Argentina: ni aceptar despidos ni pagar la luz

El sindicalista Juan Carlos Schmid dijo que 350 mil argentinos se reunieron el viernes 29 en la ciudad de Buenos Aires para conmemorar el Día de los Trabajadores. Es una cifra histórica.

La clase obrera marchó en defensa del empleo en Argentina.

Las cinco centrales obreras no solo demostraron un enorme poder de movilización: marcaron que son la mayor herramienta disponible para canalizar la oposición concreta a medidas del Gobierno. Ya lo habían hecho en el Congreso, cuando juntaron a todas las variantes opositoras para discutir proyectos de ley contra los despidos. El viernes, además, ganaron la calle. Y la ganaron, otra vez, todas las centrales juntas. Las tres que usan la sigla CGT y las dos que usan la sigla CTA.

No hay otra herramienta con igual capacidad de respuesta frente al Poder Ejecutivo. Nadie como las centrales puede articular a sectores políticos dispersos e incluso enfrentados entre sí.

Los sindicatos se recompusieron en los 12 años de kirchnerismo. Lo hicieron en buena medida por el crecimiento económico y en buena medida por una gimnasia constante que puede sintetizarse en un dato: negociaron y firmaron dos mil convenios colectivos. Los homologó un Estado que alentó ese marco. Ni siquiera la ruptura entre el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner y el sector sindical liderado por Hugo Moyano en 2011 –una ruptura que se revelaría electoralmente letal para el peronismo en 2015--  debilitó el poder de los gremios. 

Con Mauricio Macri en la Presidencia, el riesgo para los sindicatos era que un escenario de despidos atenuara su potencia. Que el miedo de los trabajadores a perder el empleo licuase la fuerza reivindicativa. Cada una de las cinco centrales leyó esa realidad por su cuenta. Con sus diferencias, todos los dirigentes sindicales entendieron que debían reaccionar velozmente. Antes de sufrir el desgaste. Juntos. Por eso el vértigo. Todavía Macri no cumplió cinco meses en la Casa Rosada y ya las centrales trabajan en conjunto con propuestas hacia la sociedad mientras, de paso, las CGTs discuten la unificación orgánica para el 22 de agosto.

La inflación y los despidos son grandes temas de proyección social. Por eso el Gobierno quiere enfrentar al movimiento obrero con las pequeñas y medianas empresas. A Macri lo seduce la idea de que carniceros, textiles o verduleros piensen que se fundirán si hay una ley que les prohibe despedir empleados por 180 días. Esa ley es un pedido de los gremios, que ya consiguieron la adhesión de los senadores. 

La realidad es distinta. Hoy en ese sector de empresarios pequeños el costo más importante no está dado por la acumulación de recursos para pagar eventuales indemnizaciones. El costo que sienten ya mismo las pymes es el aumento en las facturas de luz. El estallido de tarifas puede derribar de golpe un comercio con dos o tres empleados. Peligran las ganancias del dueño y el sueldo de los operarios de una fábrica de pastas o una imprenta de barrio.

El futuro dirá si el peligro derivado de las tarifas acabará unificando a los trabajadores con una franja numerosa de la clase media.

La historia revela que la unificación sucedió en el pasado. Un ejemplo es el movimiento en la zona sur del conurbano que rodea a la capital argentina. Con centro en el entonces municipio industrial de Avellaneda, en 1962 se organizó una iniciativa popular con una consigna: “No pague la luz”. La misma consigna se repitió en la provincia de Mendoza, junto a la Cordillera de los Andes, en 1972. Los mendocinos crearon una “Coordinadora Provincial No Pague la Luz” y en los frentes de casas y comercios pusieron carteles de “Yo no pago la luz, ¿y usted?”. La CGT local acompañó la protesta con paro y movilización. Como gobernaba una dictadura y el Ejército decidió reprimir las manifestaciones, los trabajadores y la clase media se alzaron en lo que fue conocido desde entonces como “Mendozazo”.

Las circunstancias son obviamente diferentes. La Argentina de hoy es una democracia con instituciones que funcionan. Pero la electricidad desbocada puede convertirse, como antes, en un factor común que reúna a los agredidos por la mística de mercado.

Alguien dirá: “Si no pagás la luz te la cortan y chau protesta”. Error. En 2004 Alberto Ferrari Etcheberry, un ex funcionario de Raúl Alfonsín que había vivido su exilio en Inglaterra, escribió que cortar la luz sin proceso judicial es lo mismo que hacer justicia por mano propia. O cobrarse una deuda sin un embargo ordenado por un juez. La nota completa, con la fundamentación jurídica y el antecedente inglés, puede leerse haciendo click en http://bit.ly/1rondy1. Incluso admitiendo que el kirchnerismo atrasó demasiado las tarifas y que hacía falta actualizarlas, aunque sin duda no aplicando un 300 por ciento de aumento, si el Gobierno no planifica un nuevo tipo de subsidios, uno que mantenga el que reciben los beneficiarios de la Asignación Universal por Hijo y lo amplíe a trabajadores y pequeñas empresas, el malestar que ya se huele en el ambiente terminará aumentando.

La novedad, desde el acto sindical, es que surgió una estructura que puede canalizar las demandas cotidianas de los trabajadores y de la clase media castigada.  


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Perfil del Bloguero
Periodista y licenciado en Historia. Columnista del diario Página/12 de la Argentina, conductor de Sostiene Granovsky por CN23 y coordinador de la TV del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales, www.clacso.tv. También dirige el Núcleo de Estudios del Brasil de la Universidad Metropolitana para la Educación y el Trabajo y es profesor en el Instituto del Servicio Exterior de la Nación de la Cancillería. En Twitter, @granovskymartin.
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