Viernes 18 de Abril de 2014

Las cartas sobre la mesa

La suerte está echada. Las cartas están sobre la mesa. Ya no hay espacio para la ambigüedad. Entramos a vivir tiempos de definiciones y, por tanto, lo que se plantea de ahora en adelante es que cada quien asuma lo que piensa y lo que quiere para Venezuela

Por José Vicente Rangel

1 La suerte está echada. Las cartas están sobre la mesa. Ya no hay espacio para la ambigüedad. Entramos a vivir tiempos de definiciones y, por tanto, lo que se plantea de ahora en adelante es que cada quien asuma lo que piensa y lo que quiere para Venezuela.

2 Una vez más Hugo Chávez aborda la situación en términos inequívocos. Lo hizo durante su intervención en el acto conmemorativo, en la Asamblea Nacional, del nuevo aniversario del Discurso de Angostura. Chávez es un fajador nato. Alguien que acepta el desafío en cualquier terreno. Que domina la política con singular destreza. Que sabe combinar la teoría con la acción; lo principista con lo pragmático. Que se maneja con habilidad en los momentos más complicados y difíciles. Lo demostró el 4-F, lo ratificó el 11-A; lo hizo de nuevo durante el terrible sabotaje a la industria petrolera, y lo ha confirmado en reiteradas ocasiones en los procesos electorales, aceptando la derrota con absoluto respeto por el resultado adverso o administrando la victoria para profundizar los cambios revolucionarios, sin menoscabo del Estado de Derecho. Chávez es un hueso duro de roer. Tiene clara conciencia acerca de que si un proceso revolucionario se paraliza o retrocede, se hunde. La historia es elocuente al respecto. Acepta el ataque del enemigo, no lo elude, y está presto a responder. Es lo que explica que cada vez que ha sido derrotado, bien sea mediante la acción violenta o electoralmente, haya sido capaz de reaccionar con acierto y superar la contingencia.

3 Escribo en función de lo dicho por Chávez en el acto de la Asamblea Nacional y posteriormente. Al ubicar las primarias de la oposición en un contexto normal, sin sucumbir a las especulaciones que suscitó la participación de un apreciable número de ciudadanos, y al hacer la comparación con otros episodios. Lo mismo cuando sinceró lo ocurrido, aceptando la realidad de que la oposición tiene garantizado un determinado número de votantes. Y cuando caracterizó al adversario: su orientación política e ideológica. Como expresión de una política definida de derecha, de la gran burguesía, los monopolios y los intereses norteamericanos. Cuando luego apuntó algo esencial: la estrategia del candidato de la derecha de enmascarar el mensaje. De revestirlo con la oferta populista. Con cambios en abstracto irrealizables. En función de un proyecto con el cual se pretende reformular el capitalismo que se derrumba en el mundo.

4 Esa "operación maquillaje" destinada a confundir a los ciudadanos, promovida por los sectores que apoyan a Capriles, consiste en desenterrar el viejo proyecto de la clase dominante venezolana en la crisis de los 80, cuyo fin no era otro que el desmantelamiento del Estado y la degradación de la soberanía nacional. Semejante política sólo puede ser derrotada con el planteamiento socialista como alternativa cierta, consistente en el fortalecimiento de la independencia nacional, el rescate pleno de los atributos del Estado y la participación ciudadana en el proceso de "transferir poder al pueblo", y no de "acercar el poder al pueblo", lo cual es pura ficción. Por este motivo las cartas están echadas, y de aquí al 7 de octubre el país vivirá la sinceración de la política, jugándonos el destino entre la perspectiva de avanzar con los cambios sociales, económicos e institucionales, o retornar a un pasado miserable. O sea, al puntofijismo reciclado mediante un lenguaje enmascarador, pero donde la presencia de AD, Copei y sus derivados, confirma lo que Venezuela volvería a ser si el candidato Capriles llegara a ganar la Presidencia de la República. El lenguaje que éste emplea y los planteamientos que viene haciendo a raíz de su triunfo en las primarias, lo retratan de cuerpo entero. De ahí que todo debe estar suficientemente claro. Y cada quien tiene que ubicarse para participar en la contienda que -no hay que equivocarse- es por la vida.

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