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Trump sobre los militares estadounidenses:

Trump sobre los militares estadounidenses: | Foto: EFE

Publicado 20 abril 2017

Por eso, como se dice en términos taurinos, Donald Trump pincha en hueso al pretender chantajear, presionar o doblegar a Corea para que ésta suspenda o elimine sus programas de desarrollo nuclear y balístico.

En la segunda mitad de 1941, cuando ya había sido frenada la ofensiva nazi en las goteras de Moscú, los jerarcas hitlerianos se vieron obligados a reconocer que habían subestimado la capacidad y el poder militares de la Unión Soviética. La URSS había sido y seguía siendo un enigma imposible de descifrar por los servicios de espionaje alemanes. 

Ya finalizada la segunda guerra mundial con la toma de Berlín por el Ejército Rojo el 9 de mayo de 1945, esa ignorancia occidental sobre la vida soviética no cesaba. El espionaje estadounidense suponía un gran atraso de la URSS en materia de física nuclear. Ignoraban que desde la década de los treinta el país de los soviets contaba con adelantados centros de investigación nuclear. Por ello, muchos años antes de lo esperado por Estados Unidos, la URSS, bajo la comandancia de José Stalin, logro hacerse del arma atómica.

Guardadas las diferencias que haya que guardar, una cosa parecida ocurre ahora con la República Popular Democrática de Corea (RPDC), Corea socialista o Corea del Norte: en Occidente se sabe muy poco de ella. Y lo poco que se sabe está formado, en general, por infundios, versiones interesadas, exageraciones negativas y simples mentiras.

Pero bajo la maraña de calumnias y desinformaciones algo logra saberse. Y se sabe, por ejemplo, que Corea Democrática posee desde hace años un buen número de bombas atómicas. Según las fuentes, ese número oscila entre diez y veinte.
Cabe preguntarse, entonces, por qué Estados Unidos insiste en que Corea suspenda o elimine su programa de desarrollo nuclear. ¿No quiere Washington que el pequeño país se haga de más bombas, es decir, que incremente su arsenal atómico? Sería comprensible.

Sin embargo, el punto no es ése. Se sabe que Corea está empeñada ahora mismo en perfeccionar su sistema de misiles de largo alcance, esto es, los vehículos espaciales que llevarían la carga atómica hacia un hipotético blanco enemigo lejano o muy lejano. Digamos Estados Unidos o cualquier otro país imperialista. En la medida en que el pequeño país asiático disponga de esos artefactos será capaz de devolver cualquier golpe nuclear venga de donde venga. Digamos que Corea está reeditando la historia soviética y china: la posesión del arma nuclear es el principal factor disuasivo para no ser víctimas de una agresión atómica.

Así el panorama, pedirle a Corea que renuncie al alma de su doctrina de defensa es no sólo inútil, sino francamente ingenuo. Es demandarle que, en caso de una agresión imperialista, acuda al combate con las manos atadas. 

Por ahora y sin contar todavía, se supone, con un sistema balístico intercontinental, Corea se encuentra en buenas condiciones defensivas. Esto  lo saben Washington, Londres, París, Berlín, Madrid, Tokio. Y esto mismo es lo que lleva a suponer que, a pesar de las bravatas de Donald Trump y del Pentágono, Estados Unidos (y menos sus aliados-vasallos) se atreverán a desatar una agresión militar, atómica o no, contra Corea.  El pequeño y a la vez grande país es capaz de defenderse exitosamente por sí mismo.

Por eso, como se dice en términos taurinos, Donald Trump pincha en hueso al pretender chantajear, presionar o doblegar a Corea para que ésta suspenda o elimine sus programas de desarrollo nuclear y balístico. Precisamente en no abandonarlos radican la independencia y la supervivencia de la nación socialista.

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