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Los días que vivimos
Publicado 23 septiembre 2016

Lo que hay en Venezuela es una gran confrontación, una lucha de clases llevada a sus límites, una disputa por una resolución capitalista o socialista de la misma. La apuesta es por la segunda: poderes comunales, milicianos, productivos, contralores, creadores,

La derecha está orsai. Construyó su propio pantano con el referéndum revocatorio y su incapacidad para manejar el momentáneo acumulado callejero del primero de septiembre. Pedalea sin cadena y se dispara a los pies: Timoteo Zambrano, diputado y responsable de asuntos internacionales de la MUD, fue removido de su rol. También amenazado de muerte. Había criticado los ataques de la triple alianza sureña -Brasil, Argentina y Paraguay- para intentar expulsar a Venezuela del Mercosur: cualquier seña de nacionalismo instintivo les es prohibida. La derecha es un dolor de cabeza para los Estados Unidos: millones invertidos en 16 años y los resultados no aparecen. Se disputan un poder que no tienen.

Mientras los días siguen con calma -momentánea, como toda calma en guerra. Frenaron los aumentos diarios de precios y varios productos se encuentran con más facilidad. Caros pero en góndolas: parte del anunciado acuerdo con un sector del empresariado. El impacto sobre los ánimos es positivo: la realidad es más estable. Eso en esta situación es mucho.

Los últimos números de Hinterlaces lo indican:
56% se siente optimista, contra un 42% pesimista. 
Tres meses atrás el 51% estaba pesimista y el 48 optimista.  

El centro de la resistencia está en los Consejos Locales de Abastecimiento y Producción. Desde marzo hasta el 18 de septiembre se han registrado 12.356. El objetivo, indicó Nicolás Maduro, son 21 mil a comienzos de diciembre, y operativos quincenales en vez de cada tres semanas. Es difícil predecir cómo evolucionarán, si como una respuesta coyuntural que se disolverá pasada la necesidad, o como una arquitectura de producción/distribución en el camino de la transición al socialismo. De lo que se trata, entre tanta ola que entra de frente, sigue siendo de construir las formas de la sociedad por-venir, claras en el programa de Hugo Chávez, impulsadas y frenadas simultáneamente al interior del movimiento chavista. El desarrollo de los Consejos será en parte el resultado de las batallas internas: nada está jugado de antemano. Lo imprescindible es y será construir correlación de fuerzas. 

En este contexto lo económico es lo primordial, el centro de los fuegos a desandar. Estabilizar, aunque no sea de la manera deseada. Luego -o simultáneo según se vea- serían, siguiendo a Álvaro García Linera, dos aspectos. Lo primero, recuperar fuerza moral en parte perdida con los derrames de corrupción -la peor derrota de un revolucionario es la derrota moral, explica. No existe en este aspecto más respuesta que los hechos: presos. Y desandar la premiación a hombres de la dirección fuertemente cuestionados en el sentido común masivo -como el caso paradigmático de Carlos Osorio, puesto recientemente como inspector general de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana. Lo segundo: volver a abrir la palabra, romper con el monopolio creciente de la política como una reproducción de aquello contra lo cual el pueblo se sublevó. Particularmente en la esfera de la comunicación, que es una traducción de una concepción política que, simplificando, puede describirse como la construcción de un Gobierno que protege al pueblo y el pueblo que recibe y agradece. No es lineal, pero evidencia una concepción que reduce el poder popular -esa categoría usada de tantas maneras- a un rol secundario, subordinado, y pone como sujeto protagónico a ciertos dirigentes.  

Ese proceso de reconstrucción de fuerza -económico, moral/estructura, superestructura- puede tender los puentes hacia la mayoría perdida. Volver a generar confianza, expectativa, otorgarle peso a la palabra pública, acortar la distancia que va del verbo a la acción.

¿A dónde van quiénes se alejan? Algunos a la derecha, la mayoría a la casa.
La revolución puede convencerlos con hechos.

***
Una de las más hermosas frustraciones de mi vida fue no haberme quedado a vivir en esta ciudad infernal, escribió Gabriel García Márquez. Simón Bolívar la nombró en una oportunidad la infeliz Caracas. La actual no es ninguna de las dos, ni la que dio paso a la presidencia de Hugo Chávez, estas calles son otras: se recuperaron espacios públicos, parques, plazas, bulevares, teatros, vida, se construyeron otros desde cero, muchos. El chavismo está en las marcas de la ciudad: edificios de la Gran Misión Vivienda Venezuela -colores, formas y firma de Chávez-, urbanismos enteros, murales, pintadas, puntos de venta de café, chocolate, comida, camiones comunales etc. Una estética del movimiento, espontánea y planificada.

Caracas es la superposición de infiernos heredados 
y políticas públicas/populares
revolucionarias.

En ella hacemos nuestros días. Hay risas, debates, dolores de cabeza, comidas colectivas, hay lo que vivimos. Somos como la ciudad, las marcas que deja en nosotros este tiempo que no perdona la inocencia y pide jugarse hasta el nocau. Como nunca. Cada vez que llega un compañero de fuera la dimensión de lo que transcurrimos toma toda su fuerza: la correlación mundial, la posibilidad de transformar las cosas para el orden del bien, necesita de Venezuela. Acá se juega el ajedrez mayor. Europa se debate entre la implosión, la extrema derecha y algunas ranuras que aparecen: su cielo oscurece cada año más y ninguna tendencia anuncia desenlaces positivos. Nombro ese continente por el atractivo casi enceguecedor que siempre tuvo a la hora de buscar referencias de pensamiento crítico y modelos civilizatorios -hablo también de la izquierda. Hoy no existe qué buscar allá. Las respuestas por parir están centralmente en América Latina, para nosotros y para ser ofrecidas como hipótesis a un mundo que las necesita. Allí Chávez: que volvió a plantear la necesidad de la superación del capitalismo con un modelo de socialismo, antiguo y nuevo a la vez: el comunal. Complementario y en tensión con una mirada estatal del socialismo, sus vertientes economicistas, más complejo, imbuido de las lecciones de las derrotas recibidas. Un modelo para debatir, armar, pasionar. Con limitaciones político/culturales -pisadas como herida abierta por los enemigos- debidas al tiempo, los actores, a nosotros mismos. 

Sí, nosotros también somos los techos de la revolución. 

Lo que hay en Venezuela es una gran confrontación, una lucha de clases llevada a sus límites, una disputa por una resolución capitalista o socialista de la misma. La apuesta es por la segunda: poderes comunales, milicianos, productivos, contralores, creadores. Por desarrastrar las formas de destrucción inyectadas desde los laboratorios: el bachaquerismo de las cosas y las ideas, la especulación de pobres sobre pobres, la salida individual usurera y destructiva, el burocratismo devorador de voluntades y políticas.  

Una batalla que se expresa en las prácticas colectivas, las particiones de la geografía caraqueña, los ánimos y desánimos, en cada uno de nuestros días que se apagan cada noche como un viento tibio en nuestros ojos. Diremos algún día como escribió el poeta Roberto Jorge Santoro de Buenos Aires: 

Nos llevó mucho tiempo arreglar la ciudad de Caracas.
No la perderemos. 
 

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