Viernes 18 de Abril de 2014

La necesidad de contar con una teoría de la revolución social

La revolución boliviana, para profundizar su curso ininterrumpido hacia la emancipación plena, requiere, en las condiciones del siglo XXI, de una teoría de la transición que recoja los aportes de tres que le precedieron en el mundo e incorpore las características de la especificidad de su formación social. El desmontaje de la colonialidad del poder sigue siendo una misión fundamental.

Por Hugo Moldiz Mercado

Bolivia, como otros países de América Latina, está atravesando por uno de los momentos más profundos de toda su historia: un gobierno indígena-campesino-popular encabeza un período político de transición, en el que, por ser precisamente un intento de construir algo nuevo en las entrañas de los viejo, enfrenta desafíos y grandes amenazas.

La revolución boliviana ha tenido, hasta ahora, tres grandes momentos. El primero entre los años 2000 y 2005, caracterizado por la iniciativa política de los movimientos sociales por fuera y contra del Estado. Es el momento en que las clases subalternas se erigieron como clase dirigente de toda la sociedad sin haber todavía “tomado” el poder político y su sublevación democrática encontró en las elecciones una salida institucional que materializó ese “otro poder”, inherente a su capacidad de auto-organización y auto-representación.

El segundo momento (2006-2009) se caracterizó por unos movimientos sociales que, a la cabeza del primer presidente indígena de Bolivia y América Latina, se elevaron a la categoría de clase dominante, al mismo tiempo que enfrentaron la resistencia del desplazado viejo bloque en el poder, cuya arremetida buscaba el derrocamiento del proceso de cambio y de Evo Morales por métodos no democráticos. Es el inicio de un período político de transición en el que la unidad del nuevo bloque en el poder y su capacidad hegemónica está determinada por la presencia de un enemigo claramente identificable.

Caracteriza también a este segundo momento de revolución, la puesta en marcha de una política de recuperación de los recursos naturales que durante dos décadas fueron transferidos al capital transnacional, así como de una política de distribución de la riqueza a favor de los sectores sociales más vulnerables de la población.

El rasgo común entre el primer y segundo grandes momentos es que la configuración del nuevo bloque de poder está hegemonizado por lo indígena-originario-campesino, tanto en su condición nacional-cultural como en su condición de clase. Es la memoria larga la que sale a la superficie para retomar el camino de retorno a una sociedad emancipada de la enajenación del trabajo y de la naturaleza, pero esta vez enriquecida con la lucha de hombres como el Che y otros que murieron en la lucha contra el orden del capital.

A diferencia de los dos primeros momentos, en los que se dio una férrea cohesión del bloque indígena-campesino-popular, el tercer momento (2010 a la fecha) se caracteriza por una desaceleración del proceso revolucionario cuyas manifestaciones más importantes son: el retorno de los movimientos sociales a tendencias corporativas, una relación de correspondencia no armoniosa entre el Estado y los movimientos sociales, la convergencia entre la vieja ultraizquierda de corte obrerista y un nuevo tipo de ultraizquierda de sello medioambientalista, la fractura entre los indígenas de las tierras alta y las tierras bajas, el relativo distanciamiento de lo obrero y lo campesino, la emergencia gradual de las clases medias a la escena política con tendencias conservadoras y racistas, una derechización creciente de los universitarios y las dificultades para pasar de la revolución política a la revolución social.

De ahí que no sea sorpresivo el incremento de la conflictividad desde enero de 2010 –al mes de que Evo Morales fue reelecto con un 64%-, hasta la actualidad, donde existe una sensación política de “descontrol” y “debilidad estatal”, así como de problemas en la gestión. El intento frustrado de incrementar el precio de los carburantes en diciembre de 2010 y la represión a una parte de los indígenas de las tierras bajas que marcharon hacia la ciudad de La Paz en oposición a la construcción de una carretera que iba a pasar por el corazón de un territorio indígena y área protegida, se presentan como las máximas expresiones de esos “desencuentros” y “sensaciones”.

A pesar de que el Primer Encuentro Plurinacional de organizaciones y movimientos sociales, sectores empresariales y académicos, le ha permitido al gobierno recuperar la iniciativa perdida, con medidas como la convocatoria a una consulta previa y el llamado a una revolución en la salud, los problemas persisten, al grado tal que la realización de la IX Marcha indígena, la huelga de los trabajadores y profesionales de la salud en rechazo a la ampliación de su jornada de trabajo de 6 a 8 horas y la protesta de la Central Obrera Boliviana (COB) representan las dificultades que se tienen para construir un nuevo “sentido común”.

Pero ¿cómo hacer una lectura menos anecdótica y más objetiva de lo que está pasando?

Entonces, desde esa perspectiva, lo primero que salta a la vista, a la luz de los hechos concretos, es que las contradicciones y los peligros se acentúan y proliferan hasta niveles extremos en todo período político de transición. Ya Lenin, el líder de la primera revolución socialista triunfante en el mundo decía que es mucho más difícil conservar el poder que tomarlo. Aunque si el poder se “toma” o “construye” está en debate, es evidente que la transición es mucho más compleja cuando el proceso revolucionario ha seguido moldes no clásicos en su gestación y posterior desarrollo (sin partido y sin protagonismo de la clase obrera), con una conducción hegemónica indigena-campesina no prevista por la izquierda, con un liderazgo individual muy fuerte y en medio de una fuerte colonialidad del poder.

La revolución boliviana ha sido posible por la emergencia y protagonismo de los movimientos sociales, particularmente indígenas, y por su relación de correspondencia con un líder indígena vinculado a los productores de la hoja de coca, el sector que a partir de 1985 sintetizó la resistencia al neoliberalismo y a la intromisión estadounidense. No hay mejor condensación de la lucha contra el imperialismo que la personificada, individual y colectivamente, en Evo Morales y en los labriegos del trópico cochabambino.

No hay proceso emancipador fácil. Cinco siglos de capitalismo con rasgos coloniales han construido una manera de pensar-sentir-vivir que no serán desmontados rápidamente. La presencia de la lógica del capital se respira aún en el ambiente, incluso dentro del nuevo bloque en el poder, lo que da lugar a contradicciones y tensiones.

Estas “tensiones creativas” en el seno del pueblo, como desde hace dos años afirma el vicepresidente Alvaro García Linera para explicar lo que está sucediendo en Bolivia, también conducen, en segundo lugar, a percibir que, a pesar de la derrota del viejo bloque en el poder, no existe –en el nuevo bloque- una caracterización y teorización común sobre el período político de transición, ni sobre el objetivo estratégico.

La nueva Constitución Política del Estado –que sienta las bases para pasar del estado monocultural al estado plurinacional como horizonte-, es un paraguas demasiado amplio y sus distintas pluralidades son interpretadas de maneras tan diferentes como contradictoriamente antagónicas por los actores al momento de su implementación.

Es evidente que el desarrollo de estas contradicciones y sobre todo el modo en que sean resueltas, marcará el curso del proceso de cambio, ya sea en la perspectiva de su profundización o hacia una reversión que hará retroceder el país un par de siglos, aunque en las condiciones actuales.

De esta manera, para caminar en la perspectiva del primer escenario: la profundización de la revolución, se hace necesario, ahora más que nunca, trabajar, en términos teóricos y prácticos, una nueva teoría de la transición de la revolución social.

Esta nueva teoría de la transición, que ayudará a encontrar una relación de correspondencia, entre lo que se dice y lo que se hace –lo que parece ser uno de los problemas más agudos de lo que pasa en Bolivia y otros procesos similares de América Latina-, se presenta como fundamental para acercar las visiones y las prácticas entre la izquierda que está en el gobierno y la izquierda que está en el llano.

Desde la teoría de la revolución social de fundamento marxista, hasta ahora la humanidad ha conocido tres grandes concepciones de la transición del capitalismo hacia una sociedad no capitalista que puede entenderse como socialismo, socialismo comunitario, socialismo del siglo XXI, comunismo, Vivir Bien o Buen Vivir. La primera fue concebida por Marx y Engels en el siglo XIX, la segunda por Lenin en las dos primeras décadas del siglo XX y la tercera por la revolución cubana en la segunda mitad del siglo pasado. La primera fue elaborada, sin que llegase a su implementación, en la fase pre-monopolista del capitalismo y en la que el sujeto revolucionario era la clase obrera; la segunda durante el capitalismo monopólico, en la que se hablaba de la alianza obrero-campesina y el imperialismo estaba expresado en Inglaterra y la tercera, en pleno auge de la hegemonía imperial de Estados Unidos, en la que el movimiento guerrillero asumió el protagonismo.

Pero el mundo ha cambiado mucho respecto a los momentos en que fueron concebidas esas teorías de la transición (dos en y para Europa y una en y para América Latina). No hay que profundizar mucho como para afirmar que las revoluciones hoy en marcha en América Latina requieren, con urgencia, de una nueva teoría de la transición de la revolución social en las condiciones del siglo XXI (mundo unipolar, crisis multidimensional del capitalismo, ampliación de las formas de subsunción real, amenaza de guerras de amplio espectro, emergencia de Latinoamérica en todos los ordenes, etc, etc).

El paso de una sociedad capitalista hacia una sociedad no capitalista en la que se supere la enajenación del trabajo y de la naturaleza o en la que se logre la emancipación plena, va a demandar un período de transición mucho más largo del que pensaron los clásicos. Por lo tanto, no pocas veces se producirán fracturas entre los tiempos políticos y los tiempos económicos, entre los avances políticos y las desaceleraciones sociales y económicas, entre saltos cualitativos en unos momentos y rupturas sucesivas en otros.

Una teoría de la transición será un aporte fundamental para disminuir las distancias entre lo que se dice y se hace, pero sobre todo ayudará a identificar los aspectos neurálgicos de las contradicciones y sus respectivas soluciones en torno a la relación estado y sociedad (comunidad), el modelo de desarrollo, la inter-relación entre los sujetos del cambio y los tiempos de la transición, por citar los más importantes.
En Bolivia, como ocurre en Ecuador, se registra una contradicción en torno al Estado. Para unos, el gobierno de Evo Morales está retornando o fortaleciendo el Estado. Para otros, es un paso inevitable y necesario en un país en el que nunca el Estado superó su forma aparente, pero sobre todo por las tareas que se requieren cumplir para asegurar una apropiación del excedente en beneficio de los más pobres y para proteger la revolución de sus enemigos externos e internos.

Este debate, que incorpora nuevos elementos a la discusión que Marx y los anarquistas tuvieron en el siglo XIX en torno al Estado y su “extinción”, quizá podría ser mucho más rico con una teoría de la transición que lejos de antagonizar a la izquierda, dentro y fuera del gobierno, más bien le permitiría encontrar puntos de vista comunes para fortalecer Estado donde sea necesario y robustecer comunidad donde sea imprescindible.

Un segundo tema que se presenta como necesario en el debate y por lo tanto como componente fundamental en la teoría y práctica de la transición está relacionado con el modelo de desarrollo. Una mirada menos superficial y más acorde con las condiciones actuales debería conducir, a diferencia de lo que pasa ahora, a no antagonizar entre el aprovechamiento racional de los recursos naturales y el cuidado de la naturaleza.

Encontrar ese punto de equilibrio, que pasa por transitar de una economía basada en el extractivismo hacia otra más diversa y menos dañina con la naturaleza, requiere de varias condiciones sin las cuales no será posible: un cambio en la economía mundial, menos dependencia de la demanda y del precio de las materias primas, innovación de tecnología con sello no capitalista y una nueva manera de pensar la reproducción de la vida.

Y entonces, de nuevo surge la pregunta ¿eso es posible en un período muy corto? La respuesta es no. Si abordamos estos problemas de la transición con objetividad y fuerza subjetiva, pero al mismo tiempo sin determinismos paralizantes y voluntarismos suicidas, es altamente probable que la revolución boliviana vaya avanzando ininterrumpidamente por los distintos momentos de un proyecto emancipador que se lo debe ver-sentir-vivir como proceso y no como un solo acto de ruptura. Un aspecto a considerar en la transición del proceso boliviano, que quizá lo hace distinto de otros países del continente, es el tema de la colonialidad del poder, cuyo desmontaje institucional y simbólico, a pesar de la nueva Constitución Política del Estado y la “ocupación” indígena del Estado, será bastante larga. Prácticas, creencias, relaciones e intersubjetividades construidas durante más de cinco siglos no se destruyen en pocos años.

Por lo demás, una gran parte de estas tareas históricas deberán ser llevadas delante de manera continental y en medio de un sistema-mundo capitalista que está en crisis pero no muerto. La teoría de la transición es fundamental para evitar idealizaciones de corto plazo que al no materializarse conducen al otro extremo: la descalificación y negación del terreno avanzando.

La profundización de la revolución boliviana, como parte de la revolución continental, está en dependencia de la capacidad que tenga su nuevo bloque en el poder –que es el sujeto colectivo indígena-campesino y popular -, para asimilar las lecciones de la experiencia internacional, pero sobre todo de construir y desplegar en términos teóricos y prácticos una teoría de la transición que derrote los enemigos y peligros que la acechan.

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