solidariamente en las grandes expectativas que se abren para Colombia”, agregó.

En realidad la Argentina vivió un momento alto de influencia en la realidad colombiana en 2010, cuando el entonces secretario de la Unión Suramericana de Naciones y ex presidente Néstor Kirchner fue el mediador entre la Colombia de Santos y la Venezuela de Chávez, que evitaron una guerra y terminaron firmando el Acuerdo de Santa Marta para reponer embajadores y estimular el comercio. Sin ese acuerdo, con Kirchner asistido por sus asesores Rafael Follonier y Juan Manuel Abal Medina y en coordinación permanente con Lula, el diálogo de paz en La Habana se hubiera demorado y tal vez frustrado. Por suerte hubo acuerdo y hubo paz. Si no habría sido una injusticia con un pueblo que, como diría el amigo de García Márquez, ya se jodió demasiado. 


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Perfil del Bloguero
Periodista y licenciado en Historia. Columnista del diario Página/12 de la Argentina, conductor de Sostiene Granovsky por CN23 y coordinador de la TV del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales, www.clacso.tv. También dirige el Núcleo de Estudios del Brasil de la Universidad Metropolitana para la Educación y el Trabajo y es profesor en el Instituto del Servicio Exterior de la Nación de la Cancillería. En Twitter, @granovskymartin.
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